miércoles, 19 de agosto de 2026

No habrá paz en este mundo

 



19/08/2026  

Leyéndote (ver comentario del post de ayer) me viene a la memoria un viejo texto del que sólo recuerdo su defensa irónica de la locura. Elogio de la locura, de Erasmo, un título que bien podría sustituirse  por Elogio de la necedad o Elogio de la estupidez. De las sátiras de Erasmo no se salvaba ni Dios, como diríamos ahora. 

Le habría venido bien a mi texto de ayer dar un repaso a los viejos subrayados de aquel libro porque me temo que con ser un texto del siglo XVI en el se podía respirar ese algo que que no cuadraba con las enseñanzas religiosas de entonces. Burlarse irónicamente de popes y sabios de la época era un atrevimiento que le podía haber costado caro. 

La impunidad con la que la Iglesia Católica ha hecho uso de “lo inexplicable” hoy nos parece cosa de niños chicos. Acaso nos sonreímos con aquello, creo que era de San Agustín, de que tan imposible era comprender aquello de la Santísima Trinidad como intentar llenar un hoyo de la playa con todas las aguas del mar. Sonreímos, sí, pero eso y otras tantas cosas más colaban, como lo de concebir un hijo sin concurso de varón. Magia potagia, que decíamos de niños. Había que tener todo agarrado y bien agarrado y el único modo posible era hacer comulgar al personal con ruedas de molino. 

Se entiende bien que los hombres tuvieran necesidad de dar explicación a los porqués y trataran de explicar de alguna manera lo que no entendían, pero ahora, visto en la perspectiva de los años, el ridículo queda patente. De todos modos parece cierto que las interpretaciones, relatos inventados e instilados en la mentalidad colectiva nacieron de una necesidad común que aprovechada fue con todo lujo de detalles por los viejos profesionales de las tempranas religiones. No es muy propio que la gente común se meta en camisas de once varas para intentar explicar algo que no comprende, que ello puede ser tarea excesivamente ardua para el común de los mortales, así que “en tus manos encomiendo mi espíritu”, que otros nos resuelvan la vida, las dudas y lo que haga falta. 

Es de cajón que todos necesitamos agarrarnos a un clavo ardiendo ante algo que nos supera y, sentir que estás vivito y coleando y que en algún momento te puedes morir, es tan jodido que bienvenido sea cualquier vendedor de humo que pueda convencernos de que después de la muerte te vas a encontrar con amigos, familiares, con toda la parranda que en vida fue tu entorno de gente con la que te codeaste, y además no los vas a encontrar viejitos como se murieron sino todos hechos una rosa… ¡Qué cosas, ¿verdad?! 

Pero me voy del tema. Hoy, que somos más listos, que hemos viajado a la Luna y sabemos con bastante precisión la composición de la materia o el momento en que fue creado nuestro planeta, seguimos sin embargo a dos velas del conocimiento fundamental del origen del Universo. Escribe el amigo Enrique, cuyo comentario al post de ayer es el causante de este nuevo texto, que: “Al cerebro humano le cuesta mucho procesar la nada o el final absoluto: la muerte”. Esa infinitud que, porosa, atraviesa nuestra alma dejándonos en la incertidumbre, y que a la vez puede servirnos para relativizar los problemas personales y del mundo al punto de que nos parezcan ridículas muchas de nuestras aspiraciones, tantos conflictos sociales o bélicos, se me aparecía ayer, una vez dejado clara nuestra insignificancia, como un elemento liberador que ponía en su lugar a gran parte de la fanfarria de aspiraciones y preocupaciones que cruzan nuestras vidas. Fanfarria, es cierto, que puede costar millones de muertos y dolores inmensos a lo largo y ancho del planeta. Fanfarria por oposición a lo que podría ser la pacífica vida de los hombres si estos decidieran por mayoría dedicarse a una benevolente convivencia.  

Ya. Pura utopía, diría alguno. Claro. Sin dioses, sin gilipollas aspirantes a rey Midas, sin nacionalismos, sin tantas cosas… simplemente gente que lo único que quisiera fuera vivir en paz con Dios y con el Demonio. Ya, ¿y qué hacemos con las pasiones, con los deseos irrefrenables o no, con toda esa retahíla de cosas que nos mueven para aquí o para allá, las motivaciones, todo eso?  

Ja, un nudo gordiano. No, no habrá paz en este mundo.  

 

 

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