Hospital Montepríncipe, 14 de julio de 2026
“Harto ya de estar harto, ya me cansé
De preguntar al mundo por qué y por qué
La rosa de los vientos me ha de ayudar
Y desde ahora vais a verme vagabundear
Entre el cielo y el mar”
Creo que no hay un tema actualmente qué me encandile más que este Vagabundear de Serrat. Hace algún año que perdí las ganas de viajar por un mundo tomado por los turoperadores que pronto estarán en condiciones de llevar a sus turistas a la cima del Everest, al Polo Norte o incluso a la Luna. Sin embargo mi imposibilidad de caminar por los Alpes o el Pirineo me está llevando de momento a hacerme la ilusión de volver a alguno de esos largos viajes de meses que me han llevado a viajar por todo el mundo. Me está naciendo un gusanillo por dentro que quién sabe. Buena, buena cosa porque desde que ingresé en el hospital en abril había perdido toda clase de motivación que apenas lograba sostener con un poco de escritura y con mis ejercicios de rehabilitación. Sería como volver a esos tiempos en que ponerse el mundo por montera sustentaba, con la montaña, una parte importante de mi ser. Y es que creo que sí, que nací para vagabundo.
Dormir entre el cielo y el mar… vagabundear. ¡Ah, dicha! Mi caballo por un reino (‘My kingdom for a horse!”. Ricardo III, Shakespeare. Todo por salir de ésta y volver a los caminos y a los largos viajes.
Hoy viendo esa fotografía que encabeza el post, mi hijo Mario en el desierto tunecino ensimismado con un grano de arroz mientras sufría una diarrea, casi hace que se me salten lágrimas; así me he vuelto de llorón. Y no es otra cosa que el fluir de la vida como una corriente salvaje que siento correr dentro de mí. Esa vida que hacía que con tres hijos pequeños, dos de una año y otro de tres, nos empujaba a emprender viajes insólitos en un 4L por Europa, Oriente Medio o África ha quedado dentro de mí como uno de los mejores grandes tesoros que uno se llevará dentro hasta el último día. No es dónde has estado o los países que has visitado, es otra cosa que no sabes definir y que te hace ser como eres.
Hoy es un día especialmente importante para mí. No escribo para nadie, escribo lo que me sale del ánimo y para algún día tener constancia de que he vivido; Confieso que he vivido, titulaba Neruda sus memorias. Poca cosa en realidad si te mueres sin más, pero que alimenta desde el presente de hoy esa idea de plenitud que uno ha tratado de imprimir a sus actos y proyectos.
Y repaso mi escritura y me digo: este tío está chiflado, ¿Dónde está la mesura que la madurez y los muchos años dan a la vida? Y sí, me creo un poco loco. Hace unos días pensando que esto no tenía ya remedio, que había envejecido un montón de años, y ahora, de repente, esta eclosión de euforia y nuevos proyectos que según voy adelantando en la escritura me enardecen más y más: La rosa de los vientos me ha de ayudar/Y desde ahora vais a verme vagabundear…
No os molestéis en leerme. Estoy un poco loco esta tarde. A mi habitación ha llegado la oscuridad y tumbado como si estuviera dentro del saco de dormir en una cumbre, saboreo la posibilidad de mi futuro al final del verano. No podré acceder a la invitación que me hacía el otro día Ángel Luís Santamaría para asistir en septiembre a La Galayada y escalar alguno de aquellos amados riscos, pero quién sabe si en un año por medio podré asistir a la siguiente edición.
Mis objetivos en los días por venir es empezar a recuperar fuerzas y poner todo de mi parte para encarrilar mi recuperación, así que me voy a dormir para dar gusto a mi cuerpo y para ayudarle a tomar fuerzas. Hace mucho que no hablo con mi cuerpo, algo que hacía con frecuencia todos los veranos al final del día cuando después de caminar muchas horas por los valles y montañas de los Alpes, me arrebujaba sobre mí mismo para hablar con él y agradecerle el trabajo que había hecho durante el día.


No hay comentarios:
Publicar un comentario