Recogido en el interior de mí mismo
mi alma llora fragmentos procaces de vida,
como tajos abiertos en mi costado
la úlcera y el dolor
aventados ahora por la muerte
y el canto de los mirlos,
la serena memoria de pensarme
en el temblor de otros días,
amor, desasosiego,
el lento reptar de mis manos
por el granito
a cuyos pies el perfume de los narcisos,
delicadas gotas de rocío
entre la rústica fragancia de las jaras,
ascendía.
Cierro los ojos
y dejo penetrar al dolor
espandido entre mis cartílagos,
el pecho,
la memoria dividida.
Y todo mi cuerpo
es tarde de viento,
esponja salobre sobre mis labios,
dulceamargo el siseo de las horas
la esperanza rota,
el tacto de aquellas cenizas
de huesos y vísceras.
Y el tiempo anónimo
deslizándose sin pausa
ajeno a todo, por mis venas.
La tarde ámbar
susurrando en la espesura de mis pensamientos,
sonando, aldaba herrumbosa,
contra mi pecho.
La piel vieja del destino
y la cortina agitada
con su hgilillo de agua
goteando sobre el pavimiento.
De la cal de la pared
cuelga el sueño conventual
del solitario de siempre.
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