martes, 25 de agosto de 2026

Los más aptos

 


 25/08/2026

Hoy cambié el mirador del pinar sobre Gredos por un apacible asiento público frente al hospital Montepríncipe, una pausa en esas cinco citas médicas que tengo esta mañana. Espero/esperamos; una agradable brisa cruza el pinar en donde estamos. Hablábamos hace un rato de un tema que se repite hasta la saciedad en nuestras conversaciones, la estupidez generalizada que recorre el mundo y, junto a ella, lo agradable que resulta encontrarse con gente normal, gente amable, empleadas del hospital dispuestas a hacerte agradable tu tránsito por esta institución. 

Sin embargo, no hay tu tía, la Especie, sí, con mayúsculas, va a su bola. En algún momento del nacimiento de este planeta surgió un pequeño ser vivo y durante miles de millones de años éste se diversificó, evolucionó, y aquí están, un gran puñado de sapiens, producto de una lucha por la supervivencia, los más fuertes, los más adaptados, también los más locos de remate (en general), que como producto de la eficiencia del cerebro, que no del buen hacer ni de la moral, tratan de seguir la lógica del gen egoísta. Y echo un vistazo a las hormigas, tantas en formación de una o a dos, que cada mañana tengo que sortear en mi tiempo de caminar, y encuentro que la Especie, tan aleatoria, tan sin control, algo nos podía haber transferido del hacer de las hormigas, una evolución como en las abejas, que trabajara en la dirección del bien común… por ejemplo. Pero, amigo, la eficiencia nada tiene que ver con la moral o la justicia, la eficiencia termina merendándose al pez chico, y si éste es camarón, ya se sabe, camarón que se duerme se lo lleva la corriente. La eficiencia, eso que Darwin llamó la supervivencia del más apto, se quiera o no termina por imponerse por más que queramos dar sobradas interpretaciones a qué es eso del más apto. El más apto puede ser el más cabrón, el rufián que sabe apañárselas para extorsionar al personal, aunque, no faltaría más, no hay que ser tan terco para no ver que entre los más aptos también hay gente con un excelente sentido de la moral. 

De todos modos son tantos los locos de este mundo, tantos, cuyos valores más codiciados, poder, pasta, etcétera, que no falta entre el resto del personal una multitud cuyo deseo a toda costa sea emular a tan privilegiada clase.  

Me temo que esta clase de exabruptos que me salen de tanto en tanto en mis posts, tienen bastante que ver con la edad que voy teniendo. Vamos, que es como si me subiera a un monte muy alto y desde su cima contemplara el percal de mucho de los que se cuece allá abajo. Yo imagino que la edad cura de muchas enfermedades, cosa bien lógica cuando contemplas cada vez más cerca que el camino termina entre el perejil; lo que no quita para que insignes y añosos locos sigan estando en las musarañas. Y el que tenga oídos, que oiga. 

La verdad es que era sumamente agradable la brisa que acariciaba el pinar, pero había que irse, la siguiente cita médica era con la anestesista, una mujer que pasó largo rato contemplando mi complejo historial médico sobre la pantalla de su ordenador. Sí, también debe ser cierto que las enfermedades, ese poquito por el que te has librado de palmarla, agudiza tu olfato para percibir las pequeñas sutileza que acompañan los años de la vida. Si una enfermedad grave a esta edad te hace viejo de repente, también es cierto que te hace más clarividente cuando echas una ojeada a alrededor, a nuestras inquietudes, a nuestros deseos. Ya no son aquellos tiempos de  «era un niño que soñaba / Un caballo de cartón». Ahora es tiempo de al pan, pan y al vino, vino. Nada de andarse con gilipolleces, nada de confundir quien manda en uno. Hay quien piensa que son ellos los que tienen pasiones o grandes, deseos cuando en realidad lo que sucede es que esas pasiones y esos deseos son quienes mandan en ellos. Las pasiones les tienen agarrados por los huevos y no se enteran, no son ellos los sujetos agentes de sus vidas, sino sus víctimas.  

Una vez más la Especie hace de las suyas. Los más aptos, mejor muchos de los más aptos, terminan siendo los más gilipollas de la corrala en que les ha tocado vivir. Podéis contemplar esa imagen que incluía ayer en mi post donde un bebé con babero bastante grandecito jugaba con un portaaviones. Uno de tantos aptos, sí, que pueblan el planeta Tierra y que son la envidia de tantos sapiens de a pie.  

Bueno, pues yo había leído esta mañana un comentario del amigo Muñiz y, ni corto ni perezoso, mientras esperaba mi siguiente cita, me puse a contestarle, pero como me sucede tantas veces estando en los prolegómenos me fui por peteneras y hasta me olvidé de que lo que estaba haciendo era contestar al amigo Muñiz. Así que voy a releer su comentario a ver si puedo entrar en materia, que aquí de lo que se trata es de pegar la hebra con aquellos que te buscan las cosquillas, como sucedía el otro día y que él me confirmaba posteriormente. Pegar la hebra, curiosa expresión que viene del mundo de la costura, juntar un hilo con otro para hacer algún tipo de trabajo, es decir, juntar unas palabras con otras con finalidades diferentes, ya sea por simple divertimento o para aclarar determinada labor mental que requiere la concurrencia de eso que llamamos inteligencia. Así que aunque esto se alargue como estoy en vena…  

Habla Enrique de esa tendencia que todos podemos tener a volver una y otra vez sobre determinados episodios de la propia vida, como si al releerlos pudiéramos encontrar en ellos alguna respuesta que no encontramos cuando los vivimos. Es una probabilidad que sea así, pero creo que no. Buscarle razones a comportamientos que hemos tenido es instructivo, pero yo no descartaría la principal razón que se me antoja que puede ser la razón de la sin razón, y que suele ser más abundante de lo que creemos. Citaba por aquí días atrás a Picasso que ante la pregunta de alguien que le preguntaba que por qué pintaba, respondía que no había porqué, que pintaba simplemente. También comentaba sobre la tendencia que todos podemos tener a volver una y otra vez sobre determinados episodios, como si al releerlos pudiéramos encontrar en ellos alguna respuesta que no encontramos cuando los vivimos. Nos movemos, le diría a Enrique, con sistemas de medida diferentes.  Para mí “volver una y otra vez sobre determinados episodios de la vida” no es una búsqueda de respuestas entonces no resueltas, más bien creo que se trata de un simple ejercicio de reafirmación del yo, especialmente cuando nos detenemos en aquello que ha dado consistencia a nuestras vidas, es la actitud del pintor que de tanto en tanto tiene que alejarse del lienzo que está pintando para verlo en perspectiva. Vernos en distintos momentos del pasado, si hemos vivido acorde con nuestro sentir esencial, no es una búsqueda de respuestas insatisfechas, sino un ir detrás de esas pepitas de oro que quedan retenidas en la batea de la memoria como preciado recuerdo del pasado. 

Agarro el texto de Enrique por el final y atiendo a lo que decía un amigo que era la vida. La vida, me decía él en cierta ocasión, no es otra cosa que hacer esto, lo otro o lo de más allá. Esto, lo otro y lo de más allá que satisfaga tus gustos y si es posible que alimente ese ser interior del que constantemente habla Joseph Conrand en alguna de sus novelas. Pero puntualizando, naturalmente, que no sea el caso de que ese ser interior no esté podrido, como puede ser el caso de esa errada evolución del ser humano que pone sus miras en etcétera…

 

 



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