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17/01/2025
Vivirte
a ti mismo como quien saborea una jarra de cerveza tras una larga y calurosa
ascensión. Sorberte, sentirte, gustarte. Además, sentirte uno con la tierra que
pisas, con las laderas de las montañas que asciendes, con la noche y sus
estrellas. Sentirte cercano, próximo, ser carne de la misma carne de esas
rocas, esos bosques, esos arroyos. La armonía del todo, y tú formando parte de
ella.
Renuevo
mi recuerdo de Casarotto, íntimo encuentro consigo mismo y su fuerza, su
resistencia al frío, las terribles dificultades en la más plena soledad.
Silvia
Vidal y Casarotto, tan lejos ellos de lo
que no fuera la mismidad con la que se enfrentan, conviven, absorben, sienten
las profundidades de su yo.
Llevo
toda la tarde noche mano sobre mano. Cuando fue la hora de encender la chimenea
allí estaba de nuevo la simplicidad del mundo que pretendo vivir. Poca cosa,
pasar la escarificadora en algunas zonas, rastrillar, reparar una tubería que
el motocultor había roto, y más tarde hacer nada. Mirando las llamas crecidas
que alimentan los troncos y raíces de las hiedra que arranqué días atrás,
pensaba en las pocas cosas que me me interesan últimamente; considerando el
reducido mundo por el que mis pensamientos se mueven yendo de acá para allá, éstos
terminaron sobrevolando esos dos meses y pico de caminar por los Alpes del
pasado verano. Buscaba encontrar la razón de alguno de esos comportamientos,
absurdos para tanta gente, y que sin embargo constituyen parte esencial de la
razón vital que mueve a algunas personas. Casarotto, le decía a Goreta en el
Campo Base antes de emprender la ascensión directa al K2 en solitario, que
ofrecería tal ascensión a Dios. Probablemente muchas veces nos movemos por
pasiones de las cuales no sabemos ni mu. Se nos imponen con una fuerza
descomunal y por mucho que les demos vueltas al porqué, difícilmente acertamos.
Casarotto, de hondas creencias religiosas, creo que buscaba su explicación en el
ámbito de su mundo conceptual, el entorno religioso que pudo vivir en Italia.
Nosotros, ateos y racionales, nos las damos de listos y así cada cual pregona,
pregonamos, razones para todos los gusto.
Así que
especulaciones a parte, y puestos no a explicar sino a intentar recolectar
dentro de uno aquello que una noche de invierno frente a la chimenea lo que la
intuición te dice, digamos que si existe conocimiento fiable, ¿qué mejor
proceder que buscar entre las páginas de la historia personal aquello que fue
fuente de gozo y plenitud? Para eso sirve el pasado de cada uno. El
pasado es un libro en el que todos podemos leer las luces y las sombras de
nuestro vivir. Quizás el libro más interesante e instructivo que podemos leer.
Bueno,
estas son las sensaciones que alimentaban las últimas horas del día de hoy. La
certeza de que lo que haya que escribir en ese libro de historia de nuestra
memoria ha de estar en íntima relación con aquello que un día recordaré con
gusto, me obligaba a pensar, en términos prácticos, en que lo que se hace o no
se hace, debe de algún modo dejar sobre el libro de la memoria ese parecido
sabor de una jarra de cerveza tras una larga ascensión. El pasado año me hice
abstemio, pero aún así fresco queda en mis recuerdos aquella plena sensación de
gusto tras una larga marcha hasta el refugio. Esa cerveza tomada en la barra de
un bar seguirá siendo cerveza, pero…

La diferencia entre no ser creyente y ser profundamente religioso es menos una diferencia filosofica que una disposición de la conciencia. No remite a realidades incompatibles, sino a modos distintos de interpretar la experiencia. El pensamiento, al organizar el mundo, genera esos estados mentales. Una higiene interior orientada hacia la razón puede conducir a aceptar el ciclo biológico como explicación suficiente; ello no desacredita, sin embargo, a quien encuentra en la idea de Dios un principio de sentido, ni permite negar la consistencia racional de su propia construcción mental, aunque no sea compartida.
ResponderEliminarLas posiciones personales frente a la teología no pueden evaluarse en términos de superioridad o inferioridad, porque pertenecen al ámbito de la interioridad. Cada sujeto conoce o cree conocer lo que su pensamiento le aporta. Lo verdaderamente significativo es que, más allá de estas divergencias simbólicas, todos participamos de las mismas funciones básicas y reproducimos patrones de conducta sorprendentemente similares. En este punto, religión y política convergen: nos fragmentan en el plano de las ideas mientras nos homogeneizan en el de la acción. Así, el ser humano se revela como una paradoja constante: plural en sus creencias, uniforme en su estructura, dividido en el discurso e idéntico en lo esencial.