28/06/2026
Esta tarde a mitad de mi caminata me encontré con un gatito, casi en los huesos estaba el pobre. Tenía la mirada triste de los desheredados de este mundo. Me dio pena, de hecho parecía suplicarme que le adoptara. Encogidito en su pequeñez y desamparado me vio marchar, no me quitó de encima su mirada de menesteroso hasta que me hube alejado. Me fue inevitable pensar en ese pequeño porcentaje de personas que acumulan la gran parte de la riqueza del planeta. Era un gatito, sí, pero era también la representación de los niños que sufren en Gaza o en cualquier otra parte del mundo.
Cuando saqué el teléfono del bolso, hoy también en el pinar aunque al crepúsculo, el horizonte era una mancha de sucio carmesí sobre el fondo de la silueta de Gredos, tenía en mente un título, Viejos roqueros, sugerido por la reunión de ayer con unos amigos (el incombustible Santiago Fernández nos reunía), un encuentro que se repite periódicamente de tanto en tanto al calor de unas cervezas y una dispar conversación donde, viejos roqueros en otro tiempo, no rockeros, aunque también, celebran amistad y mutua afición por la montaña.
Me admiraba mientras oía a mis amigos de lo bueno que es esto de departir frente a una jarra de cerveza. De lo que sea. En un momento Pedro Nicolás me cuenta de un amigo mutuo mayor por quien yo le preguntaba. Los muchos años engendran por ley de vida carencias y problemas de salud que a veces son difíciles de restañar. Hace un inciso y, refiriéndose a la misma persona, recurre a la sabiduría oriental (quizás) diciendo aquello de que se equivocó poniendo todos los huevos en la misma cesta, prácticamente su única afición, la montaña. Y enseguida nos entendemos. Dedicarte a algo con exclusividad, la montaña sin más, cuando ésta se pone fuera de nuestro alcance puede dejarte con el culo al aire, de ahí las bondades de intentar no poner todos los huevos en la misma cesta. Algo que me sucede a mí estos días cuando la curiosidad o la motivación dan un bajón y uno necesita agarrarse a un clavo ardiendo para no perderse en el laberinto de la desesperanza o la abulia.
Y mientras hablo con Pedro Nicolás escucho al otro lado de la mesa a Santiago Fernández y a Margarita, él con una importante metástasis desde hace años, con una experiencia de hospitales de primer orden, habla de un modo tan vivo, tan como quien tiene cien años de vida plena por delante… y, claro, yo siento una fenomenal envidia. ¿De dónde coño saca este hombre su enorme fuerza? Ahora mismo él y Margarita embarcados en un proyecto de miles de kilómetros en automóvil al Cabo Norte. Estuve dudoso de asistir a esta reunión de amigos, entre otras cosas porque me pesaba el culo y mi ánimo no está muy allá; pero me alegro, me alegro de haber podido compartir ese entusiasmo que derrocha también José Luís Ibarzábal, la vitalidad de Margarita, la conversación moderada del poeta Miguel Ángel Gárate y Yolanda, la charla del viejo amigo rockero, y roquero-pedricero Santiago Pino o la conversación con Pedro Nicolás que me lleva a saber de otros amigos, de Mar, de Carlos Soria o de Eduardo Martínez de Pisón a los que hace mucho tiempo que no veo. Especialmente me alegra saber de Eduardo, un ejemplo de quien ha hecho y hace aún de sus muchos años un vergel intelectual, esa persistencia suya en la investigación y en dar a conocer a sus lectores la naturaleza íntima de nuestra Madre Tierra.
Con estos pensamientos llegué al lugar que se ha convertido en destino cada mañana. Allí medito, contemplo el horizonte de Gredos, o incluso, si estoy de humor leo por encima la prensa, admirado casi siempre que una bestia como el tal Trump, monsieur Narcisus, pueda acaparar tantos titulares. Imbéciles al poder, sí señor. Pobre ante el tamaño de la idiotez que recorre la política de este energúmeno aquella consigna de la revuelta del París que se hizo universal: La imaginación al poder. Junto a la chaise longue que ocupo cada mañana alguien había volcado el recipiente de la comida de los pájaros sobre el suelo y ahora un ejército de afanosas hormigas se congregaba en el lugar organizando una numerosa procesión camino del hormiguero. Pipas, semillas de distinta clase, todo sirve. Cientos de ellas, cargadas o arrastrando su tesoro se apresuran como obreros que con sus prisas parecen ir tras una compensación económica importante por su afanosidad. No hay una ociosa, todas caminan como quien va a perder el tren, con su carga pies pa qué os quiero.
En el camino de vuelta, ya bajo la luz de la luna, me encuentro con un menesteroso, esta vez un galgo que se ha hechos viejo; ya no sirve para la caza, y al que su dueño ha abandonado a su suerte. Una luna gorda por levante y Venus por poniente iluminan la noche. El campo está sembrado de luciérnagas. Creo que días atrás hablaba de las cigarras y del porqué de su insistente “canto”… siempre lo mismo, la busca de una novia. La Especie no pierde el tiempo con tontunas, va a lo suyo por encima de todas las cosas y así si las cigarras se desgañitan en las horas de más calor del verano intentando atraer a las hembras, las luciérnagas no hacen otra cosa. Sexo a toda costa, así la Especie “engaña” a sus criaturas. Poco después del hecho amoroso, nueve meses en los sapiens sapiens, varias semanas después en las luciérnagas, dan lugar a entre 50 y 200 criaturas que saldrán pitando de sus huevos para volver a reproducirse un año después.
Una pausa y ya es el día siguiente de nuevo en el pinar. Entre la tarde de ayer y la mañana de hoy algunos vándalos han pasado por el lugar. Han pateado el recipiente de la comida y del agua y todo anda disperso por el suelo. Viernes tarde se presta a este tipo de comportamientos. Quien no tiene que hacer,- con el rabo mata moscas. Hace muchos años, en Griñón, tal que una noche similar me destrozaron el coche los adolescentes del lugar. La naturaleza humana es verdaderamente generosa a la hora de establecer un abanico de posibilidades y comportamientos humanos. Sí, pa to hay en esta tierra del Señor. Ahora, no hay mal que por bien no venga, yo pretendía alimentar a los pájaros, pero gracias a los vándalos que han derramado el recipiente de la comida por los suelos, a quien alimento es a las hormigas. La verdad es que son un auténtico espectáculo esas filas de laboriosas hormigas cargando con pipas y otras semillas en largas y apretadas filas camino del hormiguero.

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