jueves, 5 de febrero de 2026

Mañana de viento y lluvia

 



5/02/2025

El ulular del viento rodea mi cabaña. Lo hizo durante toda la noche. El eucalipto de enfrente, quizás treinta metros de altura, se mueve imponente, solemne. Lo amarré en su último tercio con dos vueltas de un cable de acero de un centímetro de diámetro, pero aún así me sigue infundiendo respeto. De todos modos es hermoso este viento, su fuerza capaz de doblegar la cerviz a los mares y a los árboles. Fuerza primigenia que cómo no siempre termina recordándome algunos de mis encuentros con él y la tormenta  mientras metido en mi pequeña tienda en algún alto paraje de los Alpes vivía aquellos momentos con una inquietud íntimamente emparejada con la certeza de estar viviendo uno de los momentos más plenos de mi vida.

Esta noche dormí con los tapones de cera en los oídos, me sumergí en el sueño, hoy también, con una pizca de inquietud a sabiendas de que los árboles con los que vivo en íntima relación desde hace un tiempo, podrían doblegarse ante la violencia del viento y caer sobre el tejado de mi cabaña. Meteoblue daba vientos de hasta 92 kms/hora.

Días atrás sentí cierta urgencia de poner por escrito cuáles podrían ser mis principales empeños de aquí al momento de mi encuentro con la Parca y resultó que mantener una íntima relación con la Tierra y sus habitantes se encontraba en tercer lugar, una idea amplia que opera en mí a modo de quien descubre tardiamente un amor soterrado que, habiéndose expresado desde muy joven a través de mi relación con la naturaleza, y en especial con la montaña, en este momento se profundiza en el inmediato entorno en que vivo ayudado muy de cerca por la rica experiencia de mi contacto con los montes.

Vivir la cercanía de los árboles, las plantas o los pájaros, y en esta época el despuntar de las vidas que he inseminado a través de semillas de muchas especies o de plantas que van naciendo espontáneamente sobre la capa de estiércol que esparcí el pasado mes de septiembre, incentivan una relación cercana, al punto de que cuando contemplo esta mañana esta pequeña debacle de árboles en movimiento al ritmo que marcan los vientos, algo de mi ánimo les acompaña. Álamos del río, conmigo vais, mi corazón os lleva…

Ahora la lluvia golpea sobre los cristales. Grandes chorreones descienden perezosamente sobre el cristal. Pero ni siquiera los gorriones y carboneros se arredran ante el temporal. Agarrados a la esfera de hierro que contiene su manduca o subidos al comedero, ajenos a la lluvia y al viento, vienen a picotear constantemente su alimento. En la parcela se han formado grandes charcos sobre los que asoman un incipiente césped y matas aisladas de violetas (viola odorata). En los bancales, donde planté infinidad de semillas de diferentes especies de flores y bulbos, han empezado a crecer otras muchas plantas, plantas que hasta ahora consideraba malas hierbas y que a partir de mi nueva relación con todo lo que pueda nacer en nuestra parcela, convertiré en objeto de mi estudio intentando en lo posible compatibilizar la vegetación autóctona con la nueva vegetación que yo pueda ir incorporando.

El viento, la lluvia, el sol, todos los seres vivos que habitan nuestra parcela deberían formar un todo, digo deberían porque todavía estoy en estado de buena esperanza :-), que mi ánimo acoja como si de una heterogénea familia se tratara. Ajá, el petirrojo, al que nunca había visto acercarse al comedero de los pájaros, ahí está también en este momento. Sería feliz si algún día estas criaturas se volvieran menos asustadizas. Las tengo enfrente todo el día a una distancia de cinco o seis metros, pero en cuanto detectan un pequeño ruido, un movimiento por mi parte, pies para qué os quiero…

La razón de mi acercamiento a la escritura esta mañana viene de la mano precisamente del viento y la lluvia que me obligaron a cobijarme en la cabaña, pero también favorecida por el deseo de alejarme de las cosas del mundo. Llevo unas semanas que dedico excesivo tiempo a las noticias y a los analistas políticos internacionales. Anoche, leyendo El museo de la inocencia, de Pamuk, subrayé una idea que me llamó la atención por lo que encerraba de perversa. Escribe el protagonista: “Tenía la sensación, de que poseía una armadura invisible que desde los veinte años me protegía de todo tipo de problemas y desdichas. Parte de esa sensación me hacía intuir que, si le prestaba demasiada atención a las desgracias de los demás, también a mí me harían desgraciado y que podrían perforar mi armadura”. Los problemas y las desdichas del mundo son efectivamente en ocasiones un peso excesivo del que profilácticamente convendría zafarse de tanto en tanto.

De tanto en tanto, digo, porque en caso contrario uno puede quedar expuesto a los excesos del mundo. De ahí que cultivar el propio huerto (Cándido, Voltaire) sea el complemento imprescindible de nuestra totalidad como personas. Y hoy, más que nunca, cuando la edad nos va aclarando en qué consiste esto de la vida, descubrir en el viento y los árboles una parte de la sustancia de lo que somos, viento, lluvia, montañas, tormenta, mar, mis queridos amigos los carboneros, los petirrojos o los gorriones, deja un poso de satisfacción en esta mañana de contemplación.

 

 


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