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La sensación predominante que tengo esta mañana es que la vida va muy deprisa mientras que yo voy muy despacio, algo así como si yo fuera a rebufo de la vidas con la legua fuera. Si digo que esta mañana la vida parece irme muy deprisa es porque no logro apenas llegar al final de la jornada con la mitad de las cosas que por la mañana tengo en la cabeza. No por supuesto por la cantidad sino porque mi condición de enfermo grave aglutina en mis cerebro una suerte de estado de percepción global de la realidad, como si tuviera prisa antes de palmarla de conocer sucintamente la realidad que vivimos, un párvulo que quisiera saber, dar respuesta a todas las preguntas que se han hecho los humanos desde siempre cuando alimentaba un fuego en una cueva o contemplaban las estrellas. Tantas gracias doy yo siempre al haber entablado desde joven una íntima relación con la montaña y con la Naturaleza en general. Cioran amaba profundamente la relación que habían tenido durante su vida con la enfermedad, el dolor. Y también con la música de Mozart. Vuelvo necesariamente a recoger aquí esa cita que ayer mísmo repetía aquí por enésima vez: “Les choses ne sont pas difficiles à faire, ce qui est difficile c’est de nous mettre en état de les faire.” (Brâncuși). Y por cierto, la palabra que me encanta, que desconocía y que aprendí de Toti.
Final de tarde de animada e inteligente conversación con mi hija, unas de esas raras ocasiones que en el trajín de nuestras aceleradas vidas encontramos un rato para hablar de la realidad; es decir volver a esas charlas, vuelvo a Brâncuși, que raramente sostienen padres e hijos. Es decir, volver a Brâncuși esos, encontrar el momento. Tengo una amiga que ni se te ocurra hablarle de estas cosas, la vida, la muerte…; ella, dice, lo que quiere es divertirse. Bueno, aquello de que sobre gustos no hay nada escrito. Yo ya a los seis años me preguntaba sobre la existencia de Dios. Debía de ser un niño raro, más o menos como ahora, diría alguno que me conozca un poco .
Bueno, al caso, breve crónica de otro día más se hospital y me sumerjo en los brazos de Morfeo, pero antes quiero contestar al comentario de Enrique Muñiz (el que tenga curiosidad que lo busque). La verdad es que me encanta “discutir” con Enrique Muñiz. Su comentario de ayer daría para dejar volar a la memoria y escribir unos cuantos capítulos de la propia vida personal, la infancia, la moría, el cómo lo que fuimos, creímos o pensamos terminan fugándose por el desagüe de la memoria y cómo a veces con uñas y dientes en la edad madura intentamos recuperar la esencia de aquellos tiempos y sus correspondientes vivencias. Otras no, se fueron para no volver jamás. Yo, cuando me dio por empezar a escribir, me había roto un brazo y tuve vacaciones de mes y medio en el colegio, se me apareció un ángel, metí la mano en un cajón donde se habían acumulado anotaciones y recuerdos de mucho tiempo atrás y a partir de entonces fue el cuento de no acabar. Empecé a tirar pacientemente de la soga de la memoria y cuando me dieron el alta ya tenía un libro casi terminado. Enrique habla de cómo en ocasiones la memoria se convierte en un pozo sin fondo. A veces me resulta muy atractivo “el olor de la magdalena”. En Proust yo imagino que recuerdos similares llenaron una parte importante use su vida. Algo así intenté yo después con otras novelas, no era sólo recuperar hechos.
Muchas aveces a ello acompañan las sensaciones que a través de décadas y décadas nos hablan de un nosotros que hemos olvidado. Pessoa decía que las sensaciones son lo mejor que tenemos, el sabor de la magdalena, el beso de mamá, ya en la cama, de las buenas noches de una lejana madrugada de la infancia.
¿Quién no tiene, pregunto a Enrique, algún sabor de una magdalena pegada a nuestro más íntimo ser? Yo en los primeros libros que escribí recuperé mucho de aquellos tiempos que creí habían desaparecido para siempre. No era sólo escribir, era también reencontrarme conmigo mismo. Fue un esfuerzo que agradeceré siempre.
Son las once de la noche y necesito recuperar el fuerzas, así que me despido. Buenas noche

Es un privilegio que conserves a ese niño de seis años que se preguntaba por Dios; los "niños raros" suelen ser los únicos que, al crecer, mantienen intacto el asombro.
ResponderEliminarQué gratificante resulta que hayas podido compartir ese rincón del alma con tu hija; esas conversaciones son las que realmente nos sostienen cuando el trajín diario se desvanece.
Ese esfuerzo por tirar de la "soga de la memoria" no es solo un ejercicio literario, es un acto de rescate personal. Gracias por recordarnos que reencontrarse con uno mismo es el viaje más valioso que podemos emprender, incluso -o especialmente- cuando el cuerpo nos obliga a hacer una pausa.
Sabiendo, como sabes, mi condición de hombre primario respecto a la vida y al ser, la pregunta que me haces sobre los sabores -y yo añadiría también los olores- tiene trampa. ¿Cómo voy a contestarte sobre el sabor de una magdalena cuando mi percepción, como buen representante del grupo de los animales, tiene sabores y olores incrustados en mi ADN con una profundidad abisal que, naturalmente y por razones obvias, no te puedo explicitar aquí, y que afortunadamente no se han ido por los desagües de la memoria?
Me ha sorprendido la utilización de la palabra "rebufo"; no la oía ni la usaba desde los tiempos de Ángel Nieto. Yo creo que puede estar desfasada, pero tú la transformas en una virtud de la observación.
Despójate de esos sentimientos de gravedad y de "palmarla", y continúa por el camino que has emprendido: el de la recuperación, que es, en estos momentos, lo más importante.
Un abrazo.