16/08/2025
Veo aparecer por ahí, acaso con excesiva frecuencia, una referencia a nuestra faceta social en términos de elogio, estar muchos juntos como una gran cosa, un logro social. Elogio de lo social que refuerza el deseo de pertenencia al grupo. Y me pregunto si realmente en la sociedad, repito, ese estar muchos juntos, así, en términos generales, será una buena compañera de viaje teniendo en cuenta su heterogeneidad, un saco en donde hay de todo y en el que probablemente prima una elasticidad moral que no todos compartimos.
Mucha tela para la hora de la siesta, pero bueno, por intentarlo que no quede. De entrada es obvio que necesitamos a los otros para de algún modo ser nosotros mismos. Nacemos en una sociedad que nos proporciona valores, cultura, ideas. Nos construimos a partir de esa sociedad, pero también somos conciencia y experiencia personal. De todos modos mi impresión es que un exceso de defensa de lo social, de lo social como concurrencia de gente, puede castrar o desvalorizar lo que en definitiva tenemos de más valioso como personas, que sería nuestra propia individualidad. La tendencia a lo individual o lo colectivo tiene muy distinto peso según el área cultural del que hablemos, y yo no me sentiría cómodo en el ámbito de una cultura en que primase mi dependencia de los otros en un entorno social en que me hubiera tocado vivir.
De todos modos la cuestión que me ha surgido tiene relación con ese deseo que veía días atrás de enfatizar alguien en algunos guasaps el movimiento multitudinario con que la sociedad había respondido al fenómeno del eclipse. ¿Por qué se echaba en el cesto de las bondades sociales este masivo interés? ¿Por qué estábamos ante “un logro social de primer orden”? ¿La sociedad por fin se ha sensibilizado ante algo que creemos “bueno”, saludable?
Me pregunto: ¿A qué necesidad atiende el individuo que hace elogio de lo social, de la multitud entre la que se encuentra? Y la respuesta es clara, la necesidad de sentir que formamos parte de algo, que no somos individuos aislados puede ser determinante; la soledad con ser un estado tan enriquecedor por tantas razones, necesita en ocasiones de los otros para atemperar el exceso de soledad, para compartir con los otros algo de nuestra vida o nuestras inquietudes. Y quizás para ello no exista explicación, somos así, nuestros genes, atendiendo a necesidades evolutivas de orden grupal, terminaron por hacer de los sapiens animales sociales.

Hablar por no callar"
ResponderEliminarLa sociedad no es una buena ni mala compañera de viaje; el error radica en exigirle lo que no puede brindar. Constituye un entramado de fuerzas, no un individuo. Lo valioso no es entregarse a ella ni repudiarla, sino habitarla con distancia crítica: reconocer que necesitamos de los demás para realizarnos, sin que ello implique disolver la propia identidad.
En definitiva, el equilibrio reside en la tensión vivencial entre el "nosotros" y el "yo", donde ambos términos se sostienen recíprocamente sin anularse. La dimensión social, bien entendida, no es un halago vacuo, sino un ejercicio de empatía respetuosa. Es decir, una reciprocidad genuina: convivir con los otros sin renunciar a la individualidad, y cultivar el propio ser sin aislarse del entorno.
En todo de acuerdo, sólo que quizás ni siquiera tendría que haber hablado de lo social, sino de aquella tendencia que bajo el paraguas de lo social esconde un gregarismo que cuestiono. De acuerdo en que existen acontecimientos que concitan emociones colectivas, y lo hacen en demasía cuando el grupo se hace masa, en cuyo momento entra en juego un factor ajeno al fenómeno en sí. El fenómeno se hace catalizador y activa una reacción que no se daría seguramente en caso de una asistencia solitaria al acontecimiento. O sí, si el individuo está fuertemente motivado por el asunto en sí, o por la concurrencia de un interés particular.
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