El Chorrillo, 01/01/2014
Uno, que gusta jugar con las palabras, de vez en cuando se tropieza con otras palabras, otras presencias, anoche mismo en algún programa de televisión, con Julio Anguita, otro día con un amigo ilustrado, y entonces le entra la duda de que un ejercicio similar de escritura sea acaso la pobre manifestación de un sinfín de romas reiteraciones que se producen en la parte más superficial del cerebro y de las argumentaciones con el sólo objeto de satisfacer la engañosa pretensión de querer hacer un análisis de la realidad. Uno siempre sufrió el complejo de la sombra que produce el buen hacer de mentes dotadas, pero queriendo defender su necesidad a veces inaplazable de expresar lo que le bulle por dentro, no puede resistirlo, se echa la manta a la cabeza y escribe, y no sólo eso, lo coloca en la vía pública, sale a la puerta de su casa y con chinchetas clava allí sus cuartillas para que los vecinos y conocidos de la corrala puedan echar un vistazo a sus ocurrencias. Sin embargo el complejo no deja de estar ahí tan omnipresente como el aire que se respira.
Sí, es que hay muchos sabios en el mundo. Y sin embargo uno, que cada vez tiene más la convicción de que las cosas de la vida son relativamente simples, simpleza desde la que él suele hablar, cuando se tropieza con la voz de las sabias y bien dotadas palabras de cuantos fueron capaces de aportar al mundo un grado mayor de conocimiento de la realidad, date, una voz despierta dentro de él y le dice, tío, ¿no estarás diciendo mogollón de tonterías a cada momento?
Decía, que anoche, mientras a mi cabaña llegaban los ruidos de cohetes recibiendo al nuevo año, es decir, un poco antes de sumergirme en el pastoso y encantador blanco y negro de Jamaica Inn, de Hitchcock, el último film de la serie inglesa, tropecé con una entrevista de Julio Anguita y allí me quedé escuchando al viejo maestro de escuela departir sobre la realidad hispana, comprobando con qué empaque y seguridad hilaba su discurso y ponía de palabra uno tras otros sus argumentos como buen arquitecto que empezara la casa por los cimientos y fuera levantando el grueso del edificio sobre la sólida estructura de premisas bien asentadas. Sí, todito lo contrario de un servidor que nunca sabe lo que va a escribir cuando se pone a ello y al que una primera idea que en ocasiones no se expresa en más de tres palabras, sirve para hacer una rara arquitectura en donde es fácil encontrarse con que el arquitecto del momento ha empezado a construir la cosa por la chimenea, seguido por el cuarto de baño del tercero y continuado por diseñar una ventana entre el séptimo y el octavo piso desde donde se puedan ver las mariposas revolotear en primavera. No es que la escritura y el pensamiento deban imitar los procedimientos arquitectónicos, es que, me temo, estamos tan mediatizados por nuestro hábitos de razonamiento que no podemos dejar de admirar a aquellos cuyas construcciones mentales encajan con tanta precisión y armonía en el foro áulico de una entrevista televisiva. De niño uno admira a los grandes personajes de la historia y de la actualidad; para un infante que empieza a leer el periódico, a mí me dio por esas, leía el ABC, a los ocho o nueve años, enseguida los escribidores, los ensayistas, los ministros, los papas, la gente de prestigio se convertían en seres excepcionales que abrumaban con su grandeza la pequeñez del diminuto lector.
Y así un día en que de madrugada has escrito algo relacionado con esta maldita mierda que nos estamos montando en torno a un consumo desproporcionado, por ejemplo, y en que te has tropezado horas más tarde con un eminente economista que te ha dado pie para poner en tela de juicio tus propias palabras, te sientes algo frustrado porque la complejidad de la cosa es eso, realmente complicada. Como le decía yo un día a mi amiga Marga, que echaba culebras por la boca denostando precisamente ese consumismo y a la que, en mi afición a hacer de abogado del diablo, me llevó a mostrar el panorama que tendríamos en el mundo con el que tropezaríamos al mes siguiente de haber reducido el consumo mundial un veinte o treinta por ciento. Arreglar los problemas del mundo en un tristrás frente al calorcito del fuego de la chimenea puede llegar a ser tan fácil como empezar a decir bobadas. Eso que hago a veces y que se me puede escapar con tanta afición a la escritura.
