El Chorrillo, 11/12/2013
¿Por qué el llanto y las lágrimas lindarán tan de cerca con los momentos de placer más intensos? Gemidos, lágrimas y llanto son con frecuencia manifestaciones de emociones contrapuestas. Como si el organismo, no distinguiendo entre el placer o la pena, se atuviera sólo al trabajo de disminuir la presión interior, utilizando para ello la válvula de escape de las lágrimas o los gemidos. No es que me interese especialmente el mecanismo interno de cómo esto se produce, nunca la fisiología me atrajo especialmente, es que comprobando cómo las emociones pueden influir sobre el organismo y cómo estamos habituados a pensar y organizar los contenidos de la realidad en compartimentos, sucede que hallándose el placer y la pena clasificados en lugares muy separados entre sí, y teniendo ambos en su momento crítico el mismo conducto de expresión, se me ocurre que no deja de ser chocante que esto sea así. Quizás encontrarse en los límites de algo suponga siempre, como si éstos estuvieran localizado en el vértice de un cono o una pirámide, el encuentro con otros muchos límites, otro mundo, un espacio en donde el yo vive y siente con una intensidad que, de la misma manera que el viento huracanado en alta montaña pone a prueba los tiros y la estructura entera de nuestra tienda de campaña, puede llegar a conmocionar nuestro interior hasta las lágrimas, si no hasta la locura. Son momentos extremos, pero la emoción, como todas las cosas, tiene sus grados de intensidad y en la línea ascendente por la que ésta trepa cabe naturalmente un amplio muestrario de manifestaciones.
Las de esta mañana tenían que ver con el amor y el sexo. La fuerza con la que uno pueda ver estimulada su propia líbido y su ternura, bien sea por la energía con que la imaginación por sí misma es capaz de resucitar un recuerdo o una situación conveniente, o porque los siempre revoltosos enanitos de nuestro interior caprichosamente les haya dado por juguetear con el explosivo material erótico que encierran determinados recuerdos, es entre tantos uno de los misterios que a mí me sorprenden con alguna frecuencia.
Me sorprenden entre otras cosas porque estos enanitos son anárquicos hasta la exageración, incluso diría que estrambóticos, ya que a ellos les trae sin cuidado la hora del día o las condiciones climatológicas cuando se trata de ponerse a jugar con el alma del delito, con los deseos escondidos o con los hechos de la vida que andan por ahí latentes bajo la piel y que sólo necesitan un ligero soplo para despertar.
El caso es que al cabo de unos minutos uno, que tan pacíficamente se encontraba haciendo tal o cual o paseando la madrugada, se tropieza repentinamente con una inquietud que se abre paso en la foresta de la imaginación o del recuerdo con un cierto apresuramiento. En otros momentos, sin embargo, estas cosas tienen un cariz muy diferente; me sucede en ocasiones con el recuerdo de mi madre. A ella la habían detectado un cáncer en el cerebro en estado muy avanzado y el diagnostico decía que no viviría más de tres meses. Mis padres se mudaron a nuestra casa y en esos meses toda la familia vivimos uno de los momentos más emotivos de nuestras vidas compartiendo la lenta degradación de mi madre. Con el paso de los días la memoria de ella fue lentamente perdiendo consistencia. Mi madre toda la vida había hecho calceta, los jerséis de cuando éramos pequeños, las bufandas, los guantes, todo eso. Para tenerla entretenida un día de aquel invierno le dije que me iba a hacer mucha ilusión si me hacía un jersey. Como a ello le gustara la idea, me fui a por lana y ella comenzó a tejer. A partir de entonces la encontrabas haciendo punto a todas horas. Terminó la espalda y una manga y una mañana, cuando me di una vuelta por la biblioteca donde ella tejía al sol, me la encontré con las piezas extendidas sobre la mesa en una actitud interrogadora que venía a decir algo así como: no lo entiendo, movía la manga, intentaba encajarla con la espalda, ¿he hecho mal la sisa?, se decía, y con una de las puntas de la aguja se rascaba la cabeza como quien lo hace ante un problema insoluble; ella que había pasado toda la vida tejiendo jerséis, pero no sabía que su cerebro degeneraba, que se estaba muriendo. Cuando vi aquello las lágrimas me brotaron inesperadamente, tuve que salir fuera de casa a soltar el trapo. Me alejé, era un llanto que me nacía del cuerpo a borbotones, incontenible. Cuando se me hubo pasado un poco, volví a entrar en casa, ella había dejado la labor a un lado y miraba hacia el jardín. Aquel día, sin hacer referencia a sus dificultades, logré convencerla para que en lugar de un jersey me hiciera una bufanda. La bufanda quedó sin terminar, murió al cabo de semana y media. (Escribí un emotivo librito que narra la historia de aquel aquel invierno, El año en que murió mi madre, es su título).
También este hecho hace que en mi interior vuelva a producirse una cierto trajín emocional, no puedo dejar de recordar la cara de perplejidad de mi madre ante su labor de punto. El modo en cómo en pocas semanas la degradación de su cerebro se fue extendiendo a todo su organismo quedó grabado en nosotros a fuego.
También recordaba hace unos minutos cómo muchos años atrás, cuando recorrí el Pirineo Francés de este a oeste solo, el momento en que avisté el Cantábrico; entonces mis ojos se vidriaron y mi emoción fue una emoción entrañable. Experiencias parecidas no siempre producen la misma altura emocional. Había sido un verano con muchas tormentas y lluvias y el encontrarme frente al mar lejano desde uno de los últimos picos de la cordillera después de un mes de trabajoso caminar fue un colofón emocional muy especial. Recordar cómo las emociones han recorrido mi cuerpo en otro tiempo levanta en mí un revuelo de campanas en donde se confunden la tragedia, el amor materno, el tierno erotismo. Mi cuerpo muge, se enamora, se excita, se enternece al roce de las emociones que viví en diferentes momentos de la vida.
Ole, impresionante. Me encanta.
ResponderEliminarMientras iba leyendo, sentía un coctel de emociones,
probablemente años atrás, leer esto, me hubiera estancado en la pena del recuerdo, pero, poco a poco, aprendes a saber que las emociones son necesarias, que forman parte de la vida, del ser humano, hay que aprender de ellas, enfrentarlas y seguir hacia adelante, para dar paso a otro tipo de sensaciones y recuerdos.
Te veo muy bien, Beatriz. Ya leí tus últimas entradas de tu nuevo blog.
ResponderEliminarMe emociona tu relato y lo recuerdo como si fuera ayer mismo gracias hermano
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