5/02/2025
El ulular del viento rodea mi cabaña. Lo hizo durante toda
la noche. El eucalipto de enfrente, quizás treinta metros de altura, se mueve
imponente, solemne. Lo amarré en su último tercio con dos vueltas de un cable
de acero de un centímetro de diámetro, pero aún así me sigue infundiendo
respeto. De todos modos es hermoso este viento, su fuerza capaz de doblegar la
cerviz a los mares y a los árboles. Fuerza primigenia que cómo no siempre
termina recordándome algunos de mis encuentros con él y la tormenta mientras metido en mi pequeña tienda en algún
alto paraje de los Alpes vivía aquellos momentos con una inquietud íntimamente
emparejada con la certeza de estar viviendo uno de los momentos más plenos de
mi vida.
Esta noche dormí con los tapones de cera en los oídos, me
sumergí en el sueño, hoy también, con una pizca de inquietud a sabiendas de que
los árboles con los que vivo en íntima relación desde hace un tiempo, podrían
doblegarse ante la violencia del viento y caer sobre el tejado de mi cabaña.
Meteoblue daba vientos de hasta 92 kms/hora.
Días atrás sentí cierta urgencia de poner por escrito
cuáles podrían ser mis principales empeños de aquí al momento de mi encuentro
con
Vivir la cercanía de los árboles, las plantas o los
pájaros, y en esta época el despuntar de las vidas que he inseminado a través
de semillas de muchas especies o de plantas que van naciendo espontáneamente sobre
la capa de estiércol que esparcí el pasado mes de septiembre, incentivan una
relación cercana, al punto de que cuando contemplo esta mañana esta pequeña
debacle de árboles en movimiento al ritmo que marcan los vientos, algo de mi
ánimo les acompaña. Álamos del río,
conmigo vais, mi corazón os lleva…
Ahora la lluvia golpea sobre los cristales. Grandes
chorreones descienden perezosamente sobre el cristal. Pero ni siquiera los
gorriones y carboneros se arredran ante el temporal. Agarrados a la esfera de
hierro que contiene su manduca o subidos al comedero, ajenos a la lluvia y al
viento, vienen a picotear constantemente su alimento. En la parcela se han
formado grandes charcos sobre los que asoman un incipiente césped y matas
aisladas de violetas (viola odorata).
En los bancales, donde planté infinidad de semillas de diferentes especies de
flores y bulbos, han empezado a crecer otras muchas plantas, plantas que hasta
ahora consideraba malas hierbas y que
a partir de mi nueva relación con todo lo que pueda nacer en nuestra parcela, convertiré
en objeto de mi estudio intentando en lo posible compatibilizar la vegetación
autóctona con la nueva vegetación que yo pueda ir incorporando.
El viento, la lluvia, el sol, todos los seres vivos que
habitan nuestra parcela deberían formar un todo, digo deberían porque todavía
estoy en estado de buena esperanza :-), que mi ánimo acoja como si de una
heterogénea familia se tratara. Ajá, el petirrojo, al que nunca había visto
acercarse al comedero de los pájaros, ahí está también en este momento. Sería
feliz si algún día estas criaturas se volvieran menos asustadizas. Las tengo
enfrente todo el día a una distancia de cinco o seis metros, pero en cuanto
detectan un pequeño ruido, un movimiento por mi parte, pies para qué os quiero…
La razón de mi acercamiento a la escritura esta mañana
viene de la mano precisamente del viento y la lluvia que me obligaron a
cobijarme en la cabaña, pero también favorecida por el deseo de alejarme de las
cosas del mundo. Llevo unas semanas que dedico excesivo tiempo a las noticias y
a los analistas políticos internacionales. Anoche, leyendo El museo de la inocencia, de Pamuk, subrayé una idea que me llamó
la atención por lo que encerraba de perversa. Escribe el protagonista: “Tenía la sensación, de que poseía una armadura
invisible que desde los veinte años me protegía de todo tipo de problemas y
desdichas. Parte de esa sensación me hacía intuir que, si le prestaba demasiada
atención a las desgracias de los demás, también a mí me harían desgraciado y
que podrían perforar mi armadura”. Los problemas y las desdichas del mundo son
efectivamente en ocasiones un peso excesivo del que profilácticamente
convendría zafarse de tanto en tanto.
De
tanto en tanto, digo, porque en caso contrario uno puede quedar expuesto a los
excesos del mundo. De ahí que cultivar el propio huerto (Cándido, Voltaire) sea el complemento imprescindible de nuestra
totalidad como personas. Y hoy, más que nunca, cuando la edad nos va aclarando
en qué consiste esto de la vida, descubrir en el viento y los árboles una parte
de la sustancia de lo que somos, viento, lluvia, montañas, tormenta, mar, mis
queridos amigos los carboneros, los petirrojos o los gorriones, deja un poso de
satisfacción en esta mañana de contemplación.

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