sábado, 7 de diciembre de 2013

Abuelo, ¿qué haces?





El Chorrillo, 07/12/2013

Pensando en mi nieta Ainara escribí estas líneas. Ella no sabe todavía leer, pero seguro que cuando sea mucho más mayor le gustará recordar que acaso uno de sus compañeros de juego podría haber sido su propio abuelo.

Mi nieta Ainara en el zoo

Pues sí, eso parece ser la vida, leer, dormir, estar frente al fuego de la chimenea, pasar un bien rato con unos amigos, dar un largo paseo por la mañana, reconocer en la memoria a un compañero después de medio siglo sin verlo. Todo esto se me aparece hoy como el verdadero porqué de la vida, nada más que eso, y no todo ese galimatías en torno al cual tanto la religión como la filosofía dan tantas vueltas confundiendo, pienso yo esta mañana un tanto regodeado por haber encontrado mi particular piedra filosofal, confundiendo el culo con las témporas. Porque si estas dos materias de estudio no existieran y cada uno nos dedicáramos simplemente a vivir sin hacernos demasiados supuestos sobre el significado de la vida, de la misma manera que no se lo hacen nuestros gatos o los peces que nadan en el estanque de nuestra parcela ajenos al mundo, pues... no sé... es lo mismo; siempre esa manía contagiosa de lo porqués encima. No debería prestarles mayor atención, en todo caso tolerarles lo suficiente como para que me sigan sirviendo para darle cuerda a la ruleta de las palabras, pero las cosas vienen así.

Me gusta cuando me despierto de esta manera, como un ocioso marinero en alta mar que subiera a cubierta después de estar navegando durante meses y de pronto se encontrara sorprendido con que allí está el mar suavemente ondulante con las olas meciendo las sensaciones, el sol calentando tibiamente la piel y el ánimo.
Aprecio estas mañanas, me levanté tarde y estaba solo en casa. Había guardado unos negativos de hace muchos años que me había dado Laure y que ojeé y vi que no me interesaban, demasiado indagar en el pasado, y me dediqué a merodear por la casa aprovechando que Victoria andaba por ahí haciendo su caminata diaria. Merodear por la casa cuando uno está solo es el gran deporte de reencuentro con las sombras y los traviesos enanitos del pasado, con mis hijos cuando eran niños o adolescentes y la guitarra de Guilloso, mi hijo mayor, sonaba en los rincones de la casa ensayando un tema de Leonar Cohen, reencuentro con los trabajos de construir un entorno familiar, con el propio yo trajinando con las cosas de la vida cotidiana, con las reuniones familiares, con el volátil espíritu del recuerdo de mis padres y hermanos. Eso, el perfume que va quedando enquistado en las paredes del hogar como daguerrotipos que se movilizaran en un viejo álbum de fotografías de familia para traer no tal o cual recuerdo concreto, sino el conjunto condensado en esencia, en presencia mirífica que, saliendo de entre las baldosas, los cortinajes, los rincones de la habitaciones que en otro tiempo habitaron mis hijos o mis padres cuando el cáncer de mi madre lo obligó al vivir con nosotros, se derrama por dentro de mí de parecida manera a como un vino añejo pasa a formar parte de toda nuestra sangre tras una comida de ocasión.
  
