Hospital Montepríncipe, 22 de mayo de 2026
Hoy me desperté en un pueblo al norte de Filipinas. Yo había llegado hasta allí para fotografiar las grandes terrazas de arroz de bancales esculpidos en las laderas de las montañas y aquella primera mañana la habitación donde me desperté ofrecía parecido escenario al de la habitación del hospital. Los visillos se movían blandamente, allí eran de organdí, aquí simples estores de fabricación en serie. Sin embargo lo que no distinguía aquel espacio de éste era este sol de invierno bañando la habitación a hora temprana. Allí había un revuelo de gallinas cacareando, aquí un débil tráfico que apenas molesta.
Era como estar en Filipinas, así que intenté ponerme en situación. Me puse la bata, o el camisón, como prefieren llamarlos aquí las enfermeras, y me di una vuelta hasta la terraza. El hospital ocupa una hondonada al norte de Madrid, tan profunda ella que apenas puedo ver Guadarrama o Gredos. Ni con el GPS he logrado orientarme. Así que lo mismo podría estar en Filipinas que en Madrid.
Hace años que no tengo disposición para los grandes viajes, por eso hoy fue casi un milagro despertarme oyendo a los gallos y gallinas de aquel mi viaje a Filipinas. Creo que ganas no me faltarían si me pusiera a ello, pero lo cierto es que es muy difícil luchar contra la inercia de los años. Uno quiere ser joven y vigoroso, pero a la vuelta de la esquina te da una como ésta y ya estás criando malvas en cualquier rincón del mundo. De hecho si hubiera estado de viaje por América o Asia ya estaría bajo tierra. O simplemente si a Victoria no le hubiera dado por darse una vuelta por la parcela a las tantas de la madrugada. Allí me encontró tumbado sobre la tierra totalmente inconsciente.
La insoportable levedad del ser. Kundera. ¡Cuán leve en verdad la vida cuando se la mira de frente! Unos minutos de demora de una ambulancia, un resbalón por una empinada pendiente de hielo, y ya no eres. La vida, algo tan denso, complejo, extremo y sin embargo tan leve.
Bueno, y me adormilé, y vino después la comida y después la siesta y me desperté atontao. Buah, jornadas de hospital que me están empezando a dar dolor de cabeza porque a veces sospecho que la salida de todo esto no está muy clara. He discutido con la familia varias veces la claridad con la que veo, he visto siempre, posibles desenlaces. Creo que mi experiencia con la montaña, accidentes, rescates, situaciones difíciles por las que he pasado, compañeros muertos, pero sobre todo y muy especialmente mi relación con la Naturaleza, la soledad o mis tantas horas de vivacs bajo las estrellas o la lluvia; es decir mi yo envuelto en el líquido amniótico de la vida, han dejado en mí una visión de la vida que acepta con plenitud cuantos regalos he recibido de ella con agradecimiento, pero a lo que se une un estado de ánimo que aceptaría bien una despedida. He contado aquí más de una vez una breve historia que relata en su obra Mi lucha Karl Oven Knausgard. Su hermana había sufrido un infarto y tirada en el suelo de la calle sufrió al mismo tiempo un momento de lucidez. Le contaba días después a su hermano que toda su vida se le había presentado de repente en la mente y que había sentido una felicidad inmensa por el gusto de haber vivido así.
Ejercicio no más para salir de la modorra de después de la siesta. Escribir me cansa, como casi todo lo que hago. Un modo más de salir de esta inmovilidad de hospital que me deja el cuerpo roto.
Tu texto está dejando constancia de una forma de estar en el mundo; hay escritos que hablan de la enfermedad y otros que hablan de la vida. El tuyo pertenece claramente a los segundos: la memoria de los viajes, la montaña, el riesgo, la naturaleza, el tiempo y esa conciencia tan rara de la fragilidad humana que solo poseen quienes han convivido de verdad con ella.
ResponderEliminarExiste una intuición muy potente: cuando uno ha vivido intensamente ciertas situaciones interiores, el mundo entero acaba comunicándose entre sí mediante pequeñas señales: una luz, un ruido, una tela moviéndose.
La posibilidad de desaparecer no suena a derrota ni a dramatismo, sino a alguien que ha mirado muchas veces la vulnerabilidad de cerca y sabe que la vida no pierde valor por ser frágil; quizá lo gana precisamente por eso.
Y, aun así, entre toda esa reflexión, sigue latiendo algo muy humano y muy vivo: las molestias sufridas durante tu ya larga estancia hospitalaria. Hablando desde dentro de la vida y no sobre ella, la sensación que obtengo es que tu escrito no es un ejercicio literario, sino una forma de mantenerte vivo.
"Una forma de estar en el mundo" me recordaba esta tarde ese martillazo con su cincel de Miguel Ángel sobre la estatus recién terminada obra: ¡Habla, gritó!, dice la leyenda.
Eliminar¡¿Por qué ese imperativo? Probablemente porque entre tanta vanidad de vanidades, tanta distracción y ese no darnos cuenta de que estamos viviendo, se nos escapa con frecuencia "el sabor de la cereza" de la vida (Kiarostami). Y entonces la vida nos exige un portazo, un reencuentro con nuestra propia verdad... Que en ningún caso es la verdad del mundo y sus chismorreos. Para estar en el mundo no basta con tocarse las narices.
Un abrazo. La mejoría sigue adelante.