jueves, 22 de octubre de 2026

Oppenheimer

 


El Chorrillo, 22 de octubre de 2026

Son cerca de las cuatro de la mañana. La oscuridad de mi cabaña queda bañada por una media luna creciente. También mi obligada inmovilidad tiene su parte amable, ésta sin más de haber cambiado mis horarios y mis rutinas. La película de hoy, Oppenheimer, duraba tres horas pero no me arredré por ello. En la chimenea ardían gruesos troncos de olmo y la noche invitaba a viajar por otros mundos. En general rehúyo las películas norteamericanas modernas a no ser que sean excepcionalmente buenas. En ellas por poco que se descuiden ahí tenemos casi siempre personajes sobrados de sí mismos, actitudes y tics de quienes están por encima del bien y del mal, todos sus personajes tan planchaditos y suficientes... No se debe generalizar, porque de todo hay en la viña del señor, pero es que me molesta tánto ese género de cosas que sólo como excepción las acepto. 

 Una película a la que faltándole evidentemente el contrapeso de los horrores de Hiroshima y Nagasaki, muertes y horrores que en la película son celebradas con el indescriptible entusiasmo de los norteamericanos. Benditos ellos, no los de la época sino la estupidez que demuestran los posibles espectadores a los que los guionistas sirven esta mascarada a la manera del un final de un campeonato mundial de fútbol. Qué gente, no sólo no esconden sus vergüenzas sino que les sirve de diversión. Material, claro, para las masas, ésa con la que se hace taquilla.  

Cuando ver una película, o incluso simplemente se observa la realidad, y la película, la realidad, dejan de ser un simple espectáculo para convertirse en un elemento de reflexión, y la reflexión, como quien hace ejercicios de mantenimiento cada mañana, cala en ti algo más que como puro conocimiento, lo que hacemos es tomar postura ante el rumbo del mundo definiendo nuestro estar en él frente a la aleatoriedad de las circunstancias externas.  

A qué finalidad intrínseca se debe en particular la película que vi anoche, me pregunto, ya en este momento la mañana siguiente. Sí, el desglose de la personalidad y del hacer del protagonista, la necesidad de hacer taquilla, el valor del entorno –Estados Unidos y la defensa de su hegemonía planetaria–, el planteamiento de una dicotomía por resolver, o son los alemanes los que fabrican la bomba atómica y es por tanto el fin del mundo y la hegemonía alemana en él, o son los norteamericanos en contrapartida como salvadores de esta catástrofe los que a partir de entonces deberán regir los destinos del mundo con un incremento armamentístico capaz de destruir varias veces el planeta. Terrible dilema para quien observando el mundo desde la perspectiva de un Rodríguez de la Fuente o de un Jean Jacques Rousseau comprende que Yahvé erró cuando creyendo que quitándoles la tutela divina a Adán y Eva y dejándoles al arbitrio de la trasgresión, éstos no sólo se ganarían el pan con el sudor de su frente, sino que su libertad les serviría para crecer en concordia. Yahvé no llegó a prever que aquel acto sería con el tiempo destapar la tapa de la caja de los truenos de una interminable historia de guerras como resultado de  incontrolables pasiones de poder y hegemonía que venían encapsuladas en el mismo paquete que las previsibles bondades de los primeros habitantes.  

Esperar a que pase el interludio del sueño para reposar las impresiones que me provocó el film de la noche anterior, dejar distancia por medio, termina poniéndome ante asuntos como éste con la perspectiva de quien observa un perfecto loquerío. La aparente seriedad y responsabilidad con la que vemos desfilar a los personajes de la película contribuyen, como el ropaje de un actor al que la indumentaria da aspecto de respetabilidad, a hacernos creíbles una historia y unas motivaciones que desmenuzadas y desnudas de apariencia lo que hace es ponernos sobre la mesa realidades, la triste realidad, de que en el fondo lo que fluye, como en los ríos subterráneos, son las pasiones del poder y del dominio. Cierto que los norteamericanos tienen enfrente un contrapoder, los alemanes, y con ello el temor de que éstos puedan adelantarse en la fabricación de la bomba atómica, lo que justificaría de alguna manera el empeño urgente de la fabricación de la bomba. Ante un mundo tan demencial, Hitler y la ambición de poder, se impone así otro mundo no menos demencial que terminará al modo de los primeros controlando una parte sustancial del mundo. Frente al fascismo y sus doctrinas totalitarias, lo vemos en nuestros días, otro totalitarismo vendrá a imponerse desde el capitalismo. ¿No vemos en el actual presidente de Estados Unidos aflorar esta idea de totalitarismo que ocupaba obsesiva la mente de Hitler?

Bajo la realidad que ocupan las portadas de los periódicos subyacen, como siempre ha sido en la historia –el discurso oficial y la realidad son dos cosas diferentes– las pasiones personales o colectivas que son las que irrigan los conflictos y los intereses de todo tipo. El Oppenheimer despreciado y perseguido del final de la película es un ser engañado del que se ha servido al Sistema para sus propios fines; el Gran Otro, ese imperativo categórico que se impone desde la fuerza del anonimato a la mentalidad de los ciudadanos, sonríe en la distancia cuando comprueba los tantos hooligans, ciudadanos de a pie, que suscriben la masacre de parecida manera a como se celebra un gol decisivo en la portería del equipo contrario. El estúpido Truman que nos presenta el director, acaso una caricatura precisa de la realidad; los jueces y los políticos, todos al unísonos son los parias de un teatro de guiñol de ese ente abstracto llamado Gran Otro.

Es cierto que no se deben descontextualizar los motivos que llevan al uso de la fabricación de la bomba en relación con el peligro que implicaba la amenaza alemana, que de llevarse a cabo podría haber rediseñado un mundo muy diferente del que vivimos en la actualidad. Pero, ¿no existían otras posibilidades como en algún momento expresa Oppenheimer, una demostración del poder atómico que visibilizara su capacidad de destrucción en un escenario cercano que, sin producir tanto horror, hubiera hecho recapacitar a los japoneses de lo irremediable de su rendición? 

La película, ésta y la mayoría del resto, como objeto de consumo, debe atenerse a las reglas del mercado y quizás por ello precisamente en ésta la existencia de tantas concesiones que se hacen en el film a las necesidades borreguiles de un espectador por el que corre la sangre del sueño norteamericano de la supremacía.

 


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