Últimamente cada vez que subo un post a uno de mis blogs siempre me digo lo mismo: jo, qué paliza eres, tío, parece que te hubiera atacado una diarrea mental con esto de darle a las teclas continuamente. Y entonces me prometo que voy a estar una larga temporada sin escribir y en el caso de que lo haga intento convencerme de que lo guardaré en el fondo de algún cajón. Pero, amigo, no sólo la carne es débil (por cierto que es una gilipollez de expresión eso de que la carne es débil, que lo que debería afirmar es lo contrario), la carne es débil, uno se levanta al dia siguiente con el ánimo de seguir en letra impresa las aventuras invernales en los páramo helados de Canadá, se sienta frente al fuego de la chimenea y, antes de haber abierto el libro, cae en la tentación de anotar algo en el teléfono y ya lo hemos pichao. Precisamente el otro día pasé la jornada con una gran familia de jubilados, amigos de los tiempos de escalada de la juventud, y una de las cosas que me preguntaba, mientras ascendíamos las laderas del cerro del Castillo, era ésta: ¿en qué emplearían su tiempo todos esto compañeros? El dia tiene veinticuatro horas y me entraba la curiosidad de saber. Pensaba en Martín, que es promotor de todos estos amigables encuentros y entendí su afán por este empeño que le ha debido de llevar mucho tiempo; en Cive, inventor de libros, como dice su tarjeta de presentación en Twitter, llevándose un fajo de folios de algún manuscrito que corregir a la pradera de Navalusilla bajo el camino Schmidt para allí dar un repaso a los adverbios terminados en mente que se le cuelan traviesamente en su escritura; en Laure soldando una baranda, haciéndose un depósito para el compós con que abonar los tomates y los pimientos, construyéndose un piso más en su casa de campo; en fin, cada uno con su tema, todos ocupados en algo que les gusta. Diantres, me decía yo a continuación, ¿por qué leñe voy a dejar yo entonces de hacer algo que me gusta aun con el peligro de ser un pesao?
Ahora me suena el teléfono, alguien comenta desde Estados Unidos algo en lo que estamos todos, la muerte de Nelson Mandela. Las redes sociales se han convertido en el elemento de comunicación por antonomasia. Nos reencontramos en el ciberespacio a través del tiempo y del espacio; éste último prácticamente ha desaparecido y ya todo está al alcance de la yema de los dedos o de un clic del ratón, y el tiempo poco a poco se adelgaza convirtiéndose en papel de fumar ante la capacidad de las nuevas tecnologías de ayudarnos a reencontrarnos con los otros, y con nosotros a través de ellos. Perdidos y reencontrados empiezan a salir de la niebla de la memoria empujados por esas conexiones neurales que como la gran tela de araña de Internet es capaz de traernos en bandeja el rostro de un antiguo amigo del que perdimos el rastro hace más de cuarenta años.
Me sucedió esa mañana con Fernando Vázquez. Me había incorporado de la cama y me estaba poniendo el calcetín derecho cuando, plas, de pronto se hizo la luz. El pasado miércoles, cuando llegué a la plaza del ayuntamiento de Collado Mediano, no encontré a nadie con pinta de pertenecer al grupo al que esperaba incorporarme; me di una vuelta y en un callejón vi a un hombre de barba cana con boina roja sentado al sol de la mañana sobre un pivote de hierro. Comenzamos a hablar y unos minutos después descubrí por sus palabras que habíamos hecho algunas buenas ascensiones juntos, entre ellas la arista suiza del Cervino, y además ambos recordábamos de cierta sandía de doce kilos que nos esperaba a la vuelta, según él en el coche y según mis recuerdos enterrada en el glaciar próximo para que estuviera fresquita. Me daba vergüenza porque no lograba acordarme de él. Durante la comida nos sentamos juntos, yo hablaba con él como si fuera una persona a la que viera por primera vez pese al esfuerzo que hacía para recordarlo (¡Ah, mi memoria!). Pues bien, han tenido que transcurrir varios días para que algún enanito de mi interior sacara de repente de algún rincón de la memoria el recuerdo del Fernando joven. Ahora lo recuerdo perfectamente, su semblante chispeante, su pizca de ironía bailándole siempre en los ojos. Algo parecido me sucedió con Juan Muñoz Moreno, aunque a éste lo tuve que recuperar a través de una fotografía de la época.
El pasado y el presente se besan cariñosamente, se dan la mano. Me parece que la física cuántica, un ciencia que naturalmente me suena a chino y que me resulta totalmente incomprensible, está llegando a plantear la realidad de una especie de abolición del tiempo tal como lo concebimos nosotros. Algo así como si éste no existiera y todo, todo lo que hemos vivido estuviera sucediendo al mismo tiempo, tu infancia, tu adolescencia, tu madurez, todo ocurriendo simultáneamente. Es algo difícil de comprender, pero en donde en ocasiones la intuición se abre paso como en espesa niebla adivinando que algo de eso pueda estar sucediendo.

Suena el teléfono. Es mi nieta, ella dice: Abuelo, ¿qué haces? Mi nieta tiene cinco años. A lo mejor mi niñez no está tan lejos de lo que yo pensaba y un día descubro que mi nieta y yo podemos, pudimos ser compañeros de juegos en el patio de recreo del cole.





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