lunes, 17 de agosto de 2026

Fecundar nuestras vidas

 


17/08/2026 

Esta tarde en lugar de la siesta estuve intentando escribir algo, pero las ideas no terminaban de formar la labor de punto que yo hubiera deseado; o no encajaban unas con otras o me iba por los Cerros de Úbeda al calor de la última línea escrita. Había leído un ensayo de Georg Lukács sobre Tristram Shandy y en sus páginas cacé ese título tan pertinente.

El caso es que el día anterior anduve dándole vueltas a una montonera de libros que empecé este año y que no llegué a terminar y estuve cotejando qué hacía con ellos, los guardaba definitivamente en las estanterías o qué… Abriendo uno de ellos, El alma y las formas, de Georg Lukács, me tropecé con lo siguiente: “Sócrates se casó con S

Xantippa y fue feliz con ella sólo porque entendía el matrimonio como obstáculo en el camino hacia los ideales, y le alegraba la victoria sobre las dificultades. Más o menos como dice el Dios de Suson: “Tú encontraste en todas las cosas siempre algo de resistencia; y esta es la señal de mis elegidos, que quiero tenerlos para mí”. Total, que quedé prendado de la idea. Y no sólo eso, que de inmediato me vino a la mente una cita del Libro de las quimeras, de Cioran, que redondeaba la idea e imprimía un nuevo empuje a eso que me andaba rondando: “… Y vivir con tanto ardor que convirtamos todo lo que tienda a paralizarnos en fuelle de nuestra existencia”.

Sucedía además que momentos antes había escrito lo siguiente sobre Simone Weil: “Dios por aquí y por allá en medio de una prosa difícil de digerir. Estoy en el primer tercio del libro. Dios, tan practico y consolado invento, creo que no merece más mi esfuerzo. Doy por terminada mi lectura”. Y enseguida rectifico y un momento más tarde me digo: pues no… Y entonces me propongo hojear de nuevo ese montoncito de libros que tengo en la mesita de al lado, y que mentalmente había desahuciado, y ya repentinamente me mentalizo para leer todos desde la primera a la última página. Y como quien se ha lanzado a la cuesta abajo en una carrera, añado: ¿Y si me propusiera también ver una película, la primera, creo, en tres meses? ¿Y si dejara de dar rienda suelta a mi pereza y me pusiera las pilas, volver de nuevo a la música, a las lecturas difíciles, a aquello que nos obliga a ponernos de puntillas? 

Así andaba cuando con el libro todavía abierto me encuentro con un breve subrayado que dice: “Fecundar nuestras vidas”. ¿Quién da más? Si sigo rastreando mis subrayados en El alma y las formas las horas del día no me van a bastar para hablar sobre tanta cosa sugerida. 

Y como estas líneas quedaron varadas en la arena de la playa del día de ayer antes de cenar, con ello en mente acepté la oferta de Víctoria de ver una película juntos en nuestro abandonado cine particular. La isla desnuda (Kaneto Shindô, 1960) fue la elegida. Y qué casualidad porque la película venía a ser prolongación de la idea con que comencé este escrito. El film es una metáfora perfecta de la fecundación mediante el esfuerzo: una familia que vive en una isla árida y tiene que transportar una y otra vez, interminablemente, cubos de agua para hacer posible la vida de los cultivos. El gesto se repite hasta el agotamiento. No hay recompensa inmediata, apenas hay variación: agua, camino, tierra, agua, camino, tierra. Si esta reiteración la relacionamos con la cita aquella de Séneca de que “la vida es guerrear”, (Vivere, Lucili, militare est), tantas veces repetida en este blog, lo que obtenemos es un excelente mosaico o coro en donde las diferentes voces, Cioran: convertir lo que nos paraliza en fuelle; Séneca: vivir es guerrear; y la película: llevar una y otra vez el agua hasta la tierra para que algo pueda crecer; constituyen una polifonía que no es otra cosa que una llamada a fecundar nuestras vidas. 






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