domingo, 23 de agosto de 2026

Nos estrellamos contra preguntas esenciales

 


23/08/2026

Esta mañana no escribo desde el pinar. Me levanté a las seis de la mañana y he comprobado que entre los ejercicios de mantenimiento y la bicicleta estática ha trascurrido hora y media, así que aprovecho la primera hora del día para despertar a mis neuronas que también tienen su derecho a ser puestas en disposición de comenzar adecuadamente un nuevo día. 

El amigo Muñiz compara en esta ocasión los años de la vida con un libro y, siendo que ambos debemos de estar en las cercanías del epílogo, considera que “es inevitable que, de vez en cuando, sintamos cierta añoranza por épocas pasadas y volvamos a recorrer algunas de aquellas páginas que fueron importantes para nosotros”. Considera un problema, sin embargo, que podamos entretenernos demasiado tiempo en ellas porque de esa manera dejaríamos de escribir las páginas que nos quedan por delante. Enrique respira un conformismo que responde a la realidad patente de la disminución de nuestras posibilidades, capacidades, etcétera que vamos sufriendo con la edad. Sí, tiene toda la razón del mundo, sólo que lo que media en ese tránsito de la edad madura es de una densidad emocional que por mucho que queramos no podemos ventilar con un paquete de buenas razones. Las buenas razones, como las intenciones, recuerdo aquel dicho de que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, son válidas, pero por mucho que queramos alentarlas la única verdad es que la lucha soterrada que mantiene el hombre con la vejez, la muerte, el amor, y tantas cosas más, dista muy mucho de la sencillez bienintencionada que propone mi amigo. Las razones, tantas veces válidas, no es yantar que alimente al hombre que en lucha consigo mismo trata de definir los porqués de la existencia. El hombre de carne y hueso de Unamuno está hecho de una complejidad que sobrepasa el esquema sencillo de trasponer los hechos de la vida a las páginas de un libro, una concepción lineal que es imposible que recoja la profunda abstrusidad de la existencia. 

Últimamente leo, me leo, en libros que fueron recogiendo mis experiencias de viaje por Oriente y África, y la sensación que saco de esta lectura es que mi yo, el de hoy, está hecho en mucha medida de la sustancia del entonces. La larga escritura, las reflexiones, el contacto con la gente, etcétera, dan muestra del resultado que la interacción con las circunstancias produjeron en mí y que hoy, como quien se pregunta quién eres, de qué está hecho tu yo y qué resulta de tu relación con el mundo, adensan en mí una compleja percepción de la vida que ni mucho menos se resuelve en una concreción de perfiles definidos. Los límites del lenguaje acaso muestran los límites de mi mundo (Wittgenteins). Es posible, aunque lo dudo; lo que creo que sucede es que mi lenguaje no es capaz de acceder a las profundidades del yo, es una herramienta que se muestra, acaso por educación o incultura, inadecuada para dar respuesta a muchas preguntas que nos sobrepasan. La sobada cita orteguiana de yo soy yo y mis circunstancias, es un simple enunciado que apenas nos dice nada sobre la realidad que enuncia. 

Nos estrellamos contra preguntas esenciales y así cuando tratamos de buscar respuesta, es fácil que nos salgamos por la tangente. No es tan dilatado el tiempo de nuestras vidas  como para que no lleguemos a sentir en el instante presente como una totalidad el yo que es toda nuestra existencia. Vivimos cada instante como presente, pero ese presente contiene de algún modo toda nuestra continuidad personal. El niño que fuimos, el hombre que somos y el que imaginamos llegar a ser, están presentes en todo momento en nuestra conciencia. Y quizás de esa idea se desprende de algún modo nuestra concepción del yo del futuro que, con toda seguridad, va a tener que litigar con la otra realidad, no experimentada todavía, del futuro que proyectamos. Somos lo que somos y hemos sido y desde ahí es de donde proyectamos nuestra imagen futura, imagen que se convierte en fuente de conflicto personal cuando prevemos que en el yo de siempre, de hasta ahora, se puede estar produciendo una fractura por imperativos de la edad o la salud. Una fractura dentro del yo, que no deja de ser yo por ello, pero que se puede percibir como un dejar de ser el yo con el que estamos familiarizados.  

Si en este punto, a la luz de las teorías de Einstein, echáramos mano del concepto filosófico “presente”, esa especia de presente continuo que sería el tiempo de la vida, y añadimos para más abundancia su afirmación de que “El pasado, el presente y el futuro son sólo una ilusión”, el embrollo es tal que obliga a plantearnos si realmente poseemos las herramientas con que poder explicarnos, y suponiendo que fuéramos capaces de hacerlo teniendo dichas herramientas. Nos estrellamos contra preguntas esenciales porque intentamos responderlas con conceptos —tiempo, yo, existencia, mundo— que quizá no son capaces de contener aquello que queremos preguntar. Y así contemplamos perplejos algunos de nuestros contenidos de conciencia con parecida impotencia con la que podríamos escuchar las palabras de un extraterrestre. 


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