Y se me entra
arrobada la memoria cierta
de una nada próxima,
la sibilante brisa
que susurra cadente
fragmentos de lluvia
que quedaron adheridas
a las yemas de mis dedos
como actos inconclusos
que claman por una demora,
una oportunidad
para concluir aquella plegaria,
romper aquel silencio pertinaz
que sellaba mi boca
cuando las lágrimas
la emoción del instante
anegaba mis ojos
llenos de humedad sensual y febril.
Y tras la sima de silencio
que recorre la hora,
indecisa, la memoria se arracima
y vierte su dulce esencia
en la pura contemplación de mi estar.
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