16/06/2026
(Para
quien quiera saber de dónde arranca este post ver comentario aquí: https://deunjubilado.blogspot.com/2026/06/el-tamano-del-mundo.html?showComment=1781567224613#c3046026696697723899)
… como
otras mañanas a la sombra de los pinos, caigo en que mi teléfono está en
modo avión. Lo activo y date, ahí está el señor Muñiz invitándome
a cacarear sobre lo que se tercie, y como lo que
tenemos ambos en común es esa inquietud por meter las narices en la
realidad para ver de qué está hecha, algo así como los niños inquietos que después
de Reyes necesitan saber de qué están hechas las tripas del camión que le
han traído –cualquier juguete complejo sirve a esta inquietud–, como
tenemos esa inquietud, decía, pues a seguir el juego se ha dicho. Jugar,
ver de qué está hecha la materia en la que nos movemos, la vida
misma, pongamos por caso.
El tema
de hoy, el modo en cómo uno empieza escribiendo sobre un asunto y qué
sucede después, me recuerda alguna lejana idea que leí en Paul
Valery que expresaba que para escribir un poema sólo necesitaba, más o
menos, la inspiración del arranque, unas pocas palabras, un verso, y que
después la cosa venía a ser coser y cantar. Yo lo compararía, en
muchos casos, a alguien que camina en la niebla… (dos milanos reales sobrevuelan
en este momento por encima de los pinos. Los contemplo, es un volar
ocioso, el gozo del viento entre las alas a la espera digamos de
algún acontecimiento, el más probable, el que un conejo salte entre
los rastrojales. Ah, si aparece uno ya tiene seguro manduca para todo el
día. Mi mente es así en ocasiones , vaga sin rumbo durante un rato hasta
que, ¡zas!, ¡conejo a la vista!, idea o argumento en ciern. Cuenta Italo Calvino, creo que en Los libros de los otros, cómo Ludovico Ariosto en el primer capítulo
de Orlando Furioso, aquél hace dar vueltas y vueltas a Orlando
y a su caballo como quien no sabe cómo continuar, hasta cierto momento
en que de verdad arranca la novela, instante en el cual el
relato coge velocidad y empaque. Hay momentos en que uno avanza
como los personajes de Ariosto moviéndose de acá para allá antes de saber
exactamente hacia dónde dirigirse. El camino no es la ejecución de un plan
previo, sino el procedimiento mediante el cual el plan acaba revelándose. Son muchos los ejemplos en la literatura
clásica, creo, en donde se adivina que no hay un plan preciso y que el
desarrollo de la obra es consecuencia de los sucesivos momentos
de inspiración que, como quien cruza un arroyo caudaloso
apoyándose en algunas rocas, ayudan a proseguir la continuidad del relato.
Y sí, voy cerrando el paréntesis que ya casi ni me acuerdo
en qué estaba antes de abrirlo J). Decía: alguien que camina en medio
de una espesa niebla en donde de tanto en tanto se abre algún resquicio de
claridad, una idea nueva, un atisbo de comprensión, etcétera.
Naturalmente no todo es
inspiración. Existe una idea primera, unas palabras con que
comenzar un verso, pero lo que venga a continuación será ciertamente
producto del trabajo del que escribe. Dices con razón que ese
tipo de comunicación requiere un guión mental muy estricto del razonamiento
para poder exponerlo con claridad y sin dispersión. Para muchos casos creo que
tienes razón, sin embargo eso hace suponer que quien escribe ya tiene en su
cabeza un complejo número de ideas y que lo único que necesita es
transcribirlas pasándolas al papel, lo cual generalmente no es mi caso.
Entiendo por lo que te leo que tus ideas están más estructuradas que las mías.
Quizás sirva lejanamente, digo lejanamente y sólo para entendernos, que en tu
expresión predomina la razón mientras que en mi caso domina el corazón. En este
sentido días atrás cité a Pascal que escribió que el corazón tiene razones que
la razón no conoce. Lo mío no es precisamente guiarme por ‘estricto
razonamiento”. No recibí formación académica para ello, pertenezco a una
escuela en la que aprender y leer a salto de mata ha hecho de mi formación un
ejemplar un tanto anárquico en donde el autodidactismo tiene sus debilidades y
sus bondades a partes iguales. No recibí cierta formación académica y fui toda
mi vida un tozudo autodidacta recalcitrante. Desde este punto de vista, y
referido al pensamiento filosófico en general, prefiero vivir bajo el amparo de
cierta cultura oriental que hacerlo influido por nuestro racionalismo
occidental. Más o menos.
Es obvio que cuando terminé de leer tu
comentario en mi cabeza sólo bailaban un par de consideraciones. Lo que siguió
al escribir es fruto de ese juego de billar en donde unas bolas van poniendo en
movimiento a otras. Y por supuesto no descarto la diversión que me produce jugar con las palabras y las ideas J, que
en este caso nacieron gracias a tu comentario.

Me produce una cierta satisfacción, no exenta de un ligero tembleque, que tu percepción de mis escritos esté relacionada con las carambolas de billar. Yo, como pragmático ejerciente, necesito en todo momento saber dónde piso, como en tu ejemplo de cruzar el río apoyándose en las piedras; por eso, la movilidad del billar me sobrecoge. Cuando tu escritura se dispersa, me das tantas opciones que no sé cuál elegir para seguirte el rastro y poder contestarte algo que tenga cara y ojos. Sin duda, es por esto por lo que dices que yo estructuro mis escritos, pero la auténtica realidad es que yo maduro mi pensamiento para poder exponerlo. Hablando en términos gastronómicos: me centro en el plato principal y me alejo de las guarniciones.
ResponderEliminarContinuamos charlando.
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