domingo, 5 de julio de 2026

“…Entre tanto, cada día es un regalo”

Amanecer sobre el Manaslú

 5/07/2026

Ayer me llamó Luís Bernardo Durán para interesarse por qué tal llevaba mi recuperación. A raíz de nuestra conversación recordé aquella expedición española que alcanzó hace 50 años la cumbre del Manaslú. En ella participaron Carlos Soria y él mismo. Consiguieron la cumbre Jerónimo López y Gerardo Blázquez, pero al indagar algunos datos caí en que Carlos Soria había conseguido llegar recientemente a la misma cumbre el pasado año. Hice memoria. Carlos tiene nueve años más que yo, así que alcanzó la cumbre del Manaslú ¡a los 86 años! Sólo el hecho de recordarle y teniendo en cuenta la edad que tiene, me supuso ayer tarde que me visitara un ramalazo de esperanza. El recordarle y saber que con 86 años llegó hasta la cumbre del Manaslú y que a aún sigue en activo, me ha dado un empuje de esperanza, una cosa de esas que sobreponiéndote al desánimo hace que te suba la disposición al punto de volverte a creer que todavía será posible, acaso, volver, por ejemplo, a… eso mismo. No me repito. En el último mensaje que recibí de Carlos se veía claramente que sigue echando un gran coraje a la vida, y por tanto dándonos ejemplo a los que queremos seguir haciendo de la vida algo hermoso.

Sí, sé de sobra que últimamente me repito, que no salgo del círculo cerrado de mis circunstancias. Pero no importa. Cada cual usa de las herramientas que tiene a su disposición para intentar arreglar la mecánica desgastada del cerebro, y mi herramienta más a mano en este momento es la escritura, un excelente antídoto contra el desánimo. ¿Lees?, me preguntaba ayer Luis Bernardo. No, muy poco, le decía. Ahora la percepción de la realidad de Carlos anoche me hizo el efecto de un reconstituyente espiritual; también ese ¿lees? de Luis fue un toque de atención. Carlos siempre fue un referente para reconsiderar las posibilidades que los muchos años pueden ofrecernos con tal de que nos pongamos a trabajar en serio. Es lógico que los años nos vayan dictando al oído una serie de limitaciones, pero seguir pedaleando sin amilanarse para no terminar cayéndote de la bici, la bici de las ganas de vivir, que me decía él en su guasap, parece que sea imprescindible.

Pero bien, no quisiera continuar con esa retahíla de lamentaciones que me han visitado días atrás.  Mejor poner la mirada en ese punto de inflexión que se sitúa entre los finales de los setenta y principio de los ochenta, ese momento en el que uno empieza a preguntarse ¿será todavía posible esto o lo otro? ¿Podré, no podré? ¿Hasta dónde se puede o no se puede en la vida en general? En este momento tengo presente tanto la edad de Carlos como la de Eduardo Martínez de Pisón, que precisamente hoy cumple 89 años. Ambos, el primero regresando de Italia de dar unas conferencias y el segundo dando conferencias y escribiendo incansablemente sobre ese amoroso poso que deja en el ánimo la afección por las montañas.

Es bueno dar ánimo a los demás, me decía el otro día en un e-mail Eduardo después de recordarme la persona de mi admirado Dersu Uzala. Le contaba yo de mi relación matinal con los pájaros, las golondrinas o los conejos y ello debió de suscitar el recuerdo de este hombre dedicado enteramente al medio en que vivió, los bosques, los ríos, las montañas y sus animales. En cierto sentido algo de aquel hombre fluye en mí estos días alimentando a los pájaros y a los conejos cada mañana. Llego, repongo el agua y la comida de los pájaros y después con los ojos cerrados en posición loto me sumerjo en el fluir de mi respiración. A lo lejos quedan las montañas de Gredos y la Sierra del Valle.

Sí, me alejo del asunto. Esos años de inflexión entre la madurez y la vejez (esa palabra que no me gusta) son, pueden ser de una riqueza incalculable, me digo; intento metérmelo en la cabeza como quien desea que una idea germine a toda costa en su cerebro. Pienso ahora en Ernst Jünger del que en estos momentos leo Pasados los setenta I. Él alcanzó los 102 años. Jünger es un perfecto ejemplo de ese periodo al que me refiero, no sólo el de los años de inflexión sino el de aquellos de la plena longevidad. Su último volumen, el VI, alcanza hasta casi el final de sus días, los 102 años. En Jünger sin embargo no parece existir ese momento de inflexión al que me refiero, y que aparece en mí como una palpable realidad tras la enfermedad; en Jünger lo que se percibe es una continuidad sin fisura, sus diarios no son unas memorias al uso. Jünger sigue observando el mundo con una curiosidad casi intacta: habla de sus paseos, de la naturaleza, de los insectos, de las lecturas, de los sueños, de las visitas que recibe y de sus reflexiones filosóficas. Curiosamente a medida que envejece, disminuye el interés por la política y aumenta el de las cuestiones esenciales: el tiempo, la muerte, la belleza, la contemplación y el sentido de la existencia. Cuando se lee el último tomo llama la atención el que el tema de la muerte deje de aparecer como una preocupación para pasar a contemplarse con una serenidad que resulta llamativa. Repaso los subrayados de la lectura de este último tomo y mi vista cae sobre esta reflexión: “…Entre tanto, cada día es un regalo”. ¿Será posible?, me digo.

Es inevitable, cuando uno empieza a escribir las asociaciones crecen constantemente. Miro las últimas líneas que he escrito y ya no recuerdo con lo que empecé esta entrada de mi blog. Escribir este blog es en ocasiones un ejercicio impredecible. Sin embargo, y aunque he olvidado el principio, encuentro que lo que sucede es que empecé a caminar hace una hora y media con alguna idea y a lo largo del paseo algunas asociaciones me han llevado por un paisaje que ahora no sólo me resulta atractivo, sino que me coloca en un estado de ánimo interesante al que he llegado de la mano de Carlos, de Eduardo, de Dersu Uzala y, en último lugar, de Jünger. Gracias debería dar a estos hombres que con sus vidas o su pensamiento alumbran pequeños rincones de la realidad.

 

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