sábado, 4 de julio de 2026

“Qué va a ser de mí…”

 


4 de julio de 2026  

(4 de julio. Independence Day. Me pregunto si el ególatra y payaso de Trump logrará a esta alturas vender la moto a los norteamericanos).  

Me alegra despertarme de la siesta y encontrarme seis o siete gorriones picoteando en su comedero. Días atrás fue un carbonero que bajó hasta mi puesto en el pinar para saciar su sed, allí, al alcance de mi mano. ¡Cuánto daría para que se hicieran mis amigos y pudiera compartir con ellos este trozo de tierra en que me ha tocado vivir! A mucha gente les ha tocado vivir en un piso de la ciudad, en lugares inhóspitos, acaso amontonados entre otros vecinos, a mí, a nosotros, la suerte nos cupo vivir en el campo conviviendo con los otros seres no humanos que acostumbran poblar las tierras labrantías de los alrededores de Madrid. Me despierto con el cuerpo algo atorado, salgo fuera y en la fuente me doy un chapuzón. Nada de nadar todavía en la piscina, el cardiólogo dixit. Así que después me siento frente al ventilador y me pregunto: ¿y ahora qué?  

Rumio en estos días por donde saldrá el sol al día siguiente. Hasta ahora viene siendo un ejercicio de paciencia a la espera de que me vuelvan a visitar las inquietudes y motivaciones que acostumbraban a rondarme por dentro. De momento pareciera que sólo se mantuviera del todo en pie esto de escribir a ratos, que en cualquier caso viene a ser la prolongación de tantos momentos que dedico a mirar las musarañas. Hoy me preguntaba si no estaría entrando en un novísimo periodo de la vida. Algo así como si la resignación estuviera abriéndose pasito a pasito en mis disposiciones indicándome el camino que me espera. Desde hace días tengo puesto el ojo en el Cerro de San Pedro. Me pregunto: ¿sería capaz ya después de un mes de mi alta en hospital de subir aquella módica montaña? Un día de estos llamo a mi hermana Montse y se lo propongo. Ya alguna vez me acompañó para ver amanecer en Peñalara o Cabeza de Hierro. Ella no acostumbra a subir montes pero es una excelente caminadora. Se verá.  

Este juego de quiero y no puedo me trae suspenso el ánimo. Pero bueno, no era de esto precisamente de lo que yo quería hablar, que si la cabra tira al monte yo tiro constantemente a mirarme mi propio ombligo.  

Ahora sin más en bolas frente la ventilador ¿qué podría hacer aparte de mirar por la ventana y escribir lo que se me ocurra? Tengo un vecino de mi edad que desde que se levanta hasta que se acuesta no hace otra cosa que mirar la teletonta¡Horror para uno que jamás ve la televisión y que la última vez que se asomó a ella fue cuando aquello de Las aventuras de Petete. ¿Leer? Simone Weil me parece oscura y difícil; Ernst Jünger lejano de mis intereses a no ser que su tema se refiera a la cuestión de la edad, un experto él ya que vivió 103 años (un mes le faltó para ello); ¿Oliver Sacks? Demasiados casos extremos con problemas cerebrales. Queda, sí, una novela que me pasó Victoria de Ramón Gallart y que no sé porque la literatura de muy ahora tendría que ser muy buena para meterme en ella. De momento, también propuesto por Victoria, me queda Maupassant, Bel Amique a trancas y barrancas llevo adelante. Lo demás, la parcela y otras obligaciones varias, pues bueno…  

Lo que realmente sucede es que desde hace muchos, muchísimos años, desde que me jubilé hace ya cuatro lustros, he dedicado verano tras verano a caminar por Alpes o Pirineos y en estas fechas me siento un extraño en casa, un okupa temporal que está donde no tiene que estar, es decir viviendo y durmiendo bajo los cielos estrellados de las montañas. Vamos, que se junta el hambre con las ganas de comer, que no pueda ni soñando continuar con mi ritual veraniego y que jodido como estoy me toque mirar en exceso las musarañas.  

Cuando pienso que ahora mismo debería estar recorriendo los Alpes Austriacos me entra un pedazo de añoranza grande como un elefante.  

Y claro, cómo no, me viene a la memoria aquel tema de Serrat con su inolvidable estribillo,  

«Qué va a ser de ti lejos de casa (de las montañas, vamos). 

Nena, qué va a ser de ti…» 

 

Sí, qué va a ser de mí. Me lo pregunto todos los días. ¿Dejaré de ser yo para convertirme en un otro, un vejete al que sólo queda contar las batallitas de su vida?  

Jajaja… esto de querer producir compasión se me da, como diría mi madre, como hongos. Dejemos mejor el asunto en el cajón del sentido del humor. Nuestra humana condición no necesita en ocasiones otra cosa que eso, sentido del humor. Reírse de uno mismo es un buen antitodo para algunos males.

 

 

 

 

 


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