martes, 3 de diciembre de 2013

Woody Allen



El Chorrillo, 03/12/2013

Lo que me faltaba esta noche para volver a seguir dándole cuerda al mismo tema, la película de después de la cena, Recuerdo de una estrella, de Woody Allen. Viéndola hoy en el atractivo blanco y negro de décadas atrás, me pareció que el film y yo estábamos en sintonía y que hablábamos de la misma cosa en medios diferentes. A este personaje, reiterativo en sus temas y en sus ideas como no lo ha sido ningún director de cine nunca, le cabe la gloria de haber estado produciendo desde que empezó a hacer cine siempre la misma película, sin que las decenas de variaciones sobre el mismo tema, ya en algún momento de la película su personaje hace un chiste adecuado cuando manifiesta haber creído que las Variaciones Goldberg se referían a una conocida pareja de enamorados; siempre la misma película sin que las variaciones sobre el mismo tema, decía, hayan traído consigo una disminución de su popularidad o la calidad de su cine. Un tío que explota hasta la saciedad un asunto durante décadas, siendo además el protagonista de esos mismos temas, o es un genio o sus películas tienen en sí un algo que el común de los espectadores  ve reflejado en sus sueños hasta el punto de acudir a ver sus films movidos por la sorpresa de verse sorprendido in fraganti en las buen humoradas redes de un tipo con apariencia de despistado, el mismo Woody Allen, que se las apaña para poner en imágenes el lado cómico de nuestras pasiones más apreciadas.
Cuando veo una película de Woody Allen siempre me produce un leve alivio encontrar en ellas ese trozo de "normalidad" que uno rastrea por la calle a veces inútilmente sin encontrarlo más que escasísimas circunstancias. Cada vez nos acostumbramos más a estas cosas, pero aún queda tela marinera para que ellas adquieran estatus de asunto corriente. De ahí saca el tajo Woody Allen, al tener la posibilidad de hacer siempre el cine que le ha venido en gana y, sintiéndose inclinado a hacer de su producción fílmica la exploración de sí mismo y su entorno inmediato, consigue que sus películas sigan enganchando un numeroso público que ve con gusto reflejado en sus obras las escondidas aspiraciones que la moral al uso o los hábitos culturales siguen encerrando en la interioridad de una alcoba.
El modo en cómo juega en esta película el rol de inocente y genial director de cine sobre el fondo del público que le rodea una y otra vez, burlándose de continuo de sí mismo e ironizando sobre los demás, pero manteniendo el hilo conductor de su obsesión tras el perfume del rastro de una mujer ahora y otra diferente a los cinco minutos, sin dejar por eso de querer a la primera, a la segunda o a la enésima, me recuerda los trabajos de investigación de algunos sexólogos que siguen el rastro del comportamiento sexual humano intentando averiguar las raíces del abanico de comportamientos que se dan entre uno y otro extremo, la promiscuidad en uno de ellos y la pareja monógama en el otro. Es una historia intrigante y en zoología hay ejemplos para todos los comportamientos. Uno entre tantos una especie de ratones que viven por encima de los mil quinientos metros en alguna zona de Estados Unidos y que se aparean indistintamente con cualquier hembra, y otros de la misma clase que, aclimatados a vivir mil metros más abajo que sus hermanos de las alturas, son totalmente monógamos. Entre los humanos también se encuentra un abanico de hábitos sexuales similares, sólo que en nosotros las diferencias no se percibe que tengan que ver con la altura o el espacio, todo parece centrarse en la fuerza que la cultura, la religión o los hábitos de una sociedad concreta han ejercido sobre las personas para conformar la conducta de éstas a una norma o a una ideología. Sin embargo, esa presión social cada vez hace más agua y poco a poco vamos aceptando que las inclinaciones que determinan nuestra biología terminarán en algún momento por abrirse paso en la lógica de una moral que a la fuerza deberá cambiar el modo de acercarse a la realidad.
Ese es el terreno en el que juegan la mayoría de las películas de Woody Allen, y no poco de su éxito se debe precisamente a hecho de crear argumentos en esa tierra de nadie en donde los hábitos y la moral se tropiezan reiterativamente con la vieja carcasa de la biología que pide su ración de amor, de ternura o simplemente su parte de festín sexual sin la necesidad de tener que atender obligatoriamente a las convenciones de otros siglos. El encuentro entre el deseo y las aspiraciones del personaje Allen con el ambiente corriente de la calle es un choque divertido que nos hace gracia porque expresa precisamente la racionalidad de la proximidad entre el apremio y el formalismo que reina en el medio urbano corriente. Esa divertida escena de su película Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar, por ejemplo en la arman un follón de mil diablos intentando echar un polvo en los pasillos de un supermercado, es una muestra de la gracia que puede hacernos ver transportados aburridas escenas de alcoba al ámbito novedoso del interior de un concurrido centro comercial.

Para quienes piensan que situaciones así podrían degenerar en barbarie en una sociedad, Woody Allen ofrece un muestrario de comportamientos que nada tiene que ver con dejación moral o la barbarie, todo lo contrario, y es otra aportación importante en sus obras, no hay película en la que no aflore, entre toda esa desmadradas ganas de cortejar y llevarse a la cama a cada mujer bonita que se cruza en su camino, una buena tajada de ternura. Sentimiento de amor al que le cuesta aterrizar exclusivamente en unos brazos y en una cama, pero que mantiene su esencia en medio de toda esa barahúnda de llamados que recibimos constantemente desde nuestra biología al contacto con la sustancia femenina. Entiendo que a Woody Allen habría que colocarle dentro de la plantilla de los investigadores que se han dedicado a trabajar en desentrañar el comportamiento humano.

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