miércoles, 4 de marzo de 2026

Simone Weil, la gravedad y la gracia

 



5//3/2026

Quizás una de las razones verdaderamente prácticas de persistir en la escritura, y me lo digo ahora que mis ganas de hacerlo están a la baja, sea no sólo tratar de comprender la realidad, la raíz de nuestros actos, nuestras tendencias más propias, sino, y sobre todo sea tratar de encontrar el camino que conduce, tras la comprensión de algunos aspectos de nuestro vivir, a un comportamiento que nos eleve por encima de la gravedad hacia la gracia.

Fue en este punto de la gravedad y la gracia en donde me detuve en la lectura del libro que leía. Su título, sí, La gravedad y la gracia. La idea nada más comenzar el primer capítulo es tremendamente sugeridora. Escribe Simone Weil que todos los movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción la constituye la gracia. Para ella toda la mecánica del bien y del mal puede resumirse en dos fuerzas: la gravedad y la gracia.

Vamos por partes. La gravedad para Simone Weil. En física, la gravedad es la fuerza que hace que todo cuerpo caiga hacia abajo, que nada ascienda sin un esfuerzo que venza esa atracción. Weil dice: lo mismo ocurre en el alma humana. Existe una gravedad espiritual que hace que el ser humano, abandonado a sí mismo, caiga siempre hacia abajo. No hacia abajo físicamente, sino hacia: el egoísmo, la venganza, la búsqueda de poder, la compensación del sufrimiento propio haciendo sufrir a otros, la mentira, la mediocridad moral. Todo esto es gravedad: la tendencia natural del alma a dejarse arrastrar por su propio peso hacia lo más bajo. Weil formula algo brutal pero que ella observó personalmente en fábricas, en la guerra y en la historia: “El hombre, por naturaleza, no hace el bien. Cae” .

La gracia. ¿Qué es lo que hace posible que el hombre pueda zafarse de esa gravedad persistente que es el sino de toda vida, ese caer constante en el egoísmo, la venganza, la búsqueda de poder, etc.? Weil contesta que la gracia. 

La gracia. ¿Qué es la gracia? Si la gravedad lo explica todo, si cada movimiento natural del alma cae hacia abajo, hacia el egoísmo, la venganza, la compensación, entonces surge una pregunta inevitable: ¿Cómo es posible que a veces el ser humano haga el bien de verdad, ese bien que no busca recompensa, el que incluso cuesta, el bien que nadie verá, el bien hecho hacia alguien que no puede devolver nada? Eso necesita otra fuerza. Y esa fuerza, explica Weil, es la gracia.

En un primer instante esa palabra, gracia, dibujó en mi mente de ateo una interrogación. ¿Qué coño sería eso de la gracia? Siendo Simone Weil, creyente, aunque creyente atípica, en este punto seguí la lectura con cierta circunspección. Para Weil la gracia es algo que viene de fuera del sistema natural del alma. Un alma llena de sí misma, de sus opiniones, de sus deseos, de su ego, no puede recibir la gracia. Es una cuestión mecánica, no puede recibir la gracia porque no hay espacio, la gracia llega pero no encuentra donde entrar. Dice Weil que la gracia es posible porque Dios dejó un espacio vacío en la realidad al crear el mundo. Desde la perspectiva de un no creyente, que entiende la necesidad de ese vacío como una experiencia en donde puede germinar algo esencial que se oponga a la gravedad, la gracia seria lo que puede acontecer cuando consigues vaciarte creando en ti ese espacio de silencio, de espera, de atención. Esta idea me recordaba algo que escuché ayer en una entrevista a Harari, el autor de Homo sapiens y Nexus. Decía que él dedica diariamente dos horas a la meditación. A eso me sonaba ese vaciamiento de que habla Weil.

El vaciamiento no es la gracia sino la condición para que la gracia actúe oponiéndose a la gravedad y todo lo que ella significa. En este punto recordé una idea que me es cara y que pertenece a Brancusi, el escultor. Decía Brancusi que en el proceso de creación no es buena actitud el empeñarse con el solo esfuerzo de la voluntad  en crear algo, que la condición básica consiste en ponerse en disposición de… ergo, vaciarse, meditar, hacer nada. No puedes producir la obra. No puedes producir la gracia. Pero puedes crear las condiciones. Y llevando esta idea a mi experiencia personal, con lo que enseguida me encontré fue con el silencio y la soledad de las montañas, con los vivacs en las alturas, con las largas horas de convivencia en medio de la Naturaleza. Cuando se vivaquea en una cumbre te encuentras entre dos mundos, el que está más allá de lo humano, el firmamento estrellado, y lo humano, esas luces que desde la Maliciosa o la Cuerda Larga que aparecen, relativizadas, con la fuerza de una muy especial percepción de la humanidad que duerme o transita en la noche sobre el llano. Allí arriba ya no estás en ese mundo, tu estancia allí ha producido en ti un vaciamiento que acaso es favorable a la llegada de la gracia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


2 comentarios:

  1. Glosar la inquietud social de la tísica dicho esto sin ninguna carga peyorativa, pues así se denominaba su enfermedad en el siglo XIX y a comienzos del XX permite comprender mejor la intensidad de una vida que la enfermedad truncó demasiado pronto, llevándola a la muerte a la temprana edad de 34 años.
    Su activismo político no deja lugar a dudas sobre su compromiso moral y ético: una defensora a ultranza de la revolución como remedio a los males que aquejan a la humanidad.
    En el plano filosófico, es una alumna aventajada de Don Miguel. Las explicaciones que aportas de su libro La gravedad y la gracia, para una mente básica como la mía, hacen que me disperse por esas cumbres serranas por las que tú vivaqueas.

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    1. Para mí ha sido un descubrimiento esta mujer, de la que no había leído nada. Una lectura básica que debería haber hecho hace muchos años. Esas ideas que tanto contribuyen al crecimiento personal porque alumbrando en lo complejo nos lo hace más accesible. Sus ideas sobre la atención, la gravedad y la gracia son un buen punto de apoyo para comprender una realidad más global.

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