El trigo, que eran olas aborrascadas,
se hizo tranquila calma con la lluvia,
leve cimbrear que bebe sediento
el agua inesperada de un final de primavera.
Y mientras lo miro,
extendido como un claro lago
frente a mi ventana,
vuelvo a pensar en ella
con infinita nostalgia.
La nostalgia por los muertos
que enterraron la vida
bajo la crasa losa del orgullo.
¡Ah, orgullo cobarde y ruin!
Y sin embargo
¡qué bien huele el campo mojado,
cómo se mueven gráciles
las hojas de los álamos
contra el perlado gris de la tarde!
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