19/06/2026
(Ver aquí)
El rigor, referido a las ciencias exactas, la física, la
medicina, etc., apenas tiene cabida en nuestro ser y sentir de todos los días,
soñar, comer, pasear, pensar en la vida o la muerte, la amistad, etc., Es una
excelente herramienta práctica, pero las cosas realmente importantes de la vida,
tantas que no están sujetas a la mecánica de los silogismos, por ejemplo, no
llegan a nosotros por la vía de la razón.
A otra cosa. No sé si conoces a Julio Villar o has oído
hablar de él. Tiene un libro
excelente titulado ¡Eh, petrel!. En su juventud, tras un accidente escalando en la aguja de Peuterey al
Montblanc, decidió dar la vuelta al mundo solo por mar en
una cáscara de nuez de 7 metros de eslora.
Tuve la suerte de charlar con él en uno de los
últimos premios de
Siento
que el esfuerzo que hago por armonizar asuntos como razón e instinto realmente me sobrepasan, que casi preferiría sentarme como un Buda a la frondosa sombra de un tamarindo y contemplar desde allí el fragor de la vida. Ese fragor de aguas revueltas atravesando el filtro de la contemplación, hace, como dice cierto dicho sufí, que las
aguas revueltas se vuelvan frescas y claras.
No hay depuradora sofisticada por medio, sino que la
simple contemplación sin más puede hacer posible la claridad de
pensamiento o el apaciguamiento del ánimo. No
se trata tanto de desarmar una flor separando cada una de las partes para saber
de qué esta hecha, como de apreciar la fragancia y belleza de la flor.
Julio,
lejos de la civilización y rodeado por la inmensidad del mar o del firmamento, desnudo como la mar, apenas roza en su libro razonamientos, porqués; Julio mama del
encuentro de su soledad con los elementos. Su estar consigo
mismo, con los vientos o con ese petrel, que en cierto
momento se posa sobre el mástil de su barco, apenas deja espacio a esa complejidad que nosotros en ocasiones queremos aclarar.
Ha
llegado la hora de volver a casa. Hoy me alegró encontrar el recipiente del agua de los pájaros mucho más lleno de
lo que yo lo dejé, señal de que hay otros visitadores del lugar que atienden las necesidades de los pájaros. El recipiente de la
comida está a la mitad, pero he observado que gran parte de ella se la
pueden estar llevando las hormigas, así que tendré que hacer un invento, algo que sostenga el
recipiente de la comida dentro de aquel otro del agua. No creo que haya hormigas con dotes
natatorias capaces de alcanzar la isla de la manduca.
o O o
A otra cosa. Ahora por la ventana de mi cabaña atiendo al ir y venir de los pájaros constantemente acudiendo a saciar su apetito en el comedero que les tengo anclado sobre el álamo negro de enfrente. Últimamente me pregunto si la vida podría ser esto, dormir, hacer un poco de ejercicio, asearse, desayunar, darse un paseo, escribir, contemplar el ir y venir de los pájaros o escuchar a las oropéndolas que últimamente visitan nuestro pequeño bosque. Me lo pregunto con una mezcla de satisfacción y tristeza. Satisfacción porque es una vida no exenta de bienestar y también tristeza, tristeza porque es imposible dar por acabada esa otra vida mía de antes de la operación, especialmente esa faceta que me llevaba a vivir en soledad entre los bosques y las montañas.
Ni mi vida ni cuanto hacía tienen que ver con el rigor, que
pareciera un instrumento para medir otras cosas del mundo que sólo tienen que
ver conmigo de un modo tangencial. Uno, aunque viva en el planeta Tierra en la
comunidad de los humanos, tiene una dimensión íntima que en un orden de
prioridades ocupa el primer lugar junto a la familia, los amigos, nosotros mismos y
nuestro mundo interior; y es desde esta dimensión desde donde observamos el
mundo y todas sus circunstancias, un mundo que claramente pierde importancia
cuando nuestra esperanza de vida por cualquier motivo da un bajón.
Quizás esté mezclando churras con merinas; de
ser así la razón es simple: probablemente sea porque el rigor ni es mi fuerte
ni a estas alturas me interesa gran cosa. Digamos que tengo otros asuntos más
importantes en que pensar.

Comparto contigo esa mirada nostálgica y me conmueve tu recuerdo de las montañas y de Julio Villar. Tienes razón: ante las cosas grandes de la vida -la salud, la amistad y el refugio de la naturaleza-, los silogismos pasan a un segundo plano. Al final, no somos más que dos náufragos buscando la misma calma, cada uno a su manera.
ResponderEliminarMe alegra ver que, mientras contemplas a tus milanos, tu mente práctica sigue en plena forma: ese invento de la 'isla de la manduca' rodeada de agua para frenar a las hormigas es, sencillamente, una genialidad de la razón al servicio de la vida. Aunque no deja de tener un ligero toque de selección, siempre presente en nuestras vidas, dado que tu invento se muestra partidario de unos seres vivos pero no de todos. Es exactamente igual que nuestros pensamientos, que también seleccionan unos sesgos de actuación, con la diferencia de que no excluyen a los otros.
Disfruta del pinar, de las oropéndolas y de esa merecida paz.
Pues sí, buenos días, una jornada más por delante y dos hombres que siguen conversando, aquí en el pinar disfrutando de una agradable brisa y pensando cómo construir un recipiente para la comida de los pájaros no accesible a las hormigas, sí, esas grandes cosas de la vida :-), ironías que tanto nos dicen de esa parte de nuestro ser primario, ese que quiso rescatar Rousseau y que despistado en el laberinto de una civilización "avanzada" pierde con tanta facilidad el norte.
ResponderEliminarEn nuestros días es prácticamente imposible intentar aclararse al modo de Thoreau junto a un lago aislado del mundo para encontrar esos resquicios de paz que el hombre necesita para encontrarse a sí mismo. Y evidente el medio y sus ruidos terminan condicionando parte de nuestras vidas.