Madrugada del 7 de abril de 2026
A veces cuando me leo, es el caso esta noche con Al arrullo de las cumbres, ese libro que habla de mis 100 vivacs en las cumbres de nuestras montañas, siento un gran cariño por mi vida, por tantas vivencias que he tenido en las montañas. Llevaba un día muy pesimista, no se me iban de la cabeza los constantes crímenes de Estados Unidos, su pandilla de criminales, y las de Israel, y pensando en estas cosas me pasó por la mente la figura del Papa, esta mierda de papa. Ese era el entorno anímico bajo el que pasé una buena parte de tiempo. Al final me puse a escribir un post titulado Este Papa de mierda. Escribí cosas extremadamente duras teniendo en mente sus recientes declaraciones. Manda cojones que después de un mes de asesinatos y destrucción por parte de Israel y Estados Unidos al fin se haya decidido a abrir la boca para decirnos lo malo que son las guerras. Algo le exonera al referirse directamente a Trump. Le pidió que encontrara una “vía de escape” para terminar la guerra. Ninguna recriminación.
Recuerdo que hace semanas, escribí un post sobre ello, decía el Papa entonces que la Santa Sede, Santa Mierda, diría yo, no podía manifestar si lo que sucedía en Gaza era un genocidio o no. Y rezarán, hipócritas de mierda, cada noche sin atreverse mínimamente a llamar a las cosas por su nombre, sin señalar a los culpables. Cristo no necesitó pensárselo dos veces cuando se encontró con los mercaderes del templo. Esta gente, envuelta como está, hablo de la Iglesia Católica, en el boato y la hipocresía, es indigna del Jesús del Evangelio.
Papa-Pilatos, como el anterior, que ante la masacre y las atrocidades del Gobierno Argentino nunca abrió la boca. Más bien parecía confraternizar con el asesino Videla mientras los crímenes se producían ante sus propias narices. Tenía otras ocupaciones obispales en que ocupar su tiempo. Los papas, por su condición y universalidad, están en la mejor posición que se pueda esperar para influir sobre la opinión pública para condenar y parar esta masacre, pero no, ellos a otra cosa, opulencia, fastuosidad, oropeles, y en el trasfondo mostrando sus vergüenzas la pederastia.
Había más, todo fue a la papelera. Tuve que recuperarlo durante el rato de chimenea cuando ya tranquilo me sumergí en la lectura de mi libro. No me parecía justo que viviendo esos dos poderosos sentimientos, el cariño por la propia vida y el de odio por el representante de ese Cristo que me fue tan querido durante la adolescencia y al que el comportamiento del Papa y la Iglesia ultrajan constantemente; no me pareció, decía, que viviendo esos dos sentimientos uno al lado del otro, no diera cuenta de ambos en mi diario. Había leído un par de entradas de dos noches de vivac en el tardío otoño, una en la cumbre de Peñalara y otra en Cabeza de Hierro, una en el 2019 y otra en el 2020. La primera era significativa porque fue esa noche que mi cabeza empezó a darle vueltas a vivaquear en invierno en las cumbres de Guadarrama y Gredos. Dudas, incertidumbre… estaba naciendo uno de los proyectos más bonitos de mi vida. La segunda en Cabeza de Hierro, una noche especialmente hermosa, una noche con rachas de niebla que convertirían la cumbre en un escenario particularmente entrañable, la luna que iba y venía, las luces del llano madrileño apareciendo como bajo un fondo marino, en fin, mi estado de ánimo, esa sensación de plenitud que en ocasiones nos regala la vida.
Soy profundamente ateo pero creo que una parte importante de mi conciencia moral tiene su base en El Evangelio, por eso me chirrían los dientes cuando veo cómo estos sinvergüenzas que rigen los destinos de la Iglesia católica traicionan con su comportamiento, su respaldo a ricos y poderos y su cobardía ilimitada, el mandato de Jesús.

Tu post conecta bien con una crítica clásica: la relación entre la Iglesia y el dinero como fuente de poder e influencia. Desde hace siglos, esa acumulación material ha condicionado su papel moral, generando tensiones entre el mensaje evangélico y la práctica institucional. Ya en Don Quijote de la Mancha, el célebre "con la Iglesia hemos topado" expresa la dificultad y el riesgo de enfrentarse a una institución tan arraigada y poderosa. No es solo una cuestión de fe, sino de estructuras financieras y de autoridad que se protegen a sí mismas, al más puro estilo mafioso. Cuando el dinero y el poder entran en juego, la crítica se vuelve incómoda y hasta peligrosa, porque no se desafía solo una idea, sino todo un sistema económico históricamente consolidado y con ramificaciones a escala mundial.
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