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Hospital Montepríncipe, 12 de mayo de 2026
Ayer se me fue un día enterito por los imbornales de la memoria. Ayer, o vete a saber cuándo, porque en el hospital los días y las horas se hacen un barullo en mis circuitos neurales. Me desperté sobre las cuatro de la tarde con la sensación de que había un dormido más de veinte horas seguidas.
Luego resultó que no, que en el hueco de esas veinticuatro horas fueron apareciendo cosas aunque como pertenecientes a un día previo, que no era previo sino que se empeñada en haber surgido a la vuelta de la esquina. Total, que mandaron a hacer una resonancia y un electroencefalograma no fuera a ser que en mi memoria se hubieran metido algunos enanitos que estuvieran jugando a las bolas en mi cerebro. Resultó que no, que mi cerebro funcionaba bien y que las enfermeras seguían siendo tan amables y guapas como siempre.
Ayer fue un día intenso. Estuvieron aquí Ana y Raúl (mis cuñados), y también Victoria. Rajamos hasta quedar con la boca seca. Es curioso tener un cuñado de apariencia retraída, pero con el que es imposible no dar la vuelta al mundo al cabo de dos horas. Ana, Ana también se las trae. En fin tarde de una muy agradable tertulia. Ya sabéis, Raúl con su apariencia de hombre silencioso, cuando tiene delante un tema que le interesa, es una mina.
La noche anterior apenas dormí, pero hoy un somnífero a tiempo hizo de mi sueño una delicia. Despatarrado boca arriba, una posición para mí imposible, se convirtió en un agradable viaje a través de mil asuntos. Cuando esté mejor me he prometido volver a leer a Julio Cortázar, su libro es una fuente de sugerencias. Me prometo tirar de aquella idea de Brâncuși que cité en alguna ocasión: “Les choses ne sont pas difficiles à faire, ce qui est difficile c’est de nous mettre en état de les faire.” Qué cosa tan interesante, y difícil a veces la ponerse en estado de hacer… y sobre todo que no haya imponderables y pueda tu mente viajar a su capricho por ese magnífico mundo que llamamos realidad.
Me es muy difícil escribir unas pocas líneas, pero sólo el esfuerzo creo que me beneficia y me saca del sopor del adormilamiento.

Me ha encantado esa referencia a Brâncuși; tiene toda la razón: lo titánico no es el acto, sino preparar el alma para que el acto ocurra. Tú, escribiendo estas letras para salir del sopor, ya estás en ese "estado de hacer".
ResponderEliminarCuriosamente, mientras leía tu batalla con los imbornales de la memoria, a mí me ha asaltado un recuerdo propio, rescatado de hace exactamente setenta años: hoy es el día en que hice mi primera comunión. Es extraño cómo funciona el tiempo. Aquella fe de niño, con los años y los avatares de la vida, se ha ido diluyendo en mí, perdiendo sus contornos dogmáticos hasta quedarse en nada.
Sin embargo, al leerte, he encontrado una concomitancia que me ha hecho sonreír. Tú hablas de días que se pierden por los desagües del olvido en el hospital, y yo me doy cuenta de que mi memoria también tiene sus propias alcantarillas: recuerdo el brillo de aquel día de hace siete décadas, pero el sentimiento religioso que lo sostenía parece haberse escapado también con el tiempo, como si se hubiera filtrado por una fisura invisible.
Al final, parece que todos luchamos contra esas fugas. A ti se te desordenan las horas en la clínica y a mí se me han desvanecido las certezas de hace setenta años, pero lo importante es que, en el presente, seguimos aquí "rajando" y buscando en Julio Cortázar o en una charla con nuestros allegados la forma de taponar esos desagües.
Me alegra saber que tu mente sigue teniendo ese capricho de viajar por la realidad. Un abrazo.