viernes, 6 de diciembre de 2013

Nelson Mandela



 El Chorrillo, 06/12/2013

Esta mañana, antes de que el sol apuntara en el horizonte ya andaba yo caminando como de costumbre enfundado en abrigo, gorro de lana y guantes por los cerros que rodean mi casa. Hacía frío. La línea de la sierra de Guadarrama era un perfil difuso en el nuevo día que comenzaba. Nelson Mandela no tardó en ocupar mis pensamientos. Poco antes de dormirme la noche anterior había oído la noticia en la BBC. Comoquien susurra una plegaria antes de conciliar el sueño tuve en ese momento un emocionado sentimiento de reconocimiento que atravesó el mundo para encontrarse con esa parte del hombre, en este caso el hombre Mandela, que contiene la esencia de lo mejor que puede albergar el alma humana.
El otro día, conversando con el amigo Benito Prieto en nuestro reencuentro de montañeros veteranos, intentábamos precisamente definir qué era eso de la humanidad que yo cifraba, con un cierto sentido rouseauniano, en la afirmación de que en todo ser humano, como aseguraba Celine, por muy cabrón que éste sea, siempre hay un hálito de profunda bondad, de amor, de solidaridad. En esencia, del mismo modo que las semillas que, habiendo caído en tierras diversas: suelos fértiles, grietas de las rocas, asfalto, lugares áridos, tienen distintas posibilidades de supervivencia, de parecida manera el alma de los hombres sigue destinos diferentes movilizados por una parte por una instintiva asunción del bien y por otra por las condiciones ambientales, la educación, las opciones que se toman frente al momento histórico que se vive.
Nuestras tendencias anímicas en los primeros años de vida pueden ser similares en todos los seres humanos, amor, codicia, generosidad, egoísmo, solidaridad, sin embargo qué diferente el modo en como estas cosas evolucionan en unas personas y en otras. Cuando repasamos la historia de la Humanidad, cuanto vemos reflejado en ella no es otra cosa que el trasunto de la historia del hombre como persona, como ser individual. Hubo grandes hombres en la historia del mundo, y Nelson Mandela será siempre uno de esos grandes hombres que ha producido la civilización de todos los tiempos, y hubo, hay y habrá hombres y mujeres despreciables que, sacando de sí lo peor, más innoble, más terriblemente perverso, que cada humanidad individual lleva también en su interior, serán, una desgracia, un azote permanente para sus semejantes. Creo que es necesario alentar esta idea según la cual cada persona alberga en sí en potencia todo lo malo y todo lo excelente que la humanidad puede dar de sí. De ahí en adelante, con esta premisa como referencia, es posible entender en toda su importancia esa frase que acompaña el retrato de Mandela de más arriba: Education is the most powerful weapon which you can use to change the world.
(Un paréntesis. El otro día escribía en este mismo blog que uno de los dos grandes pilares sobre los que se asienta la democracia que vivimos en este país, si tal se le puede llamar, era la ignorancia, de la cual se aprovechan naturalmente toda esa gente que está desmantelando España.)
No reconocer que la codicia está en germen en nosotros de la misma manera que está el amor, pretendiendo aceptar sólo nuestras bondades personales, sería olvidar la realidad de ese binomio universal de las fuerzas del bien y el mal que actúan constantemente en nosotros y en cuyo campo de batalla nos vemos obligados a combatir a lo largo del transcurso de toda la existencia. Si en el mundo hay gilipollas de tres al cuarto como un tal Bárcenas o similares es porque en sus cabezas, en su educación hay graves errores que fomentan una educación estúpida y una obsesiva afición al dinero. Otros locos, con la obsesión de hacer de la raza aria el genuino gestor del mundo, convirtieron en cementerio el planeta Tierra. Los grabados de Goya nos ilustran, El sueño de la razón produce monstruos.
De manera parecida a como se dan en el corazón de todo hombre estas terribles pasiones, sucede con las naciones. Que el hombre es lobo para el hombre lo vemos en el comportamiento de todas las colectividades de la historia. La flagelación del imperialismo británico, los españoles en América Latina, los alemanes en Namibia, los negros sobre los blancos, los hombres sobre las mujeres.
Sí, ¿qué coño hacemos en educación?, pasamos lustros enseñando a nuestros pupilos sobre el sexo de los ángeles, regamos de continuo fuera del tiesto sin entender que mientras no seamos capaces de ejercer de buenos jardineros con nosotros mismos y con los demás, algo se me pega de la película que vi hace un par de días, Bienvenido Mr. Chance, no habrá nada que hacer.
Hace unos cuantos años viajábamos Victoria y yo por los países al sur del ecuador en África, cuando una mañana de mucho frío, uno de esos días en que en Madrid se sudaba la gota gorda en pleno verano, fuimos a parar a las puertas del museo del Apartheil. Visitar este museo, de la misma manera que recorrer los campos de concentración de Auschwitz en Polonia, es un acto, que como la peregrinación a la Meca en el mundo árabe, debería emprender todo aspirante a buen ciudadano a fin de tomar contacto con la realidad de lo que pueden traer consigo nuestras desfogadas pasiones, la pasión del poder, la pasión del dinero, la pasión del dominio de unos sobre otros. Todas esas graves pestes, que como la peste negra de la época medieval, asolaron el mundo. Entre el años 1939 y el 1945 murieron en el mundo como consecuencia del delirio de poder de un puñado de locos, entre sesenta y setenta y tres millones de personas; las guerras napoleónicas dejaron más de cinco millones de muertos, sin embargo, curiosamente, Napoleón, a diferencia de Hitler, goza de excelente salud en la estimación que se hace de él en la historia.



Austwicht 1998

Recorrer el museo del Apartheid y seguir sala por sala el curso de los acontecimientos que llevaron a la declaración final de la desaparición del apartheid, fue para mí uno de los instantes más cargado de emoción que he vivido a lo largo de mis viajes desde que era adolescente. Según iba dejando atrás los pasillos, las salas donde cronológicamente se mostraba la evolución de la lucha de las comunidades negras contra el gobierno segregacionista, fue cada vez más difícil contener el flujo de emoción que me había comenzado a embargar desde los primeros instantes. Cuando la visita llegó al momento cumbre, Mandela excarcelado pasando a asumir la responsabilidad de un nuevo gobierno en un país en donde blancos y negros tendrían el mismo estatus ante la ley, mi emoción se hizo incontenible y las lágrimas brotaron de mis ojos. Años atrás había vivido una situación similar en Auschwitz, cuando visitamos el pabellón en donde se daba cuenta de la lucha clandestina de un puñado de prisioneros, que con el riesgo permanente de sus vidas había logrado hacer llegar al exterior las condiciones y los hechos de los campos de exterminio nazi. Un hombre menudo, austero, con los ojos hundidos por una larga estancia en la cárcel asumía el poder unas salas más adelante. Cientos de testimonios gráficos me hablaban emotivamente hasta humedecerme los ojos del trabajo, la lucha de toda la comunidad negra liderada por Mandela para llegar a su liberación.
Éstas son nuestras armas, gritábamos alzando nuestros brazos y manos en las manifestaciones del 15M. Hombres como Mandela: éstos son nuestros hombres, ésta es nuestra riqueza cultura y humana, esta es la lucha.

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