lunes, 9 de diciembre de 2013

Diario de un jubilado



El Chorrillo, 09/12/2013

Tuve que hacer memoria para recordar a Fernando Vázquez, pero ahí está con su perro en la Mira

El fuego me habla. Yo le escucho. Un conglomerado de sensaciones y recuerdos, mezclados como enmarañadas raíces de árboles y arbustos, miran las llamas subir y bajar. Pienso en la mujer de la que estuve enamorado hace una década. Instantes diversos del pasado, trabajo, viajes, ascensiones en los Alpes o Pirineos. El campo frente a la ventana de mi cabaña está cubierto por una niebla ligera que invita a dejar vagar el ánimo por la fértil tierra del pasado. Me preguntaba estos días si con la Navidad por delante sería o no conveniente darme un paseo por el antiguo colegio donde tanto tiempo trabajé. Allí quedaron como embalsamados hechos y recuerdos que acaso puedan despertar levemente nuevas sensaciones. En nuestra huerta si no depositas semillas en la tierra, no riegas, no cuidas la cosa, en ella sólo brotarían malas hierbas y ortigas; y las ortigas, con ser un plato exquisito que degustamos a menudo en casa con delectación, no serían suficientes para nuestro paladar. Así las sensaciones. Descubrí ya hace mucho tiempo que dedicarse con mimo al cultivo de éstas puede ser uno de los más gratificantes empeños en que uno pueda meterse. Off course, buenas sensaciones, se entiende. Y así las cosas ¿qué mejor deporte que echar mano de los recuerdos para identificar a éstas en sus mejores momentos, hacer una selección de las más entrañables y tratar como buenos jardineros de obtener  sustanciosos ejemplares de ellas? Sensaciones sutiles, gratas, fogosas, sensaciones que como el tañer de las campanas de un muy lejano pueblo al que nos aproximamos poco a poco caminando, vienen a nosotros primero como un susurro, más tarde como música de domingo, al final con  espléndido redoblar de fiesta. Esa es la clave de algo que me sucede en estos días cuando me encuentro con el pasado y sus rostros. Lo primero que hago cuando aparecen en el umbral de mi memoria es examinar mis sensaciones. Si las sensaciones son buenas, aunque uno sea algo solitario y un tanto raro, sigo obediente su rastro, las abono, las riego, me dejo llevar por mi entusiasta deseo de volver a ver a antiguos compañeros o amigos e intento encontrarme cara a cara con el pasado.

En la selección de fútbol del colegio

 Sobre estas cosas me pregunto hoy frente a las llamas acogedoras mientras la niebla levanta y el sol empieza a entrar por la ventana. Y levemente, como la esencia que sale del fresquito de un perfume cuando retiramos el tapón, a las sensaciones se le alegra la cara, les corre por dentro un gustito de bienestar cuando empiezan a tropezarse con rostros en sepia, sonrisas olvidadas, miradas francas, todos ellos adormilados en el fondo de la memoria.

Un invierno en Gredos

El tiempo habrá ya destilado en su peculiar alambique la realidad y probablemente podré encontrarme con el azulado fondo marino de una nueva verdad, aquella que nuestro ánimo desea tocar y besar: el calor de nuestra escondida bonhomía, la fraternidad que los años van encontrando en medio de nuestro híspido acontecer pasado. Quizás. Reencontrarse con un rostro en cuya alma reposaba el anhelo de la nuestra, la cálida brisa que pueda llegar de un trabajo bien hecho, el pasado retornando una vez más a envolvernos en la misteriosa calidez que a veces alberga en sí.
Frente a mi ventana el dilatado horizonte que la niebla ha dejado bañado con una aterciopelada luz de invierno, aparece sedoso como en un cuadro de Friedrich.

Compañeros de oficina 
Cuando uno va acumulando muchos años de vida tras de sí, tarde o temprano viene a sentir el deseo de pasar largas horas rastreando las bondades del pasado, los paisajes de la vida interior donde un nutrido número de rostros empiezan a pasearse pidiendo una atención que la dinámica de nuestra ajetreada vida profesional impidió atender. En un rincón encuentra uno un tesoro, en un pasillo, mientras ojea un viejo álbum  de fotografías, tropieza con tal o cual amigo de los tiempos de tu primeros trabajos; más allá, a la vuelta de una esquina, le sorprende  un email que llega de alguna lejana parte del mundo, en las enmohecidas paredes de años difíciles surge la presencia de un tardío amor como un ramalazo de olor a madreselva y rosas invadiendo los sentidos con su fragancia.

En  el banco


Días atrás un reencuentro de estos me sugirió la idea de escribir una especia de memorias, Memorias de un maestro podría llamarlas. Estuve trabajando unos días sobre esta idea, pero en seguida me di cuenta de que la cosa no cuajaba. Han quedado ya por ahí muchas páginas dispersas escritas en forma de libro o blogs y no era cosa de repetirse, sin embargo ahora me atrae otra idea que me gusta más, algo así como seguir explotando el presente con el diario de un jubilado. Lo único que no me gusta de la cosa es que ello puede dar pie a un reiterado recorrido por los bosques de la nostalgia, que es algo que no alienta en exceso mi ánimo. Cuando yo era niño un hombre de sesenta y cinco años eran un viejo, pero hoy un hombre de esta edad a mí me parece un hombre con una segunda juventud encima, siempre y cuando se mantenga activo física y mentalmente. Y desde esta perspectiva acercarse al pasado puede ser una fuente de riqueza inagotable. Hace casi una década deseché la idea de ponerme de nuevo a estudiar inglés porque pensaba entonces que las ganas de viajar o de emprender pequeñas aventuras por el mundo estaban por concluir. Ah, pero todavía viajas, escribía lacónicamente Salvador Pániker en uno de sus libros, cuando pasados los sesenta un amigo le contaba de su recorrido por algunos países de América Latina. Eso fue hace una década, ahora estudio con gusto inglés y otras materias. Después de terminar esta magnífica vuelta a España a pie que he concluido el pasado mes y de haber completado en el verano la travesía integral del Pirineo en solitario, me siento mucho más joven que diez años atrás. Ergo, la terra si muove. Espero que no sea esto una secuencia más de Bienvenido, Mister Marshall.
Después de escribir estas líneas he pensado que este blog, donde encuentran refugio mis reflexiones cuando no estoy caminando (entonces utilizo Caminar cada día), o  me da por viajar (Cuaderno de viajes) o escribir en verso (Escribir cada día), cosa que mientras no vuelva a enamorarme parece que no va a prosperar, le vendría bien cambiar de look e incluso de alias. Creo que un buen título acorde con las circunstancias sería Diario de un jubilado. Ya veremos si prospera la idea.





No hay comentarios:

Publicar un comentario