Sin embargo, ah, no ha de tardar mucho en llegar el día en que un sabio de otra naturaleza, nuestro insigne Principito, venga y con su inocente mirada comience a desmontar con su aspecto de ingenuidad infantil todo ese fabuloso aparato inapelable y dogmático que hace del mundo una cosa tremendamente seria y circunstanciada apta sólo para ser gobernada y dirigida por los sabios padres de la patria y de la Iglesia.
Y será entonces el tiempo en que los ignorantes y las mentes inocentes, aunque carentes de convenientes conocimientos económicos o políticos, salgan a la calle a decir dónde les duele, qué está mal, qué es absurdo y cuál sería el camino para ir encontrándose, antes de que uno se vaya a otro mundo, con un poco de dicha. Y entonces acaso se nos ocurra pensar que la manera más práctica y justa de solucionar todos los problemas que tenemos en la actualidad consista simplemente en repartir el trabajo. Sí, caiga quien caiga. Si el gobierno es capaz de socializar las pérdidas de los bancos, bueno, que se dedique también a socializar las deudas de todos aquellos que han hipotecados sus vidas con la compra de una vivienda. Empezaríamos así casi de cero. Pongamos que tocamos a cinco o seis horas de trabajo, con su correspondiente ajuste salarial: de puta madre. Ahora dispondremos de un tiempo libre adicional, tiempo para… todo lo que te salga de allí mismo. Podremos terminar ese interminable tocho de Guerra y paz que empezamos hace un montón de meses y que espera un rato de tiempo libre para continuar con él, podremos ir a cazar mariposas, recolectar atardeceres en nuestro cestillo de las setas, dar largos paseos con la chica de los ojos almendrados, tendremos tiempo para dilatar nuestros maravilloso encuentros en la cama aprendiendo el arte de follar en todas sus sutiles manifestaciones, podremos pasear con nuestros hijos y nuestros nietos más a menudo, en fin… Marx era más corto de imaginación en estas cosas; cuando un día le preguntaron que qué haría el hombre del futuro con tanto tiempo libre en un sistema comunista, lo único que se le ocurrió decir fue que podría cazar y pescar.
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| Mario junto a su choza. Ya de recién nacido tenía pinta de austero |
¿Qué no se puede vivir con una reducción de sueldo de un cuarenta por ciento o más? No me jodas. Mi hijo pequeño, tras terminar su licenciatura, se hizo cabrero. Doscientos cincuenta euros se gastó en la construcción de su cabaña, tiene una pocas cabras y una huerta. Puedo asegurar que su aspecto es de los mejores que uno puede encontrar, pasa por momentos algo complicados, como todo el mundo, pero vive, y bien. No digo que todo el mundo se haga cabrero, lo cual sería muy malo para el sector, pero ilustra una realidad. Algo así podría fortalecer nuestra voluntad y proporcionarnos un estilo de vida mucho más cercan0 al huerto de los afectos que uno puede cultivar. Vivir más austeramente, apostar por un decrecimiento global que garantizara la vida a generaciones posteriores podría ser una buenísima consecuencia de nuestra actual crisis económica.
La gracia de empezar a escribir sin saber por qué derroteros se va a ir la escritura es digna de tenerse en cuenta, aunque luego uno tenga que hacer el paripé de intentar meter con calzador un discurso dentro de una idea general. Esas pequeñas manías que la aceptación del discurso coherente trae consigo. Y así, ahora a ver cómo coloco estos párrafos de manera que la cosa tenga el aspecto normativo de cimientos, primer, segundo, tercer piso, etc, tejado y chimenea.
Resumiendo, los garúes y los sabios, con todo el respeto que puedan merecernos, se enredan con la realidad como todo hijo de vecino, y no saben ver el bosque más que en la estrecha perspectivas de sobadas variables que acaso tengan poco que ver con una realidad mucho más humana y global, es decir la de que la vida es limitada, los años están contados y que lo que cuenta esencialmente en la vida política y social son otras cosas, el tiempo que podamos dedicarnos a nosotros mismos, a nuestros amores, a nuestros hijos… y eso, el tiempo para cazar mariposa y recolectar atardeceres junto a las olas.
| Lucía: No tanto cazar mariposas como dedicarse a contemplarlas. |

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Gracias, muy bonito.
ResponderEliminarY muy interesante aprender de cine y montaña.
Besos:-)
L.