miércoles, 3 de junio de 2026

Al borde del sendero que termina entre el perejil

 


El Chorrillo, 3 de junio de 2026

(El texto que sigue arranca de algunas reflexiones que me surgieron tras leer el comentario que Enrique Muñiz hacía a mi post de ayer. Incluyo el texto completo del mismo al final de este escrito),

En ocasiones me abruma pensar en esa inmensidad que es el mundo al margen de la razón, y me abruma porque tengo la impresión de que cuando cierro los ojos y trato de adentrarme en ese 0,0001%, que menciona Enrique Muñiz (ver su comentario a mi post anterior que incluyo al final de este texto) todo es una descomunal confusión donde es extremadamente difícil abrirse paso. Esta misma mañana sin más que yo había salido a caminar, gran esfuerzo requirió la cosa, y que a mitad de camino sentado a la sombra de un pinar que recibí una llamada telefónica de mi hija (me había despertado muy sensible y extremadamente apático) y que nada más preguntarme que qué tal estaba, se me añugó algo en la garganta y no pude contestar palabra porque una breve llantina me salió de lo más profundo. De dónde saliera esa llantina, quizás atando cabos podría averiguarlo, más o menos, pero, como escribía ayer citando a Pascal, sigue siendo cierto que el corazón tiene razones que la razón no conoce.

Habituados que estamos a pensar que “todo” lo podemos expresar mediante palabras, como si éstas fueran la panacea del ángel iluminado de la razón; tan seguros estamos que, pobres de nosotros, andamos a cada paso simplificando la vida a unos extremos quasi de mentalidad infantil. Niños somos jugando a las guerras, matándonos unos a otros, haciendo política o teniendo todo el santo día la vista puesta en las subidas o bajadas de los valores en Bolsa.

Impresiones, no más, acaso, derivadas de un estado de conciencia a su vez fermentado por los catalizadores de mis circunstancias. Hablamos, discutimos sobre lo humano o lo divino, estamos seguros de un cerro de cosas, pero cuando entramos en crisis pareciera que el orden de prioridades de nuestros intereses interiores personales se trastocara sustancialmente al punto de invertir nuestra percepción de la realidad y la consideración que ésta pueda merecernos. Intentaré explicarme. Percibimos, pensamos, deseamos en el contexto del momento presente. Sin embargo, cuando se produce una quiebra en ese presente que vivimos, una tormenta en alta mar alrededor de nuestra cáscara de nuez, evidentemente cambiamos de registro; al que se le empieza a quemar la casa abandona de inmediato su programa de televisión favorito y se sumerge en “otro mundo”. Quizás sea ese “otro mundo” en donde en definitiva el camino termina entre el perejil, como insinúa un haiku japonés, al borde de él, donde estos dos mundos se encuentran, aquel de la razón y ese otro de la intuición, ese en el que todo afán de “comprender” se da de narices con la pura realidad de la complejidad del existir.

Bien; salido “del susto existencial”, tu mejor amigo se muere, tú mismo sales del pozo de un oscuro quirófano, el sujeto ya no retorna indemne a su ocupación anterior, sino que ahora lleva consigo una especie de recolocación mental que puede inducirle a cambiar el modo de entender la vida, de manera que lo que ayer ocupaba un primer plano en su mente pase a ocupar un puesto a la cola.

Volviendo al texto de Muñiz, escribe éste al final del mismo que “el empirismo y la intuición socrática se dan la mano: la propia experiencia biológica del ser humano nos demuestra que nuestra mente consciente es profundamente ignorante respecto a todo lo que ocurre a su alrededor y dentro de sí misma”. Yo, hace días, en un estado de semiinconsciencia a las puertas del sueño, creí encontrarme en las cercanías de alguna pequeña verdad que me aseguraba que sólo existen dos verdades, dos realidades; por una parte la realidad del mundo físico, esa realidad biológica que menciona Enrique del 99,99% a la que tenemos acceso a través del conocimiento, y por otra la realidad personal, acaso más importante que aquella otra donde un complejísimo mundo, conciencia, memoria, voluntad, pasiones, donde la capacidad de pensar y la intuición se adentran tanteando con el extremo de su bastón de ciego, significados, concatenaciones, quizás usando como indica Enrique “la consciencia a modo de fina capa superficial que flotara sobre un océano de -él dice procesos automáticos e inaccesibles- y que yo llamaría acaso simplemente inconsciente.

Me resulta muy difícil continuar. Es como estar en la boca de una cueva donde ya a pocos metros de la entrada la oscuridad es absoluta. Intuyes, quieres arrancar algo de sustancia a tu condición de ser, pero todo se disuelve en una impenetrable niebla. Tierra fértil indudablemente pero que no exige razonamientos, sino estados de conciencia que como tierra recién sembrada necesita de la humedad necesaria para que “algo” germine en ella.

 

Comentario de Enrique:

“Sócrates decía "solo sé que no sé nada", y el socarrón le respondía: "¿y cómo lo sabes?".

El bueno de Sócrates funcionaba, a mi parecer, por el principio del empirismo, con lo que, según mi criterio, tenía toda la razón; el que andaba falto de ella era el socarrón. La memoria sensorial (inconsciente y automática) ocupa el 99,9999% de nuestro almacén, mientras que la memoria explícita ocupa el 0,0001%. Con estos datos, Sócrates tenía una base científica perfecta para decir que no sabía nada.

La lógica de Sócrates es aplastante: no tenemos acceso voluntario a ese almacén gigante; no podemos leer los archivos de la memoria sensorial a menos que el cerebro decida filtrar algo hacia la atención consciente. Por lo tanto, cuando Sócrates dice "yo (mi mente consciente) solo sé que no sé nada", está describiendo una realidad biológica: la consciencia es solo una fina capa superficial flotando sobre un océano de procesos automáticos e inaccesibles.

El comentario de "¿cómo sabes que no sabes nada?" comete el error de meter todo en el mismo saco; es un juego de palabras lingüístico, pero una falacia cognitiva. El socarrón asume que "saber" es un interruptor de encendido y apagado (o sabes todo o no sabes nada). Sócrates, mediante la observación de los límites humanos, se da cuenta de la asimetría: lo poco que la mente humana puede asegurar con certeza lógica y consciente es ridículo en comparación con la inmensidad de la realidad. Su afirmación no es un fallo lógico; es un diagnóstico honesto de las limitaciones del pensamiento consciente.

Este argumento demuestra que el empirismo y la intuición socrática se dan la mano: la propia experiencia biológica del ser humano nos demuestra que nuestra mente consciente es profundamente ignorante respecto a todo lo que ocurre a su alrededor y dentro de sí misma”.

 

 


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