El Chorrillo, 15/12/2013
En este tiempo realmente me tira para atrás la idea de encontrarme metido en mi tienda de campaña por ahí, un cerro, un valle, un llano donde el viento puede helarme las orejas y donde a la hora de levantarme, todavía de noche como suelo acostumbrar, tenga que pasar por una tiritón de mil demonios. Y así un día tras otro, porque ese es el panorama que imagino para una posible salida de algunas semanas. Nada de albergues, volver a ver cómo se come eso de caminar como en verano valiéndose de los propios recursos y dejado a mi propia suerte. Y es cierto que con lo años algo frioleros sí me he debido de hacer porque sólo pensar en tener que salir del saco de dormir, vestirme tiritando y recoger la tienda que tendrá una capa de escarcha encima, me echa para atrás. En las madrugadas de invierno, cuando la temperatura se pone cabezonamente baja, pasan horas antes de que los pies y las manos me entren en calor. Sucedía así el pasado invierno cuando caminaba por Extremadura siguiendo la Ruta de la Plata.
Pues bien, en mi libro matinal, que ahora comparto con Tristram Shandy, leo el relato de las correrías de Erik, que en algún momento del invierno se encuentra con un grupo de indios, los chipewyan. Crooked Back, un viejo amigo, le cuenta que está muy satisfecho porque su mujer, durante el viaje, le dio un hijo. El parto había tenido efecto a treinta grados bajo cero, en una tienda destrozada, calentada por una pequeña estufa, con la solícita asistencia de sus amigas. Como era un niño, Crooked Back había concedido graciosamente a su mujer un día de descanso antes de que volviera a ocupar de nuevo su sitio delante del tiro de perros, aunque esta vez tuvo que hacerlo con el niño a cuestas.
Flashes cómo estos se le quedan a uno grabados en el trastero de la conciencia como si de un gran reproche se tratara; la obviedad de nuestra blandenguería nos delata, me delata. Esa misma mañana contaba Eric cómo cuando hacía el camino para revisar sus cepos, el hielo había cedido en uno de los rabiones del río y se había visto arrastrado por el agua llevando la raquetas puestas. Y entonces, tras la aventura de salir del río cuando la corriente de agua le arrastraba y mientras la temperatura rondaba los treinta y cinco grados bajo cero, el saber que en uno pocos minutos todo su cuerpo y sus ropas estarían rígidos y acartonado por el hielo; tenía por delante la aventura de sobrevivir. Y la carrera entonces para encender una hoguera con el cuerpo a punto de quedar inmovilizado, cortar una pila de leña, encender un fuego, desnudarse antes de que las ropas y su cuerpo se volvieran rígidos como leños. Toda una enorme broma a treinta y cinco grados bajo cero que el autor cuenta como una anécdota más de la vida diaria se tratara. Sucedía esto precisamente en unos días en que en España nos preparábamos para matarnos unos a otros en la última guerra. Una nota al margen que acaso tenga algo que añadir a la diversidad y a la locura que la vida puede hacer correr por el alma de los hombres.
El otro día daba cuenta yo del frío que hacía durante mi paseo matinal, tres o cuatro grados bajo cero. Arrebujado en mi abrigo caminaba entre la niebla como si estuviera atravesando los llanos de la Antártida. Aquellas misma mañana la noticias del Facebook traían una entrada de África Quiroga que ironizaba desde Chicago sobre sí debería ponerse aquella mañana algo de abrigo o no; el termómetro marcaba diecisiete grados bajo cero. En nuestro viaje a Canadá de hace unos años hicimos amistad con un hombre que al despedirnos nos regaló un par de fotografías de los alrededores de su casa. En una de ellas se mostraba un termómetro con la columna de mercurio en la línea de los cincuenta grados bajo cero.
Digo yo que qué hago en una agradable y soleada mañana de final de otoño visitando lugares e historias que sólo de pensar en ellas mi cuerpo ya empieza a temblar de frió. Acaso se trate de una vacuna que me estoy administrado inconscientemente para enfrentarme en algún momento a las incomodidades que fuera de mi cabaña y mi fuego puedo encontrarme si me decidiera por dar un nuevo paseo por el mundo en invierno. Recuerdo que en el pasado mes de enero, poco ante de embarcarme en la larga caminata que atravesaría España de sur a norte, había visto un maravilloso documental de los años veinte titulado Nanuk, el esquimal, de Robert J. Flaherty (ahí tenéis el vínculo: merece la pena. Se trata del primer largometraje documental de la historia del cine: una obra de arte). Algo tuvo que ver, creo yo, que me animara a dejar tan inesperadamente el confort de mi casa en un frío mes de enero la visión de ese documental. La película muestra la vida diaria de una familia de esquimales principalmente a lo largo de un invierno. Los niños jugando a deslizarse por una pendiente de hielo mientras el padre y la madre construyen el iglú para pasar la noche, las estratagemas para cazar y pescar en la desolación de un desierto de hielo, el bebé siempre a la espalda de la madre cuando cazan o se desplazan en trineo...
Me vacuno, decía, porque después de leer estas cosas tengo la sensación de que voy a poder caminar en gayumbos por las madrugadas de nuestro "caluroso" invierno por venir. Cinco o diez grados bajo cero, es decir una temperatura veinte o treinta grados superior a la de los ambientes por los que se pasea mi lectura, puede sentirse como un ramalazo de calor. Ahora, cuando de madrugada tenga que salir del saco y me ponga a recoger la tienda de campaña llena de escarcha, seguro que, recordando a Erik y a Nanuk y su familia, voy a estar como en la gloria con mis cinco bajo cero.

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