El Chorrillo, 23 de diciembre
Por un lado y otro se me acumulan los temas, y no sé qué hacer. Ya dije hace poco que en ocasiones me aburre este monólogo que asume mi blog desde hace tantos años, cartas como enviadas desde el exilio voluntario de mi cabaña adonde los ruidos del mundo llegan como en sordina amortiguados por el bosque de las acacias y los olmos que rodean mi choza, pero que leo con gusto a los pocos días como si de una correspondencia lejana se tratara.
Por cierto, y hablando de correspondencia, ayer noche vi una película de animación, como dicen ahora, con la que a punto estuvieron mis ojos de sucumbir a la tentación de bañarse en un charquillo de lágrimas, Mary and Max,de Adam Elliot. La cosa no era para tanto, pero pudo haber sido, esa clase de asuntos que, lejos de la parafernalia de la mass media, ocupan a las almas sensibles como si en ello les fuera la vida. Una niña solitaria en algún lugar de Australia y un devorador de chocolate aislado en la misantropía de un oscuro piso de Nueva York. Yo no estoy tan seguro de que los grandes problemas sociales y políticos, con ser abultados y proclives a ocupar la mayor parte de las páginas de los periódicos, sean en sí mucho más importantes de lo que sucede en el pequeño corazón de una niña o en el ánimo de un anciano aquejado de agorafobia. Es de cajón que las decisiones en el ámbito de los asuntos políticos y económicos afectan a todo hijo de vecino en una medida a veces dramática, pero no se trata de establecer un criterio comparativo, simplemente sería conveniente dejar claro que aquello que pertenece significativamente al ámbito de lo personal y tiene que ver con nuestra relación con los otros o con el medio en que vivimos, es un asunto prioritario que frecuentemente puede verse indebidamente arrinconado en el desván frente al abultado desmadre de los asuntos públicos de un país. Un ejemplo tonto para intentar aproximarme a lo que digo: Felipe González, un político notorio en nuestra vida pública. Me pregunto por el estado de su vida privada. La última vez que leí una entrevista que le hicieron en El País vivía sólo en alguna calle de Madrid, sus hijos debían de andar por ahí, cuando gobernaba alguno andaba por Estados Unidos, los veía de higos a brevas; después se divorció; su buena relación con su mujer durante las campañas electorales quizás fuera un montaje destinado a engrosar las urnas; decía en la entrevista gustar de hacer bricolaje, se iba a casa de un amigo cuando era el caso fabricar algo. A este señor de tanto en tanto se le ve aparecer en la prensa hablando de esto y de lo otro, siempre temas políticos. También anda por ahí muy solicitado con conferencias y demás, es una voz respetada en la vida política nacional. Ahora creo que gana mucha pasta, ya no es un descamisao. Cuando alguna vez le he visto en la prensa siempre me ha producido una cierta pena. Probablemente tan ocupado ha estado siempre por los asuntos públicos que se olvidó de atender debidamente a asuntos personales, esos que llenan precisamente los cuerpos de los protagonistas de mi película: Max y Mary.
Habría que leer más a Saint Exupery y a su Principito, para intentar aproximarse al precioso mundo que tenemos al alcance de la mano y descubrir en él la mina en donde trabajar a diario sin que nos distraigan excesivamente las páginas de los diarios. El mundo próximo, el humor de tu gato, el riego de los geránios, tu pareja, tus hijos, los amigos, el universo de tus propios pensamientos y sentimientos. Los valores están tergiversadamente invertidos y andamos un poco locos, de ahí que hacer hincapié en el universo de lo cercano, aunque a esto no pueda llamársele compromiso social. Recordad si no las palabras del inolvidable Principito,y que hace días reencontré en el muro de Jorge Túa: "Las personas mayores son así. Cuando les dices: me he comprado una hermosa casa, con palomas en el tejado y flores en las ventanas, jamás acertarán a imaginársela. Hay que decirles: me he comprado una casa de un millón de francos; entonces dirán: ¡qué bonita! Cuando les presentáis un nuevo amigo, jamás os preguntarán por el color de sus ojos, por el tono de su voz, por los juegos que prefiere o si colecciona o no mariposas. Mas bien os preguntarán: en qué trabaja su papá?” Igualmente podría traer aquí la cita de Thoreau que utiliza Cive Pérez en un comentario a mi post Tristram Shandy a la vista: "Si un hombre pasea por los bosques, por amor a ellos, la mitad de cada día, corre el riesgo de que le consideren un holgazán; pero si se pasa todo el día especulando, cortando esos bosques y dejando la tierra desnuda, se le aprecia como ciudadano laborioso y emprendedor". Una ligera corrección del punto de mira de la realidad quizás pueda ayudar a poner las cosas en su sitio.
