18/06/2026
(En relación con aquí)
A poco que nos descuidemos convertimos esto en un ritual. Me despierto, hoy mucho más temprano porque me he hecho el propósito de una vida un tanto nueva, ejercicios, disposición, etc., hago mis trabajos de recuperación, incluida la bici estática, me ducho, desayuno y emprendo mi caminata matinal. Llego al pinar, saco la cantimplora, lleno de agua el recipiente de los pájaros en un platito, depósito su ración de comida para hoy y a continuación me siento en la chaise longe, que cuando leí por primera vez La montaña mágica no sabía lo que era y que tantas veces aparecía en el texto de Thomas Mann. Contemplo la mañana, hoy de nuevo Gredos entre la bruma; la temperatura es sumamente agradable, una suave brisa atraviesa el pinar, un milano como todas las mañana se recrea volando en el cielo, el barullo de los gorriones no falta y no muy lejos el arrullo de alguna paloma se mezcla con el ruido del tráfico de la cercana autovía, esa autovía que ahora rompe el antiguo encanto del campo solitario donde muchas veces venía a pasear con mis alumnos.
Bueno, y es el momento de quitar el modo
avión del teléfono. En la cabecera está un email con el aviso
de Blogger que me dice que tengo un comentario de Enrique.
Veamos…
Pues sí, ahí está el señor
Muñiz y para empezar ya en el primer párrafo me da pie para
pegar la hebra y aprovechar este rato de tomar la fresca en el pinar para
seguir dándole cuerda a este tira y afloja que es a veces jugar con las
palabras y las ideas. De momento en ese párrafo soy el hombre de “pensamiento hipertextual”,
que ni idea lo que sea, pero que enseguida me aclara mi amigo ChatGPT, que me dice que
la expresión suele referirse a una forma de pensar que no sigue
una línea recta, sino que va saltando de una idea a otra por
asociaciones; vamos, como el caballo de Ariosto que tira para allá
donde el pasto es más frondoso o la sombra del verano más acogedora, eso si no
se encapricha por el camino de una yegua de buen ver. Eso sí, algo
más disciplinado cuando la ocasión lo requiere… Vamos, que el placer de la
escritura no me lo va a quitar nadie por el hecho baladí de que la razón
tirando de las riendas quiera apartarme del disfrute que supone seguir las
sugerencias de la conciencia o el hilo de la inspiración. Otra
historia es la de que mi amigo estime que yo le provoque y que
él se pregunte por qué él entra al trapo. Razones hay para todo, o casi
todo, pero algo debe de haber en el coco de homo sapiens que
ya en el paleolítico debía de gozar de conversar al calor
de la fogata poniendo peros a lo que otros interlocutores
decían. Al fin y al cabo discrepar debió ser el
precedente del posterior conocimiento científico, la médula de nuestro
progreso, tesis, antítesis, síntesis. Lo que no quita para que otros,
menos metódicos y científicos ellos, se dedicaran a elucubrar,
por ejemplo, que si existían era porque pensaban como decía el señor
Descartes, cosas que no iba a ninguna parte pero que alimentaban el
cerebro y daban elasticidad a sus neuronas, lo cual probablemente contribuyó a
que aumentara nuestra capacidad craneana. Ello sin contar el
divertimento que conlleva tomar el sendero que a uno le venga en
gana en cada momento. ¿Rigor? Sí, acaso, quizás, pero es que uno no tiene
que rendir cuentas a nadie, uno está jubilao y a lo que aspira es a divertirse, a
intentar saber en qué consiste eso de la vida, y para ello la verdad es
que la razón no vale un pimiento. Estás tristes, ves que el mundo se va a la
mierda, tratas de resistirte a las locuras que se dan en este planeta y en el
coco de aquellos que lo rigen, estás de pm a la sombra del pinar, ayer
preferías morirte y hoy eres un hombre feliz… ¿A qué la razón? Sí, vuelvo
a repetir aquello de Pascal, el corazón tiente razones que la razón
desconoce. En conclusión, ¿qué es más importante para el hombre –no hablo
de los Trumps y similares, que a esos habría que meterlos en un
manicomio o en la cárcel–, el corazón, sus sentimientos, la amistad, la
gente o ese barullo conductual en el que pretendemos abrirnos
paso? Y to paqué como
decía aquella historia del pastor y el millonario. Y no te digo del
placer de cacarear y charlar tirando (inteligentemente) pallá donde
la gimnasia mental nos hace ponernos de puntillas. Uno puede jugar al parchís,
al go quedarse con el juego de
¿Que me voy por los Cerros de Úbeda?
Pues eso, que no en vano mis genes tiraron siempre pal monte. Y que se acabó, que hoy me ha salido esto de
un tirón y si tengo tiempo lo repaso esta tarde. De momento ha empezado a
darme el sol, alguna que otra hormiga me está molestando y que me marcho,
que tengo que llevar nuestra hidrolimpiadora al mecánico. Y a todo
esto comprobar que tan sólo he contestado al primer párrafo de
Enrique. Dejo para otro momento, quizás, eso de “La purga de Benito”,
y que en mi infancia llamábamos “La purga Benito”, y que decíamos para aquello,
un medicamento sin más, que creíamos iba a curarnos todos los males y que ni de
coña; y que es con lo que termina su comentario y a lo
que acaso se le pueda sacar punta en otro momento.

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