lunes, 22 de junio de 2026

Cazando gamusinos



22/06/2026

El asunto creo haberlo repetido en otra ocasión. Esa sensación de que dentro de los sapiens sapiens existe una tal disparidad, formación, cultura, inteligencia, etcétera, que a veces bien merecería establecer una subespecie más dentro del género homo. Me explico, en alguna ocasión, considerando una línea que va desde el hombre excelente al chimpancé o a los bonobos, quizás una línea en la que imaginar a estos según los distintos grados de inteligencia o desarrollo, una línea en uno de cuyos extremos estuvieran los chimpancés y en el otro los hombres mejor dotados intelectualmente, los con una formación superior, en tal línea podríamos situar a una parte importante de la humanidad más cerca del chimpancé que del hombre excelente. La capacidad de razonar, la preparación intelectual es tan dispar entre los hombres… 

Sucede que me surja este razonamiento cuando me encuentros con textos que, o no comprendo, o comprendo a medias o me resultan totalmente inescrutables. Doy por descontado que mi inteligencia sea una inteligencia normal, tan normal como para verme bastante lejos de muchos textos que caen en mis manos. Dicho esto voy con el escrito de hoy.

Comencé ayer con otro de los diarios de Ernst Jünger, Pasados los setenta I. Y enseguida, nada más empezar, esta observación: ¡qué diferencia la escritura de un gran hombre en relación con las capacidades de uno! Recuerdo mucho de mis propios posts y me produce cierto rubor el que  éstos hayan volado mas allá del cajón de mi escritorio, que es donde he guardado siempre antes de Internet lo que a ratos se me ocurría. Cuando leo textos complejos o en este caso las páginas de uno de los diarios de Jünger, parece, a vuela pluma, la parecida vuela pluma que uso yo, creo, me produce, sí, cierto rubor el haberme atrevido a hacerlos públicos; eso mismo, las miles de página que conforman mis diferentes blogs. El reposado Jünger de la vejez, tan profundo y observador, me hace olvidar su relativa cercanía al fascismo alemán. Su prosa inteligente y mesurada, su agudeza de percepción, digo yo, ¿está al alcance de todos o es sólo privilegio de unos pocos?

Vamos, que leyéndolo, siento como si estuviera cazando gamusinos. Llevo una temporada ayuno de motivación para leer y el otro día buscando hacer un escalón para una de mis rutinas de rehabilitación, cayó en mis manos ese libro; con él y con el Canon occidental de Harold Bloom conseguí la altura necesaria suplementaria para mi ejercicio. Así que mientras subía con una y otra pierna el escalón, caí en que precisamente ese volumen no lo había leído, con lo que pasó de inmediato al primer lugar de mis lecturas actuales. Quizás Jünguer consiga sacarme de esa atonía lectora en la que me encuentro, quizás sea Jünger, el hombre fuerte y culto, la lectura que me estaba esperando.

Esta mañana me pesaban especialmente las piernas. Ponía en duda las previsiones del cardiólogo que afirmó rotundamente que dentro de seis meses podría subir a Peñalara y a cualquier cumbre de nuestra sierra. Había planeado salir antes de que llegue el calor del todo con los amigos del Navi, pero no sé si va a ser posible. Durante mis paseos diarios, apenas tres kilómetros, ya he establecido alguna rutina que me gusta. Nada más llegar es ver si les falta agua o comida a los pájaros. Deposité una chaise longe en el borde del pinar desde donde veo toda la sierra de Gredos y allí, junto al tronco de un pino, alimento a los pájaros. Esta mañana tuve una pequeña pandilla de gorriones revoloteando de rama en rama sobre mi cabeza. Me los imagino diciendo a ver cuándo se va ese pesado, yo mismo, y podemos bajar a desayunar. Bueno, pues estaba distraído mirando el horizonte cuando oí un cercano revolotear. Ja, allí estaba un atrevido carbonero con sed a dar cuenta del agua. Me encanta que los pájaros se me acerquen. Recuerdo un día en el Cañón del Río Lobos, que estando desayunando sobre un tronco, aterrizó a medio metro de mí un petirrojo. Aquel día él y yo desayunamos uno junto a otro como dos camaradas que hacen un alto en el camino para descansar.

En ocasiones me pregunto si la vida podría reducirse a esto, pasear por las mañanas, hacer pequeñas tareas de hortelano, escribir, leer, dormir la siesta y a unas pocas cosas más, esas de las que habla Arundhati Roy en su libro (El dios de las pequeñas cosas). Quizás es un poco pronto para mi edad, pero dadas las circunstancias quién sabe. El Cándido de Voltaire, se retiró mayor al campo y la huerta fue su ocupación preferida, pero Cándido es que estaba harto de la Corte y sus intrigas, que no es mi caso, que preveía seguir caminando hasta donde la vida diera de sí. 

Tengo la impresión de que el lugar se ha convertido en centro de atracción para las aves de los alrededores. Dos urracas cotillean ahora sobre mi cabeza. Y hay un revuelo de pájaros que parecen estar esperando a que me marche. La vida lo arrastra a uno hacia la continua actividad y en este estar excesivamente ocupado uno pierde la realidad del contexto y el orden de valores. Me admira que nunca me hubiera fijado en este lugar privilegiado después de haber pasado tantas veces por aquí corriendo, caminando o preparando alguno de mis maratones. Ahora la vida en torno a un recipiente con agua y comida son mi atractivo matinal. Por cierto que me parece que no sólo aves rondan el sitio. Acabo de ver un conejo a una veintena de metros que me da que también estaba esperando a que me fuera para acercarse al agua. Fue después que estuve observando lo que sucedía en el recipiente del agua. En él había colocado días atrás una piedra para que los pájaros pudieran acercarse a beber con comodidad. Estuve observando durante un rato cómo una hormiga, que había llegado a la roca no sé cómo, daba vueltas y vueltas alrededor de su isla de piedra tratando de salir de su encerrona. Estaba claro que nadar no era su fuerte. Pero no sólo las hormigas andan por los alrededores, ahora eran un par de avispas, una de las cuales había caído al agua y se movía desesperada para salir de allí. Pensé que por qué esa preferencia mía por alimentar a los pájaros y no a otros bichos. Comprendí que la avispa también tenía derecho a la vida, así que tomé un palito y la recogí de su naufragio. Tuve que soltar rápidamente el palo porque ya imaginé que no era una avispa agradecida y que seguro vendría enseguida a picotearme el dedo. Mi filantropía no llegó a salvar a la hormiga. De ella pensé que ya se las apañaría ella solita para cruzar los cuatro dedos de agua que la separaba de la vida.


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