17/03/2026
Me encontraba haciendo un ejercicio de mantenimiento frente a la ventana y entre las ramas de los árboles vi una estrella especialmente brillante. Fue un encuentro un poco especial. Repentinamente se me vino encima un ramalazo de añoranza. Añoranza de estrellas, de noches en las cumbres… esas cosas. Llevo meses con problemas en ambas rodillas que apenas remiten. Un sobresfuerzo en algún momento, algo que hice mal trabajando en la parcela, ni idea qué, pero que desde semanas, quizás meses ha reducido ni movilidad. Primero, después del verano, fue que me hice colono/hortelano, después fue el mal tiempo y enseguida, zas, la jodimos, aunque hubiera querido darme una vuelta por el monte, nanais, naranjas de
Esta noche, cuando descubrí esas estrellas desde mi ventana, se me arremolinaron por dentro un puñado de sensaciones. Mis piernas no remiten, ¿es el principio del fin de esa vieja pasión que me ha tenido atado a la montaña desde mi primera juventud? Últimamente me lo pregunto a diario. Días atrás el traumatólogo mirando los resultados de una resonancia me miró con escepticismo cuando le contaba que lo que quería próximamente era pasar el verano recorriendo montañas. Su mirada por encima de las gafas después de ver aquello y considerar la edad que tengo, era la de quien piensa que está ante un paciente que desbarra.
Ahora miro las llamas de la chimenea. Es medianoche. Pienso en los amigos del Navi, la mayoría de ellos mayores que yo, un grupo en el que a muchos la edad va lastrando al punto de tener que limitar sus salidas a muy moderados paseos por las laderas del Guadarrama. ¿Seré yo ya mismo uno más entre éstos? Recuerdo a aquel violinista al que en mitad de un concierto se le rompió una cuerda. La música quedó interrumpida, pero minutos después el concierto continuó con la cuerda rota. Al finalizar el concierto la sala entera se levantó para aplaudir al violinista. Éste tomó la palabra y dijo escuetamente: “Como la vida misma, hay que seguir tocando con las cuerdas que van quedando”.
Cierto, qué remedio. Sin embargo… Carlos, tras el descenso del Manaslú decía en una entrevista que por primera vez se había dado cuenta de que tenía 86 años. Hasta entonces él había librado un arduo pulso con la edad, había dilatado con mucho esfuerzo y entrenamiento durante muchos años ese “todavía se puede” y había llegado la hora de moderar discretamente lo que su pasión le pedía con tanta fuerza. Ahora, desde que me ausenté de las redes no sé nada de él, aunque sí le imagino dándole a la traca con su amigo Pedro Mateo en el rocódromo, en la Pedriza o donde sea. Carlos me lleva nueve años y durante mucho tiempo me pareció la mejor referencia para saber lo que podría dar mi cuerpo de sí. Tener un buen referente te ayuda a ponerte a ti mismo el listón a la altura de tus deseos. No es que esté ya para que me metan en una residencia :-), pero esta situación por la que paso desde hace meses me deja un poco tocado del ala. Caminar durante casi tres meses por Alpes está empezando a rondarme por dentro como algo acaso, quizás, probablemente… algo difícil de sostenerse.
Sí, esta noche esas estrellas tras los cristales de mi ventana, que tantas veces he contemplado desde la rendija de mi saco de dormir en los vivacs de altura, llaman levemente, discretamente, a las puertas de mi añoranza.

La añoranza es el precio de haber vivido intensamente. Sentir que el cuerpo falla es una batalla nueva, pero no significa que el viaje haya terminado, sino que ahora toca viajar con más sabiduría y menos prisa.
ResponderEliminarEse médico lo que tiene es envidia de ti: que, con tu edad, tengas planes más emocionantes que los suyos. Lógicamente, le cabrea. Tener 77 años y seguir pensando en travesías por los Alpes durante tantos días es una señal de que tu espíritu está intacto. Las rodillas son solo bisagras, pero la CPU "es decir, el motor" sigue siendo el tuyo.
Ánimo: de aquí a cuatro meses, con toda seguridad, estarás disponible.