El Chorrillo, 12 de junio de 2026
Estaba cantado que no era yo el único apreciador de ese magnífico lugar que he empezado a visitar cada mañana. Nada más llegar pude comprobar que los pájaros ya habían dado cuenta de la manduca que les puse ayer y, los asientos, una silla de resina que estaba allí y una tumbona que llevé yo, habían cambiado ligeramente de lugar. Ya había contactado con uno de los visitantes y hoy lo sería con el segundo, Braulio.
Al caso. Marchaba ya camino de casa cuando a mitad del recorrido me cruzó lentamente un coche. Saludé al conductor y me disponía a seguir mi paseo cuando el coche se detuvo. Me acerqué. ¿Eres Alberto?, me preguntó el conductor. ??? pero enseguida se aclaró la cosa, podía ser la persona de la que me había hablado el día anterior Tomé, pero me faltaba el perro que siempre le acompaña que me había dicho Tomé. Le estaba diciendo sí, soy yo, cuando apareció el perro tras el coche con un gazapo entre los dientes. Efectivamente, eran Braulio y su perro.
Pues allí, en mitad del camino consumimos media hora de charla. Era admirable cómo dos personas que no se conocen y que se encuentran sin más en un solitario camino pueden llegar a pegar la hebra con esa facilidad asombrosa que tanto se parece al encuentro de dos amigos de toda la vida. Tomé le había pasado datos de nuestro encuentro de ayer, así que algo sabía de mí y mi convalecencia.
Braulio tiene su rincón privilegiado en el pinar donde pasa ratos de meditación y tranquilo observar a las aves. Poquito, su galgo, estilizado, de pelaje oscuro con manchas claras, es su compañero inseparable., además de hacer planes para largos viajes es un amante incondicional del lugar. En su coche, me lo enseña orgulloso, lleva un artilugio, unas largas pinzas que utiliza para recoger las basuras varias con las que se encuentre, amén de un respetable contenedor donde depositarlas. Me alegro, de momento ya somos dos dispuestos a limpiar los caminos que frecuentamos, él, con mucha más decisión que yo, está incluso dispuesto a despejar el entero pinar de los montones de basura que éste ha acumulado con los años gracias a esos guarros que nunca faltan en cualquier comunidad. Ahora estoy convaleciente, pero me ofrezco a compartir el trabajo de limpieza más adelante. Le cuento de otros tiempos, cuando era maestro en el colegio de Griñón y llevaba allí a mis alumnos algunos viernes en que las tareas escolares iban muy avanzadas. Entonces el pinar estaba limpio, ocasionalmente llevábamos siempre una bolsa donde depositábamos todo aquello que desmerecía del pinar. Ahora, y de momento, el pinar es el lugar de nuestro recreo. Tomé y Braulio lo suelen visitar al atardecer, encantado me enseña Tomé algunas fotografías espectaculares de los momentos previos al crepúsculo con el telón de fondo de Gredos a lo lejos; yo de momento prefiero las horas tempranas de la mañana. Por cierto, que me dan ganas de reproducir aquí un texto de los tiempos de maestro de una de esas salidas al pinar con mis antiguos alumnos. El relato ganó un primer premio literario
de un antiguo concurso que convocó el Ayuntamiento de Griñón. ¡Tiempos aquellos que ha logrado despertar Braulio con su charla! Más abajo lo incluyo.
Saber ahora que el pinar tiene historia y visitantes asiduos le rescata del abandono y la desidia de los ayuntamientos responsables y le asigna la dignidad de ecosistema en donde el hombre es un integrante más del mismo. Se añade a esta idea las muchas promociones de mis alumnos que durante años visitaron el pinar como colofón de un merecido descanso tras el trabajo escolar de la semana.
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