viernes, 14 de agosto de 2026

Ponga un eclipse en su vida y levite


 


14/08/2026

De la cabecera de El País de ayer, este titular: “El olvidado asombro de estar vivos”. Allí sin comillas tratándose de un verso de Octavio Paz (ya lo sospeché que no era original nada más leerlo): primer pecado. Apropiación indebida de textos ajenos. Bajo el título: “Siempre levanta ternura el hecho de que, cuando el ser humano no encuentra palabras para describir lo que está pasando, renuncie a buscarlas”. Y más abajo para completar el ridículo: “En Esmelle, Ferrol, la Luna ocupó por completo el Sol, y un silencio impresionante cubrió poco a poco durante segundos toda la costa. Las playas llenas, los montes en los que se apostaron grupos de personas, las fincas, los balcones de las casas, las sillas de verano delante de las caravanas. Callaron primero los pájaros, que volaron…” No, no estoy suscrito a ese periódico para poder leer el artículo completo, pero me bastan estos renglones para que de mis labios salga una sardónica sonrisa. “El olvidado asombro de estar vivo…” ¿será gilipollas este tío? ¿Ha nacido ayer, no ha visto en su vida un bello crepúsculo, qué quiere vendernos, pretende adular los oídos de todos nosotros cuando ayer contemplábamos el eclipse? ¿A qué convertir un fenómeno astronómico, por espectacular que sea, en una especie de experiencia mística colectiva: el asombro de estar vivos: ¡idiota! Un acontecimiento que levanta ternura: ¡imbécil!

Empalago, halago de la masa de los lectores, como si la multitud que contempla un eclipse estuviera experimentando una especial revelación sobre la condición humana. El señor Jabois tenía que escribir “algo” y como la cosa se prestaba muy llanita, le roba un verso a Octavio Paz y se dedica a lamer el culo al personal a partir de ahí. Labor periodística de primer orden, sí, señor. ¡Qué poca consideración merecen los lectores de un periódico cuando alguien como este señor se atreve a manosear con cierta retórica contemporánea la emoción de sus semejantes!

Con sólo el título podría haber interpretado el posible contenido del artículo en clave de ironía, lo cual habría sido acertadísimo, y Octavio Paz entonces le habría perdonado el no haber colocado las comillas en el título, podría haber guiñado el ojo al lector inteligente ante la desmesura de una multitud que de repente descubre que está viva porque se ha oscurecido el sol durante unos minutos. Pero no, este señor, ante la desmesura de la convocatoria escogió la solemnidad y las palabras desproporcionadas para vestir de oro y flama su crónica.

¿Se habrá asomado este señor alguna vez en su vida a algunos de los tantos espectaculares y bellos atardeceres, por poner un ejemplo, que se producen en el planeta Tierra? ¿O es que acaso necesitamos que los periódicos o los medios en general nos digan cuándo y cómo tenemos que maravillarnos? Y por supuesto la obviedad de que una noche de luna, una tormenta, la niebla sobre la sierra... pueden ser muchísimo más hermosos que un eclipse. Y, sin embargo, nadie convoca a decenas de miles de personas para contemplarlos ni aparece al día siguiente un titular anunciando que hemos recuperado «el olvidado asombro de estar vivos». Recuerdo ahora una antigua entrevista de 2004 en la que Franco Battiato contaba cómo la hora del amanecer y la de final del día constituían para él los dos instantes más importantes de la jornada. Eran las horas más bellas del día y él las dedicaba a la meditación desde su casa en las laderas del Etna.

La diferencia entre contemplar habitualmente algo que la naturalece ofrece todos los días, sin público, sin necesidad de convertirlo en una experiencia colectiva… Y recuerdo mi afición de siempre cuando paso los veranos en los Alpes o Pirineos de buscar a la caída de la tarde un lugar para mi tienda en donde pueda experimentar tanto el crepúsculo como el amanecer; la diferencia entre esta actitud y la de acudir en masa a un acontecimiento extraordinario, para después elevar esa experiencia mediante una retórica vacía expresada como el «asombro de estar vivos», es fundamental. Quien tenga ojos y oídos que vea y oiga. Battiato, en ese sentido, es el contraejemplo perfecto para el titular de El País: no necesitaba que el cielo se oscureciera excepcionalmente para detenerse ante el cielo. Su asombro —si se quiere llamarlo así— formaba parte de una disciplina cotidiana y de una sensibilidad abierta a la belleza de todo cuanto nos rodea. Y decir acaso que la superficialidad con la que nos relacionamos con los fenómenos naturales, con la belleza del mundo, con cómo nos relacionamos con la noche, la lluvia o las tormentas nos hace perder unas de las más hermosas experiencias de la vida.

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