23/06/2026
Un nuevo
visitante desconocido ha dejado la huella de su paso en el
pinar. Visitante acaso nocturno que ha pasado
la noche en la chaise longe. Un saco
de dormir en bastantes buenas condiciones da fe de ello. Se ha roto un brazo
de la tumbona y mañana tendré que traer herramientas y material para
arreglarla. No me gustaría que este lugar privilegiado perdiera su
condición de retiro y meditación. La copa del pino vuelve a estar llena de
pájaros. Sería bonito que se acostumbraran a mi presencia. Ya el
carbonero que me visitó ayer apunta a esa posibilidad.
La
curiosidad de Jünger me llama la atención. Su relación con los
insectos, las flores y los animales en sus paseos por el campo, añaden un apreciable interés
a su escritura. Pasea por cierto lugar y se da una vuelta por un
resto de construcción para echar una ojeada a cierta clase de hormiga que
hace su vida bajo unas tejas. El cariño como habla de ciertas flores que
cultiva en su jardín hace ver su sintonía con la Naturaleza. ¡Qué escenario tan diferente la de su novela Tormenta
de acero, diferente a sus otros libros donde la guerra es el
objeto de su escritura! ¿Son los años, la madurez lo que lleva al
hombre a esa integración con el medio, a las minucias de esa relación con los
insectos corrientes? O esa dedicación al cultivo de las flores es acaso la
justa recompensa a una intensa vida intelectual?... Al final
es el hombre consigo mismo y con
¿Nos
quedará al final tras el ajetreo de una vida densa ese remanso de
paz que a veces atisbo para los años venideros, algo tan en
franca contradicción con lo que eran mis expectativas? En estas
cosas pienso éstos días,
tanto que parecieran los prolegómenos de una
vida diferente.
Veo
corretear a una hormiga sobre
la isla de piedra del recipiente de agua de los pájaros, sólo una, y me
pregunto si será la misma de ayer, veinticuatro horas dando vueltas en
círculo sin parar alrededor de unos pocos centímetros cuadrados… Me entran
ganas de hacer una labor de salvamento como con la
avispa de ayer. Asunto de gran trascendencia :-) que si en
realidad lo comparamos con lo que tiene Trump en el
coco no guarda mucha diferencia en sí mismo. Nuestra aparente
importancia me parece esta mañana un error de percepción. Tanto
si consideramos nuestras vidas en la geografía del universo como si
lo hacemos en una hipotética línea del tiempo, la diferencia con la importancia
de una hormiga es mínima. Cuando el ámbito de referencia son millones de
años y miles de millones de kilómetros, ponemos una junto a otra la
vida de un hombre y la de una hormiga, la diferencia es de una tan infinita
pequeñez, en tiempo de vida, en “importancia”, que más diríamos si lo
viéramos desde la distancia, que hormiga y hombre tienen el mismo peso
existencial, eso si cupiera
hablar de importancia, un término totalmente relativo que en absoluto
cuenta en el Universo por mucho que nosotros
queramos diferenciarnos del resto de los seres vivos. Si no
hay un patrón de referencia, nada importa más que otro, sea animal, planta
o cosa.
Es curioso, pero
algo sucede dentro de uno cuando se mira la vida desde una perspectiva de
espacios y tiempos inconmensurables. Entonces nuestra pequeñez se achica,
nuestra insignificancia aumenta (El
hombre, esa chispa entre dos abismos”. Théodore Monod). Sin embargo lo que
el hombre pierde en insignificancia parece ganarlo en profundidad de su mundo
interior. Saber de esa insignificancia en el entorno global del Universo y del
tiempo, puede convertir el hecho de vivir o la plenitud del pasado en una
personalísima vivencia que, maldita la gracia, en absoluto necesita de
referencias temporales o de espacio. Vivirse el individuo puede convertirse en
un absoluto ajeno a toda referencia exterior.
¿Sería posible encontrar otra forma de vida acaso parecida en pasión, esa pasión que hace un rato ojeando fotografías de mis años de atravesar los veranos los Alpes, en otros quehaceres de la vida madura, algo que por similitud conceptual se parezca a la vida de los corales, esa vida que se prolonga o echa raíces sobre una forma de vida anterior?
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