El Chorrilo, 26 de mayo
No parece que esté muy bien visto hacer elogio de sentimientos y sensaciones que tenemos por negativas, como los estados de tristeza y melancolía que aparecen como indeseables compañeras de viaje cuando éstas se hacen presentes en algún momento de nuestras vidas. Sin embargo habría que ser justos y llegar a reconocer que estados de ánimo así, que generalmente son consecuencia de algún percance o circunstancias dolorosas tienen su filón de gracia si uno es capaz de aprovecharlo. Mucha buena música y excelentes versos se ha escrito bajo el paraguas de la desolación, lo que en sí ya indica que no todo es jodido en su entorno. Mi chica, la hortelana, no pocas veces ha fruncido el ceño cuando un servidor, sumido durante días en un estado de ánimo melancólico, todavía defendía a capa y espada la circunstancia basándome en que desde ese estado uno podía vivir la vida con una extraordinaria fuerza. A mí no me parece que la felicidad, como piensan tantos, consista en estar de jolgorio permanente ni en tener la risa en el cuerpo de manera permanente.
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| Original de Fernando Sanz del Amo |
Caminad por un hayedo del Pirineo bajo la lluvia, envueltos en la niebla, solos, solos bajo el repiquetear constante de un aguacero... es increíble la cantidad de sensaciones que el cuerpo puede experimentar en estas circunstancias; no es cosa de ponerse a cantar, desde luego, pero en esos momentos se mueve dentro de una tan variada y profunda cantidad de cosas que casi es imposible dejar de sentirse uno una misma cosa con el bosque, la lluvia, la niebla; se trata de algo penetrante que atraviesa el cuerpo como un afilado estilete, pero que no produce sangre sino una sensación de insondable sentimiento de vivir. ¿Quién en las circunstancias de un prolongado orgasmo no ha llegado a sentir un sentimiento similar?, ¿quien no ha llegado a sentir ese orgasmo como una sensación de profundo dolor que a punto está de desgarrarnos por dentro? Y sin embargo, junto a esos gemidos, esos llantos incluso, ¿quién no desea esos momentos de plenitud en que uno parece totalmente fundido con el otro, con la totalidad de un universo con el que la situación de exaltación nos invita a unirnos? Algo así me sucedió a mí con la tristeza y la melancolía cuando éstas, envueltas en una espiral crecían y crecían por ejemplo a la sombra de un naufragio amoroso o en las circunstancias en que mi madre sorprendida por un cáncer terminal día a día perdía contacto con la realidad. No son fáciles de explicar estas cosas, pero es cierto, en las musgosas paredes de las rocas, en las oscuras concavidades de un bosque arrasado por las lluvias, uno puede encontrar tesoros de increíble vivencia personal.
Curiosamente una palabra, un concepto que bailaba estos días alrededor de una fotografía que había colgado María Barral en su muro después de una excursión que antiguos amantes de la montaña habíamos hecho a La Barranca. Julián de Salazar, Jacinto y yo nos habíamos enzarzado en los vericuetos del idioma y habíamos dado con algunas palabras del castellano que nos gustaban especialmente, una de ellas era "melancolía". Y lo particular es que mientras conversábamos el ojo avizor de la pareja de María, Fernando Sanz del Amo, con su reflex en ristre captaba una imagen de la Maliciosa que bien merecía el pie de foto de "melancolía". Entre unas cosas y otras esta palabra quedó tintineando en mi cerebro y así, ayer, tras llegar a casa después de la medianoche y descubrir que Podemos había sacado cinco diputados, lo que encendió una lucecita de esperanza en mi pesimismo, me dediqué a indagar por cuál era la razón de mi afición por este vocablo.
Pensé enseguida en una película de Tarkovsky, pero cuando fui a comprobarlo me encontré con que el título de aquella no era Melancolía, sino Nostalgia, que Melancolía pertenecía a director danés Lars von Trier (me propongo verla esta misma noche, a ver si encuentro rastro de lo que estoy escribiendo en ella). Tanto monta, me dije, ambas pertenecen a la misma familia y son igualmente bellas y sugeridoras; tristeza, melancolía, nostalgia, que para algunos pueden adquirir rango de enfermedad, encierran ideas que a mí siempre me parecieron fértiles y expresan condiciones anímicas muy propicias para estimular el encuentro de poetas y músicos con lo mejor de sus posibilidades creativas. La tristeza y la melancolía como fuente y clima de inspiración poética y musical aparecen como elemento central en las partituras del Chopin que se encierra en Valdemosa durante años para hacer música. Muchos poetas escribieron sus mejores versos a costa de la melancolía.
Me siento, a veces, triste
como una tarde del otoño viejo;
de saudades sin nombre,
de penas melancólicas tan lleno...
escribe Antonio Machado en unos versos que llevan por título Melancolía (por cierto, Jacinto, saudades, una palabra más para ese diccionario de vocablos inusuales que habría que rescatar y que en este caso proviene de la lengua de nuestro vecino de poniente).
Dice Cioran: "Cuanto más dulce es la melancolía, más amarga es la tristeza", y añade: "Hay que combatirla con absolutamente todos los métodos que existen, pues si no tenemos la suficiente fuerza para vencer el cáncer de la tristeza, nos roerá y nos pudrirá antes de tiempo". Y sin embargo qué entrañable compañera, aunque pueda hundirnos en el peor de los lodazales, con qué fuerza cuando no encontramos consuelo para una pena, nos hunde, nos sumerge entre sus entre el negro velo de sus brazos acariciadores, una pena amorosa, la muerte de un ser querido. Sí, es peligrosa, pero cuán dulce en su dolor, en la intensidad con que el filo de su acero hurga en las heridas hasta llegar a hacernos confundir, como en la ambigua luz de una paisaje submarino, lo que es dolor y lo que es gozo. Hay tristezas y melancolías que acaso puedan compararse a ese ejercicio que hacemos retando al vacío durante una escalada en donde también el dolor, el miedo y el gozoso conocimiento de lo más profundo de nosotros mismos se dan cita.

Muy bonito, como siempre y gracias.
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