El Chorrillo, 13/12/2013
Hoy no hago rehabilitación, directamente entro del frío de la calle y de mi paseo matinal y me siento a la mesa para... pero no, al menos tengo que hacer un poco de yoga, eso al menos, mi cuerpo lo agradecerá, me digo. Coloco unos cojines en el suelo y me siento en posición yoga frente a la chimenea. Cierro los ojos, las llamas crepitan, oigo el agitado movimiento de las llamas. Oír el fuego no parece una cosa propia, al fuego se le ve, el fuego nos calienta, pero con lo ojos cerrados la presencia del fuego es en mi ánimo un elemento musical. Pasar unos minutos tratando que la mente no se aleje de este vaivén facilita en mí otras sinapsis, con los ojos cerrados me llega la voz del mar, el viento, la brisa, los álamos, la corriente de un riachuelo, la lluvia, los truenos de una tormenta que se avecina. Los ojos cerrados abren mis otros sentidos y propician que lleguen a mi conciencia paisajes sonoros de otras partes del mundo, vagidos de amor en las noches de hoteles, rumor de voces, aviones que atraviesan el cielo, piar de pájaros, el guirigay de las ranas en una ensenada que cruzo al filo del alba. No son materiales exclusivos de ciegos, basta cerrar los ojos para que en ocasiones un nuevo universo ocupe nuestro ánimo. Sucede como si la proliferación de los sentidos con que nos relacionamos con la realidad relegaran a un segundo plano las sutilezas que vibran en el aire. Quien aprecia los rumores del bosque, los cambios sutiles de luz y las transformaciones que éstas producen en el paisaje que atravesamos, sabe que la arbitrariedad de nuestra atención o el hecho de ir formando parte de un numeroso grupo hace difícil que las sensaciones recojan una gran cantidad de cosas que suceden a nuestro alrededor. El caminante solitario tiene muchas más posibilidades de acercarse a la realidad que le circunda, estamos más en contacto con lo elementos. El que camina en grupo se nutre de otras cosas también interesantes, la conversación, el placer de la compañía.
De todos modos estar ojo avizor y el hábito de escuchar y estar atentos a los aspectos menos visibles de la realidad tiene sus compensaciones. Constantemente vemos cosas que otros no ven, y viceversa, de continuo otros pueden ver cosas que a nosotros nos pasan desapercibidas. En una ocasión, Navokov, que era un entusiasta entomólogo, iniciando una excursión por un valle de los Alpes se interesaba por determinada mariposa de color azul pálido. Al principio del camino éste paró a un caminante que venía en dirección contraria para preguntarle si había visto algún ejemplar de tales y cuales características. Contestó el caminante que no había visto ninguna mariposa. Más arriba Navokov pudo comprobar que las había a cientos por todos los lados. La labor selectiva de la atención puede ser extraordinaria a veces. De mi primera lectura de En busca del tiempo perdido, en mi memoria había quedado el rastro de cierto día en que Proust, que tenía una cita en el cuartel de su amigo Saint-Loup, llega con antelación a ella y se queda esperando en la puerta de la habitación la llegada de su amigo. De pronto descubre que de dentro le llega la música de un hogar en donde arden algunos troncos de leña. Cuando leí por segunda vez la obra recuerdo haber esperado con cierta expectación la llegada de ese momento que había resistido estoicamente en mi memoria por más de treinta años, dejándome una extraordinaria sensación de bienestar que provenía de la emoción que la lectura fue capaz de levantar en mí. Entonces no conocía todavía las bondades de un buen fuego en el propio hogar y mis hogueras en el monte, en cabañas o chozas de pastores me hacían relamerme de gusto ante la idea de tener en mi propia casa una chimenea.
Era sólo esto, los sonidos que oía desde el otro lado de la puerta relacionados con el fuego. Proust es extraordinario para estas cosas. Leyéndole uno se prepara para ver llegar con más provecho la primavera a las ramas de los manzanos, o de los perales, otra manera de ver se va adueñado de nosotros; aprender a ver, a captar esa parte del mundo externo que contiene joyas inapreciables y que la tosquedad de nuestras percepciones pasa por alto porque nuestra atención no está preparada para percibirlas. Moverse en la apretada selva de los distintos sonidos que salen de las cuerdas, los metales o la percusión de una orquesta y saber discriminar y sentir a la vez la intervención de cada uno de ellos es un asunto que debe requerir un buen entrenamiento.
Pasar la vida afilando la atención y la comprensión de la realidad que a uno rodea es un buen deporte que merece horas de entrenamiento. Eso me digo, y pienso en mi oxidado y rudimentario inglés y en cómo estos días empiezo a sentir el gusto de estar progresando en una materia que siempre resultó muy ardua para mis toscos oídos. Vamos, que a uno, jubilado y con todo el tiempo del mundo por delante, la horas del día se le hacen cortas e insuficientes. Así, por ejemplo, estaba a punto ayer de irme con Laureado y Adolfo Candia a dar una vuelta por la Pedriza , cuando la historia de un gato que había dejado a medio terminar el pasado otoño se me cruzó por la cabeza. Y entre el gato y la Pedriza terminé optando por el micifú. E igualmente esta mañana, que lo que yo tenía en mente era hablar de cierto asunto relacionado con el juego a raíz de un mail que me envió el otro día el amigo Cive, sucediendo después que, queriendo hacer un poco de yoga antes de comenzar, me puse a ello y, escuchando el crepitar de la llamas con los ojos cerrados consiguió que me fuera por los cerros de Úbeda. Mañana encontraré tiempo para hablar de ello, mañana será otro día
Sucede que si no aprovecho el momento en que las cosas vienen, después no hay manera de recuperarlas. Ahora, tras escribir estas líneas, vuelvo al tener claro que, junto a la posible gimnasia mental o física, estaría bien tener una vez más presente este ejercicio de cerrar lo ojo y contemplar así de otras maneras lo que sucede a mí alrededor.

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