domingo, 19 de julio de 2026

Volver a Oriente


 

19 de julio de 2026  

Creo que voy a volver a casa con mis motivaciones de nuevo despiertas. Mañana mismo dejo el hospital (hace días que lo dejé, vamos). Vivo la sensación de que he pasado por un oscuro túnel y que llegando al otro extremo una intensa luz de esperanza me espera. 

Leo actualmente a Jünger, que ahora anda por Japón, y su lectura levanta en mí ecos de otros viajes por Oriente. Este otoño si no puedo hacer  todavía grandes caminatas seguro que sí podría viajar como en otro tiempo. Cosa curiosa porque hace mucho años que mi deseo de viajar se había apagado casi totalmente. Ahora a través de esa luz que veo al fondo del túnel despiertan proyectos que estaban totalmente adormecidos en el fondo de mi espíritu. Es casi un milagro este cambio motivacional. Sería hermoso volver a Oriente a recuperar el perfume que me dejaron aquellos viajes en el fondo del alma. 

Jünger es una lumbrera intelectual y cultural que me admira profundamente, pero no es mi caso ese viaje que hace él. Mis viajes tienen más que ver con la ósmosis que se produce entre el contacto con la gente y mi propia disposición de esponja dispuesta a dejarse atravesar por el flujo de lo humano, su historia, sus creencias religiosas o sus modos estar en la vida. Nada de turistas –horror esa plaga que envuelve el mundo–, acaso viajeros de mochila, gente que se pone el mundo por montera para mezclarse con sus otros hermanos al otro lado del planeta. 

Ahora, un par de días después, estoy en la isla de Java. He desempolvando uno de mis libros de viajes, Primavera en el Pacífico, una lectura paralela geográficamente a la de Jünger, bien que éste tenía prisa y anda ahora por Manila mientras yo sigo un sosegado viaje por la isla de Java. Mi admiración por Jünger se atenúa cuando me encuentro con algunas de mis entradas de aquel viaje. Jünger, el ilustrado, cuya sabiduría y capacidad de análisis admiro, se me queda por la nubes, que se va por las nubes quiero decir, a la hora de hablar de todo aquello que apasiona a mi alma viajera; él moviéndose en la línea de un intelectual llevado de la mano de acá para allá; un servidor, arrobado en ocasiones por lo que sucede en la calle, en mi lectura de hoy un festival hindú que se desarrollaba en los alrededores de un templo. Un hecho que nos sirvió a una comentarista de mi blog y a mí entonces para intercambiar un largo parloteo. En él la comentarista trataba de “justificar “ ciertos actos que yo había contemplado al sur de Malasia en donde dos individuos, lleno el cuerpo de grandes anzuelos de hierro clavados en pecho y espalda, se movían por la calle cual si estos fueran una cuadriga de caballos tirados por un auriga.  

Mi comentarista argüía que en este caso la pertenencia a una comunidad y el reconocimiento de ésta era probablemente el motor que movía a estos hombres a participar en tan doloroso y horrendo festival.  

El viajero, yo mismo, trata en sus viajes de abrirse paso en la comprensión de lo que ve, quizás la mejor gracia del que viaja. También lo hace Jünger pero siempre apartado en todo momento de lo que se respira en la calle. Jünger apunta alto en sus abstracciones mientras que yo me quedo a pie de calle elucubrando desde la sensibilidad del observador ocasional lo que allí sucede. Confieso que es un punto de vista que me gusta ese de dejarse embargar por los olores y circunstancias con las que me encuentro.  

No sé si cuajará esto de lo viajes. Todo está en el aire en función de mi recuperación. Esta semana que entra, por ejemplo, le había propuesto a mi hermana que me acompañara el próximo miércoles en una ascensión nocturna para ver amanecer en la cima del cerro San Pedro, pero después de mi caminata de esta mañana de hora y media y de la que regresé tremendamente cansado, vuelvo a dudar. Creo que no puedo ir tan deprisa como quisiera. Lo mismo podría decir de un supuesto largo viaje a Oriente para este otoño. Veremos.

 

 

 

 

 

 

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario