sábado, 14 de diciembre de 2013

Tristram Shandy a la vista


El Chorrillo, 13/12/2013

Tenía hasta ayer por contestar un mail del amigo Cive, José Antonio para los amigos, que me llegó días atrás, algo relacionado con un post anterior que llevaba el título de Gracias, amigos. Entre otras cosas se refería a una conversación en la que Benito Prieto hacía elucubraciones sobre la posibilidad de que le tocaran cuarenta millones de euros un día de estos; decía José Antonio que dada la inverosimilitud de que esto pudiera suceder estaba claro que hablaban de broma. A mí aquella broma me sirvió para dar rienda suelta a un chorro de palabras, me comporté con la idea como quien está deseoso de encontrarse cualquier disculpa en su camino para a someter al portátil a la tarea de fabricar un material que le sirva de diversión a un servidor. No tanto, pero algo de eso hay. Por demás en aquella entrada olvidé comentar que no es rico el que más tiene sino el que menos necesita, lo cual es rigurosamente cierto pese a la mirada escéptica que puede lanzar sobre el aserto cualquier lector desprevenido. Un pensamiento de Thareau, en Walden, que de ser tenido en cuenta de modo generalizado haría zozobrar todo el sistema económico actual.
Un buen libro para no perderse
Mi gato Micifú, que ha empezado ayer mismo a caminar de nuevo por uno de mis blogs que tenía abandonado desde el otoño pasado y que es aficionado a la lectura de Shakespere, seguro que si estuviera aquí ya habría citando las palabras de Macbeth: La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena, y después no se acuerda más...; un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa". Así que juguemos. Esa es la cuestión, o al menos una parte de ella. Uno tiene ideas que con el tiempo pueden convertirse en creencias, que a su vez engordan con los años y terminan acompañándonos durante el resto de nuestra vida como si formaran parte de la constitución de parecida manera a como lo hace el páncreas. Las creencias sobre si el dinero nos hace más felices o no son uno de los tópicos más universales, de ahí, que cuando uno se encuentra con uno de ellos, siempre le entre la tentación de jugar con él de manera parecida a como hacen nuestros gatos. Últimamente la hortelana, mi chica, ha comprado en un chino unos cuantos juguetes para nuestros gatos y, aunque éstos ya son un poco mayorcitos, hay momentos en que se divierten de lo lindo jugando con ellos, los tiran por los aires, los muerden, se lo quitan unos a otros, salen corriendo; cosas parecidas a lo que hacen los futbolistas con un trozo de cuero lleno de aire y que tan divertido resulta a los forofos del fútbol. Jugar, ese es el quid del asunto.
Que el juego quede camuflado a veces en la seriedad de una discusión quizás sea indiferente. Lo esencial es ser consciente de la capacidad que pueden tener las personas o las conversaciones para divertirnos. Los yanomanis de las selvas del Orinoco estiman sabrosísimos unos enormes gusanos que a nosotros nos harían vomitar. Los yanomanis con sus gusanos y nosotros con nuestras especiales exquisiteces gastronómicas podemos convivir en el planeta sin que ni ellos ni nosotros nos tengamos que apear del burro. Dinero sí o dinero no; bueno, quizás lo mejor de la cosa sea la diversión que nos puede proporcionar hablar de ello. Esta mañana que me solazo al sol leyendo el Tristran Shandy, de Laurence Sterne, ya me tropecé con un latinajo que viene al caso: De gustibus non est disputandum; es decir, que no cabe discutir sobre las aficiones o las quimeras. Para mí que una de las cosas más sabrosas que uno puede probar es una conversación bien aliñada, al punto y amenizada con sabores diversos, como un entrecot o un cocido. Un cocido con garbanzos solamente no resulta apetitoso, pero cuando al cocido le empezamos a añadir el chorizo, la panceta, el morcillo, los ajos, la cebolla, la carne, la zanahoria y acaso algo más, la cosa cambia de signo. Otro tanto con las conversaciones y, por supuesto, con la escritura.
Escritores hay a los que el contacto con las palabras les producen verdaderos orgasmos. Eso le leí yo en alguna parte al controvertido y no santo de mi devoción Fernando Savater. De donde se desprende que aunque el contenido y el continente, el significante y el significado tengan relación con aspectos de una misma realidad, es perfectamente posible que el lenguaje, la conversación en sí misma, con independencia de los contenidos, sea éste el dinero o cualquier otro asunto, pueda convertirse en definitiva en el objeto prioritario de los que juegan a conversar o a escribir.
Respecto a las dudas de saber si uno habla o escribe en serio o en broma, no hay tu tía, eso no hay modo de saberlo, ni siquiera para el que habla o escribe puede estar claro el asunto en algún momento. Nietzsche dice a propósito de Sterne que es «el escritor más libre de todos los tiempos, es el gran maestro del equívoco... éste es su propósito, tener y no tener razón a la vez, mezclar la profundidad y la bufonería...». Quizás esta entrada de hoy está contagiada por la reciente lectura de Sterne. Tomarse las cosas demasiado en serio puede ser malo para la salud. A buen entendedor las palabras sobran... lo que sí es real en el hecho de conversar o escribir es la posibilidad de que estas actividades nos resulten placenteras, con lo cual, y visto el lúgubre panorama que nos pinta Macbeth, mejor estar al tanto para tratar de hacer de nuestras conversaciones y actividades un placer inmediato y divertido. El arte de conversar, como el arte de la vida, deberían ser dos materias en las que hacerse expertos desde los primeros años de escuela.

