martes, 7 de julio de 2026

Esta noche me voy de viaje

 


 

7/07/2026

Harto estoy de que mis posts no hablen de otra cosa que de… eso mismo. Así que hoy de viaje me voy para variar, que, sí, harto estoy de darme pena a mi mismo; harto de estar harto ya me cansé, eso, Serrat. Lo mismo un día de estos borro todo lo que he escrito los últimos días que toque ese tema que ya me parece que huele a chamusquina. Parodiando a Lorca podría transformar aquel  

 “Pero yo ya no soy yo,  

ni mi casa es ya mi casa.” 

 

en su opuesto, que, como me dice Eduardo, “hay muchos modos de seguir siendo quien se es acoplándose a lo que va dando de sí el  cuerpo.

 A otra cosa.

Termino la jornada leyendo a Jünger, que ahora viaja por Sumatra y más tarde por Singapur. Precisamente yo anoche había tomado un libro mío, Primavera en el Pacífico que relata un viaje en solitario de medio año por Oriente, para encontrarme con cierto paraje del estrecho de Malaca que quise recordar. Así que ahora comparto mi propio libro de viajes con aquel de Jünger, que viaja precisamente por el mismo entorno y, cosa curiosa, empiezo a descubrir en Jünger al roce con los países que visita, siempre una de esas visitas rápidas que pueden hacer quienes se embarcan en un crucero, a uno de esos turistas que se hacen llevar de la mano de un lado para otro, pero que raramente viven el contacto con la gente de la calle. Esos turistas que ven el mundo desde sus camarotes de lujo, pero que no penetran realmente en la sustancia de los países que visitan. Viajar, lo que es viajar, a lo otro lo llamaría turistear, sólo se puede hacer con una mochila a la espalda, sin reloj, sin programa, estando codo con codo en contacto con la gente del lugar. Jünger con su picoteo aquí y allá, siendo llevado de la mano constantemente de aquí para allá, escribiendo como un turista con prisas que quiere ver todo y no ve nada, me defrauda en este punto. A Singapur le dedica tres o cuatro horas y cuatro días después ya está de paseo por las calles de Manila. ¡Qué desperdicio de viaje! 

Ahora pienso en los inconvenientes de disponer de suficiente dinero como para darse el lujo de viajar por el mundo sin que el presupuesto sea un inconveniente. Sí, entiendo que mezclarse con la gente de a pie no parece propio de personas como Jünger siempre codeándose con la flor y nata de la intelectualidad, con las sutileza del pensamiento o la historia, pero que acaso viven lejos, muy lejos del hombre corriente. Recuerdo ese desprecio con el que Schopenhauer trataba de chusma al pueblo llano. Su desprecio por esta gente era tal que dormía con pistolas y un sable por miedo a los ladrones. Cuando estallaron combates cerca de su casa en 1848, unos soldados entraron en el edificio buscando una mejor posición para disparar contra los insurgentes. Schopenhauer los recibió con entusiasmo. Lo más conocido es que prestó sus prismáticos o lentes de ópera para que los soldados pudieran apuntar mejor desde la casa vecina. 

¿Por qué me he acordado yo de Schopenhauer al escribir sobre Jünger? Es una curiosa cuestión. Uno, que nació de familia humilde y jamás se codeó con esa gente especial, la élite del dinero o la politica, en realidad siente un soterrado desdé por ella. Podemos hizo su agosto en los principios de su andar político refiriéndose a ellos como La Casta. 

Y bueno, que me voy por peteneras. El caso es que ya puestos, dejé a un lado el libro de Jünger, que tocaba puntos de un viaje que hice yo hace muchos años, Filipinas, Borneo, Singapur, Sumatra, Java, etcétera, y lo abrí en la circunstancias en que atravesaba el estrecho de Malaca en una pequeña embarcación, un trayecto peligroso porque aquellas aguas estaba surcadas por piratas, no de aquellos del parche en el ojo de las novelas de Emilio Salgari, pero piratas la fin y al cabo. Carajo, qué sorpresa me esperaba con la lectura. De repente me sentí tan tan viajando por Oriente que casi me entraron ganas de maquinar algo para cuando mi cuerpo se haya recuperado del todo. Días atrás me vino la sugerencia de hacer en otoño alguno de esos largos GRs que recorren España o acaso uno de los pocos Caminos de Santiago que me quedan por recorrer, pero ante la perspectiva de perderme de nuevo por el mundo rural de Malasia, Nueva Guinea o vaya usted a saber. De repente ya estaba dejando a un lado el proyecto de caminar para embarcarme en algún exótico viaje por Oriente. 

Ah, gozo, qué bien voy a dormir esta noche dejando a mis dolencias, estando ya mi casa sosegada, estar ahí como parte de un paisaje habitual. Lo dice Eduardo desde su experiencia de hombre ya casi nonagenario: remontar en tales casos, que son habituales, es una buena empresa ya en sí misma. Lo que me trae a la memoria la dura tarea de los entrenamientos de aquellos maratones que bordaron mi ánimo cerca de los sesenta años. Salir a correr de noche, de madrugada, en invierno… ¡con qué ánimo lo hacía! El maratón era sólo un objetivo en el horizonte, empeñativo, lejano, ideal pero cuyos prolegómenos quedaron como un tesoro en las fibras de mi memoria.

 


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