viernes, 25 de marzo de 2022

¿La muerte de la novela?

 


El Chorrillo, 25 de marzo de 2022

Empiezo a escribir movido por la lectura de un artículo de Gustavo Catalán que hablaba de la muerte de la novela, que aparece en su blog Contar es vivir (te), una premonición, el título, quiero decir que, como aquellas que han augurado tantas veces el advenimiento del fin del mundo, no deja de ser otra cosa que ociosas especulaciones. Cita Gustavo a Flaubert, que mantenía que la novela posterior a su época se sostendría “por la fuerza interior de su estilo”, siendo el tema –añadía- cuestión menor. Aparte la cuestión de la posible implicación de las editoriales en esa supuesta muerte, frecuentemente auspiciada por criterios de selección que más ponen su mirada en los beneficios que pueda reportar determinado título que en la calidad de los mismos, se me ocurre que de muerte nada, que son tantas las posibilidades, no sólo temáticas como de estilo, y para ello bastaría echar un vistazo a la historia de la literatura desde el mismo Gilgamesh o la Biblia hasta el Ulises o Faulkner, que intuyo que queda para rato, probablemente para mucho más de lo que dure este planeta.

Así que lo que habría que hacer de primeras es dar rienda suelta a la creatividad, veré más tarde si puedo introducir aquí un tema que surgió esta mañana relacionado con ella en una charla con el amigo Néstor, y para ello habría que empezar por encarar el monopolio que mantienen las editoriales sobre la producción de libros buscando un sistema en donde los intermediarios, ellos mismos, dejen de ser el exclusivo cauce para publicar un libro.

La democratización, la posibilidad de que cualquiera pueda publicar hace de la literatura una incógnita que sólo podrá resolverse cuando se encuentre un modo de llegar al público sin necesidad de que medie otra cosa que el puro aire, algo así como la posibilidad de que puedas comprar directamente los tomates a cualquier hortelano del mundo sin necesidad de pasar por la compleja cadena de la logística y los intermediarios, que puedas vender tu trabajo, tu novela, tu artículo, tu ensayo sin pasar por revistas, periódicos o editoriales. No sé si eso sería la cuadratura del círculo. En un planeta habitado por siete mil millones de posibles lectores ¿cómo sería posible acceder a ellos entre la abrumadora competencia de miles, millones de posibles obras producidas en todo el mundo? ¿Cómo se decantaría la calidad, la obra maestra, o simplemente de calidad, en medio de una abrumadora producción? Hasta ahora ello se produce a través de un sistema que acaso sea el menos malo de todos hasta hoy, las editoriales criban y atienden de desigual modo a la producción de obras, muchas, las mayoría, guiadas por el interés económico, que contribuyen a promocionar obras pero que dejan, han dejado fuera del alcance del público títulos que hoy consideramos maestras y que los autores no pudieron ver publicadas en vida. Ejemplos notorios los hay en la historia de la literatura; lo es el caso de Kafka o Malcolm Lowry que nunca pudieron ver sus obras en los escaparates de las librerías. En el mundo del arte sucede otro tanto; Van Gogh vivía de una manera miserable por falta de recursos. Hoy por la venta de sólo uno de sus cuadros podría vivir cómodamente cinco vidas consecutivas sin dar palo al agua.

Así las cosas, las editoriales pueden ser tanto un obstáculo como un medio de llegar al público. Obstáculo porque sus objetivos, generalmente económicos, pueden no llevarse bien con la calidad y con los materiales de autores menos vendibles. Con las nuevas tecnologías y la posibilidad de publicar un libro en cosa de unos minutos en una de las muchas plataformas que existen, el problema central es el mismo que el que se plantea a la hora de poner un producto a la venta: ¿cómo hacer llegar a conocimiento del público un nuevo modelo de teléfono, una novela, un detergente? ¿Se pueden meter en parecido saco productos tan heterogéneos? Llegar al público, que conozcan lo que produces… a través de esa peste que es la publicidad, que tanto molesta en Internet o las redes sociales, pero que se impone como único  recurso de acceso… O simplemente a través de las redes sociales, lo que supone la necesidad de atiborrarse a seguidores y machacarlos inocuamente con “tus producciones”… Todo un enigma.

Librarse de las editoriales a fin de poder trabajar sin ningún tipo de condicionamiento, guiado por tu creatividad, tus intuiciones o el buen hacer de la escritura, podría ser un objetivo interesante para ganar en autonomía y libertad. Desconozco el perfil concreto de ese concepto que llamamos estilo, no sabría decir en qué consiste exactamente, pero sí puedo decir con toda seguridad que el estilo de Faulkner, el de Proust, el de Malcolm Lowry, Joseph Conrad, Kakfa, Joyce o incluso Juan Benet, que decía de algunos de sus escritos que eran farragosos y un latazo, son todos ellos un aliciente para explorar las nuevas tierras de la narrativa.

Y cambio de asunto. Ahora, visto que tanto el estilo como los temas pueden ser infinitos, lo que tenemos delante es un fantástico mundo por crear y lo que se impone primero, al decir de Brancousi, es ponerse en situación: “Ce qui est difficile ce n’est pas de faire, mais de se mettre dans l’état de faire” (repetí esta sugeridora cita tantas, tantas veces…). Situarse en las circunstancias propicias a la creación, eso que el amigo Néstor llama “la mirada contemplativa”. Y si tienes la suerte de que te visita un ángel, una idea, ten a mano bolígrafo y papel y no dejes de tomar nota de ello. Nunca tires o te deshagas de las ideas, me aconseja Néstor, guárdalas, pégalas en la pared y pasados unos días, cuando las vuelvas a ver y a analizar, podrás apreciar que aquello puede formar parte de un nuevo proyecto. Boceta cuanto te venga a la mente, continúa Néstor, lo guardas y pasado un tiempo, oh, sorpresa, eso escrito despierta a otras posibles ideas.

Mi profe de Historia en la escuela de magisterio, doña Micaela, mantenía que la evolución de la humanidad tuvo lugar a través del invento y desarrollo de las herramientas, elementos que permitían al hombre mejorar sus condiciones de vida. Por ahí andaban mis pensamientos cuando me encontré con las palabras de Néstor. Si algo nos distingue del resto de los seres vivientes de este planeta es la capacidad de crear, eso que bulle dentro de nosotros y que genera una inquietud interna capaz de hacerte vivir esa extraña sensación, que dice Néstor, que hace que te olvides de ti mismo, de dónde estás y de quién eres.

El día que al hombre se le agoten las ganas, la posibilidad de crear, apaga y vámonos. Pienso que esa “fuerza interior”, de Flaubert, el “mundo interior” de Conrad, son universos infinitos que seguirán germinando sobre la tierra y de los que, a Dios gracias, nos seguiremos nutriendo en tanto este planeta no salte por los aires, cosa nada improbable tal como están los tiempos. º


2 comentarios:

  1. Muy interesante, pero no he solucionado mis múltiples dudas que, intuyo, son también las tuyas. Pero bueno: dudar parece ser un síntoma de madurez, y no sólo corporal, espero... Un abrazo

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    1. Mal nos irá el día en que se nos acaben las dudas... Un abrazo.

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