De momento ya tengo un buen maestro a mano con mi nueva lectura de la mañana. Al señor Sterne ya le leí hace muchos años en su Viaje sentimental y en Tristram Shandy; de aquellas lecturas quedaron algunos rudimentos en mi memoria, pero resultó intacto, sin embargo, el humor y su capacidad para acercarnos a la realidad con un sabio desenfado. Literatura de primera para las placenteras mañanas de este otoño tardío en el que los olmos frente a mi ventana se niegan todavía a abandonar sus hojas doradas.



El otoño se demora en El Chorrillo

Otoño en El Chorrillo

2 comentarios:

  1. A propósito de la vida sencilla y la reducción de necesidades he aquí otro ejemplo propuesto por Thoreau que en Walden cuenta que un conocido le espetó: “Me sorprende que no ahorres dinero; te encanta viajar; deberías coger el coche e ir hoy a Fitchburg y ver el país”. Haciendo gala de un perfecto análisis económico alternativo, Henry desmontó el argumento:

    He aprendido que el viajero más rápido es el que va a pie. Le digo a mi amigo: supón que probamos quién llegará allí primero. La distancia es de treinta millas; el billete cuesta noventa centavos. Es casi la paga de un día. Recuerdo que las pagas eran de sesenta centavos por día para los trabajadores de esta misma carretera. Bien, yo parto ahora a pie y llego allí antes que anochezca; he viajado a ese paso toda la semana. Entretanto, tú habrás sacado tu billete y llegarás allí mañana a cierta hora, o posiblemente esta tarde, si tienes la suerte de conseguir un trabajo a tiempo. En lugar de ir a Fitchburg, estarás trabajando aquí la mayor parte del día.

    De todas formas, Thoreau, a quien yo me permito llamar tío Henry, como los niños de Concord, su pueblo natal, a los que lideraba en la recolección de bayas silvestres, es un referente que no se puede seguir al pie de la letra. Cuando construyó su cabaña a las orillas de la laguna de Walden Pound, tomó el terreno 'a título de colono' esgrimiendo una ley que regía en su época en EE.UU. Hoy, si quieres vivir en una cabaña deberás comprar primero el terreno. Es decir, que sólo aquellos que tengan una posición algo desahogada dentro de este Sistema podrán ejercer la libertad de opción: ser consumistas o vivir con sobriedad. Los cada vez más numerosos jóvenes que conforman el precaridado, no tienen esa opción.

    Yo he seguido a Thoreau más en su propuesta de la Desobediencia Civil que en la de la vida en los bosques, por más que me apeteciera ésta. Precisamente hace un par de días, participé en el programa Carne Cruda de la SER, dedicado a la DC, y recomendé, ante todo, leer Walden para entender esa sobriedad que nos permitiría ejercer la DC.

    En mi libro '69 razones para no trabajar demasiado' dedico una entrada específica: 'El jardín del tío Henry' a glosar su pensamiento en base a su lapidaria reflexiónL

    Si un hombre pasea por los bosques, por amor a ellos, la mitad de cada día, corre el riesgo de que le consideren un holgazán;
    pero si se pasa todo el día especulando, cortando esos bosques y dejando la tierra desnuda antes de tiempo, se le aprecia como ciudadano laborioso y emprendedor. ¡Como si el único interés de una ciudad por sus bosques fuera talarlos!

    http://carnetdeparo.blogspot.com.es/2009/10/69-razones-para-no-trabajar-en-demasia.html

    Esa máxima ha sido para mí un referente de vida, sin olvidar el compromiso social, que no me ha dejado tiempo para pasear por los bosques tanto como hubiera deseado.


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  2. Creo que después de oírte en el programa Carne cruda y de leer estas líneas voy a tener que atender a las telarañas de mi cerebro con más empeño. Decía tu tío Henry en algún lugar de Walden que cómo iba él a perder el tiempo en quitar las telarañas de su cabaña cuando tantas había en su cerebro. Alguna vez les cité a unas compañeras de trabajo estas palabras de tu tío, compañeras que limpiaban sobre limpio sus casas continuamente, y no logré que entendieran mínimamente de lo que estaba hablando. Me vendría bien hacer un poco de limpieza por aquí y por allá y aclararme un poco.
    De todos modos no deja de ser un problema universal ese de saber dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. En tu comentario asoman algunos temas en los que merecería la pena meter las narices para ver de qué sustancia esta hecha su textura.
    Me prometo leerte más a fondo, estoy seguro que me va a ser muy provechoso.

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