De todas maneras Cive Pérez descompone un tanto la tranquilidad de mi torre de cristal al final de su comentario cuando alude a que el compromiso social no le ha dejado tiempo para pasear por los bosques tanto como hubiera deseado, tanto, por ejemplo, como hago yo o como hizo Thoreau durante una larga temporada. Vamos, que cuando leo a Cive hablar del compromiso social mientras yo me veo zascandileando todo el año por las tierras de España, un poco de rubor sí se me sube a las mejillas; aunque sólo sea porque uno siempre fue un puñetero rebelde, ante una realidad global frente a la cual quiere levantar un muro que evite la alteración de su sistema nervioso, no se siente a gusto del todo, ni siquiera recurriendo a aquello de dar al César lo que es del César etc. El caso es que mi chica, la hortelana, que hace años tuvo un amor de espesa barba y que ahora ha sustituido por el amor a su huerta y sus gatos, nada más comer me invitó a oír el habitual programa de Javier Gallego, Carne cruda, dedicado en esta ocasión a la desobediencia civil, que contaba con un invitado especial, precisamente el amigo Cive Pérez. Lo que oí allí, el espíritu que se respiraba, no era muy diferente al que yo había vivido tantas veces, o sin ir más lejos durante la trayectoria del 15M, sin embargo esas palabras, el compromiso social, en estos momentos después de siete años alejado de la obligación de acudir a un trabajo, siete años dedicados a hacer mi santa voluntad, sonaban como las trompetas de Jericó alrededor del muro que yo tan cuidadosamente había construido últimamente a mi alrededor.
Bueno, de momento algún escozor sí me produjo esa irrupción en mi apacible vida diaria; dediqué un rato por la tarde a no hacer nada y mirar el paisaje frente a la ventana de mi cabaña, pero ello no trajo ninguna revelación especial. Sin embargo dentro de mí continuaba ese ruido particular que produce el agua de las olas sobre un lecho de piedras al retirarse. Sigo pensando que la atención a los asuntos personales cercanos son prioritarios, pero queda no obstante en el aire la contribución que me pueda corresponder en un orden social más amplio.
Sucede también que hace un par de días fui al cardiólogo y le pareció de perlas cuando le dije que en casa no teníamos televisión, que no leía los periódicos y que caminaba mogollón. No sé qué dirá él si en la próxima revisión le cuento que...

Tu post invita a hacer reflexión urgente y poner el freno a tanto desasosiego que me produce lo que está sucediendo en nuestro país. Tienes razón en lo que dices. Hoy es noche buena y es el momento preciso para dar marcha atrás y comenzar desprendida de noticias que suben mi colesterol. Un beso fuerte y Feliz Navidad
ResponderEliminarNo parece que sea fácil encontrar el equilibrio entre un compromiso social, que siempre será un deber de todos nosotros, y la vida personal también imprescindible. Imagino que es algo en lo que hay que trabajar para conseguir cierta armonía. A mí mi lejanía durante este año de los asunto generales me produce cierto malestar, pero tampoco estoy dispuesto a que éstos absorban demasiado mi vida personal. De todos modos viendo hoy en la BBC un video de Greenpeace en el Ártico a la vez que ponerme los pelos de punta me producía tal admiración por aquella gente, por el trabajo que está haciendo, que por fuerza vuelve a aparecer el interrogante encima de mi cabeza.
ResponderEliminarFeliz Navidad