19 de abril de 2026
Se me había jodido el ordenador, y cuando el técnico lo
arregló y ya recuperado el pc del susto, en una rara carpeta que desconocía
apareció el texto que sigue a continuación. Creo que no lo publiqué
anteriormente, así que allá va. Llevo un par de semanas jodidísimo y con una
pierna inflamada como en las pinturas de Botero. Ahora ha remitido bastante y
sólo me queda un respetable bulto en la corva de la rodilla derecha, el
llamado hueco plopíteo, y una debilidad general en toda la pierna. Anoche me
bajó la tensión un montón, un aviso, imagino, y aunque esta mañana casi se
normalizó, decidí tomarme el día de descanso. Fue en estas circunstancias que
apareció de la nada el siguiente texto:
Esta tarde tras la comida me eché en el sillón, cerré
los ojos y traté de morirme, de imaginármelo, digo. El cuerpo termina siendo con
los años como un coche viejo, pierde aceite, arranca al cuarto intento o
continuamente hay que levantar la tapa del motor para revisar y ajustar alguna
pieza, y si no es así no es difícil imaginárselo. Me daba cierta pena, pero en
conjunto la cosa estaba bien, la casa recogida, los asuntos solucionados a
excepción de que nos estamos quedando sin gas y el camión del suministro
difícilmente va a atreverse a meterse por un camino embarrado y lleno de nieve.
Todo en orden, testamento, rosales y frutales podados, nada que hacer para el
que venga detrás. Da gusto tener todo en orden y cerrar los ojos y sentir una
tranquila paz interior. La vida, eso que se nos dio con imprecisa fecha de
caducidad, en la situación de marcharse miraba con tranquila disposición su adiós.
Esta mañana había sellado la tienda que me había venido
de China preparándola para la próxima salida, pero no importaba, daba por bien
empleado el tiempo aunque no fuera a utilizar más la tienda. Pensaba ahora en ese
titular del País en donde la hija de Camus manifestaba algo que en una ocasión
le había dicho su padre, que sólo se aburren los imbéciles, y me sonreía
pensándolo, sintiendo que al menos mi vida no había sido la de un imbécil;
consuelo no vano para alguien que se va a morir y puede al menos disfrutar del
consuelo de habérselas sabido componer. Pero ¡maldita la!, se me había olvidado
silenciar el teléfono y de golpe el aldabonazo de editorial Laertes salió del
móvil. Un escueto email: “No reeditamos libros si ya han sido publicados en
Amazon”. Era la respuesta a unas cuantas ofertas que había hecho el día
anterior a algunas editoriales para publicar dos de mis libros de los últimos viajes.
Peor para ellos, que diría el otro, porque son dos buenos libros que merecerían estar en las
estanterías de las librerías; modestia a parte, por supuesto. De todas formas unos
cuantos libros en los escaparates de librerías no iban a añadir más diversión a
mi vida, y acaso sí algún momento de aburrimiento burocrático. Ahora sí, ya le
he puesto una mordaza al teléfono para que me deje morir en paz.
Me alzó del sillón, tomo un libro; y sí, es una tarde
perfecta para ello. La nieve ha desaparecido algo y sobre los olivos del fondo flota
una liviana niebla. Hemos apagado la calefacción para ahorrar gas en previsión
de que al camionero de Repsol no le de el ánimo para adentrarse en el camino que
lleva a nuestra casa, pero no hace frío. Esta mañana había un revuelo de
pájaros buscando entre los claros de la nieve su sustento, pero ahora reina un
recoleto silencio en los alrededores de nuestra casa. La tarde ni siquiera
invita a leer, embutido en el sosiego de este día de invierno, mi ánimo me
invita incluso a morirme.
Me gusta morirme hoy, aquí en mi cabaña, ese regazo en
donde paso los días mirando al mundo, pensándome, bebiendo el néctar de la vida
con la delectación de quien saborea un buen vino para celebrar esa bonita
existencia que ha llegado a su fin.
Lógicamente, aunque estaba muriéndome, lo que sucedió
es que terminé quedándome sopa y la muerte quedó aparcada para otra ocasión.
Cuando me desperté todo seguía igual, simplemente recordé mi incursión en la
muerte del momento previo y me vinieron a la memoria algunas prácticas del
tantrismo relacionadas con mis reflexiones. No practico el tantrismo, que tiene
cosas excelentes, basta pensar en la manera que tiene esta filosofía en
relación a su modo de entender las cosas del sexo, incluso el ejercicio a que
someten a sus adeptos a permanecer solos junto a un cadáver por un tiempo, creo que es un acierto, algo que viene bien
para contextualizar la vida en un ámbito amplio.

El texto hallado tiene ese aroma a otoño vital, donde la melancolía no pesa, sino que acompaña. Es curioso cómo se empeña el cuerpo en recordarnos que es materia. En tu comparación con los coches, hemos tenido mucha suerte al habernos correspondido un Ferrari, que casi 80 años después seguimos disfrutando.
ResponderEliminarDespués de un período de reflexión sobre tu escrito, entiendo que no es una nota de despedida, sino una declaración de propiedad: la de quien es dueño de su tiempo, de su silencio y de sus recuerdos. Ese quedarse sopa en mitad del ensayo del fin es la respuesta más vitalista posible a la confirmación de que, efectivamente, tienes la casa en orden.