martes, 10 de diciembre de 2013

Sentimiento de mutuo afecto


  
El Chorrillo, 10/12/2013

Mi ánimo encuentra su recreo esta mañana en la lectura. Leyendo a Erik Munsterhjelm me tropiezo a cada instante con un pedazo de mi propia experiencia solitaria. Unas líneas que reproduzco más abajo, por ejemplo. El cazador de los Territorios del Norte ha llegado ese día a tierras vírgenes junto a un lago, ha cortado treinta grandes pinos con lo que construirá su cabaña, encendido su fuego y asado un par de peces en él. La noche era tranquila y la quietud de la tierras salvajes reinaba a su alrededor. Escribe Munsterhjelm: "Cuando me senté junto al fuego para fumar mi último cigarrillo antes de dormirme, estaba cansado, pero me sentía feliz".
Nuestro mundo ya no es el mundo de los años treinta del pasado siglo y hay que hacer un esfuerzo extraordinario para sustraerse a la invasión urbana que acecha de continuo a los parajes naturales, incluida la peste de los administradores del llamado medio ambiente, pero aún así cabe aún la posibilidad de perderse por los montes y la costas a la busca de la aventura del  genuino encuentro con la naturaleza. Las noches, el amanecer, los crepúsculos, permanecen intactos todavía en muchos rincones del país esperando a los amantes de las montañas y los caminos para compartir con ellos, como si de una vestal se tratara, sus favores más entrañables con el caminante que se recoge al final de la tarde tras una larga jornada del recorrer el mundo, la montañas.
Sobrevolando el delta del río Makenzie al norte de Canadá
Un paseo en avión por la costa del oceano Ártico
Oceano Ártico, volando tras el rastro de alguna ballena
La lectura hoy es acicate para no olvidar que en algún momento habrá que ponerse en marcha de nuevo. Cuando en días como ayer me encuentro al filo del amanecer caminando entre la niebla en los campos cercanos a mi casa, una mañana fría y húmeda, siempre me parece extraordinario que alguien pueda caminar durante todo el día en un ambiente así, durante semanas y meses y ademas de la mano de la lluvia y la nieve. El calor de la casa es tan acogedor  que no es fácil ponerse en la voluntad del caminante. Todo puede parecernos extraordinario y fuera de nuestro alcance. Y sin embargo cómo nuestra disposición cambia, cómo de repente, tan pronto como nos hemos sumergido en el frío cortante de la madrugada con nuestra mochila al espalda y nos hemos alejado del último lugar habitado empezando a caminar por las laderas en la apretada oscuridad de un bosque, nuestro ánimo, crecido por el esfuerzo y por las condiciones adversas e inhabituales, se estimula y en unos pocos instantes se siente chapoteando en el barro como si ése fuera el elemento cotidiano en el transcurre su cotidianidad.
Los paraje al norte de Canadá con sus condiciones de frío y aislamiento no son el mejor ejemplo para compararlo con las modestas posibilidades que nos ofrece caminar por nuestro país, pero sí sirve para significar la gracia que puede tener aproximarnos a esa aventura de abandonar la comodidades del confort de nuestra casa para sumergirnos en los vericuetos de la sierras o de lo paramos de invierno.
Estaba cansado, pero me sentía feliz, escribe Munsterhjelm. Quien no sabe de estos sencillos placeres debería intentar tener experiencia de ellos. En un mundo en donde la comodidad y la seguridad son dos bienes que pueden colmar las aspiraciones del ciudadano corriente, parece chusco predicar lo contrario, pero es que los caminos para alcanzar algo parecido a ese sentimiento de felicidad de más arriba no son precisamente caminos trillados. Ninguna de las actividades que no requieren esfuerzo puede llegar a reportarnos esa clase de placer que surge de uno al final de largas jornadas de camino y ascensiones cuando frente al atardecer preparamos nuestro vivac para pasar la noche, cuando nos metemos en el saco de dormir y contemplamos, ensimismados desde el cálido confort de nuestra improvisada cama, el cielo cuajado de estrellas.


Ramón y su cuadrilla en el Camino de la Plata
Con Ramón en nuestra visita a Gedrez

El sol entra con tantas ganas en mi cabaña hoy que me veo obligado a bajas la persianas. Cuando bajé de desayunar me encontré en el teléfono una llamada perdida de mi amigo Ramón, el caballero andante. Ayer había colgado en su muro una fotografía en donde aparecían Dop, su perro, Vermell, su caballo –eso creía yo– y él mismo. Escribí unas líneas: Creo que a esos personajes que aparecen en la foto los conozco. Me resulta entrañable veros ahí a los tres juntos, mis tres amigos de correrías. Y es que la figura de Ramón, toda su cuadrilla, está tan unida a mis caminatas de este año que verlos ahí de repente a lo tres me produjo un pequeño revuelo de emoción por dentro: tantos días caminando los cuatro bajo la lluvia, con nieve, frío, calor, tantos paisajes recorridos junto, dejan una huella imborrable. En alguna parte de mi libro de esta mañana el autor habla del sentimiento de mutuo afecto que se produce entre los cazadores que, aislados en el crudo invierno de los treinta, cuarenta grados bajo cero del Norte, tienen que compartir con un compañero de aventuras una parte de su vida.
El sentimiento de mutuo afecto es un hermoso regalo que acompaña con frecuencia la historia de las correría por las montaña o por el mundo: Ramón, esos amigos de los tiempos de escalada con lo que me encontré últimamente, personas con las que por misteriosas razones sintonizamos apenas conocerlas.




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