El Chorrillo, 17 de octubre de 2026
Me gustaba anoche sentir la luna entrar en la cabaña. Yo en la cama bajo el edredón y la luna despertando levemente a los libros, a los cuadros y no pensar en nada o acaso recordando alguna noche de luna llena en alguna cumbre desde dentro del saco se dormir. Eso que queda en la memoria, fugaces momentos de vida. Era bonito sentirse acompañado por la luna a estas horas tan íntimas de la madrugada. La vida, sí.
Si una vida fuera infinitamente larga… decía Enrique en un comentario por aquí está mañana. En Los viajes de Gulliver Jonathan Swift creo recordar que hablaba de dos tipos de personajes, los caballos racionales y los seres que viven indefinidamente. El problema que planteaban estos últimos era que envejecían y tenían achaques como nosotros; una vida excesivamente larga plantearía en este caso una hipótesis poco deseable, porque efectivamente el asunto no es vivir indefinidamente, sino hacerlo, digamos, dignamente antes de que los deseos (significativos), como dices, se agoten. La muerte, escribía él , podría entenderse como el resultado de un deterioro biológico que ya no puede compensarse mediante los mecanismos de reparación del organismo. Y me pregunto, le digo, que con tener toda la razón, qué podría argumentarte Bermang ante planteamientos así. Creo que pensaría que era un asunto que no le interesaba. Él pescaba en otra clase de río. Las imágenes del reloj, y la muerte, aparecen reiteradas y dispersas por la filmografía de Bergman, pero siempre, creo, desde la perspectiva de la inquietud por el hecho de existir y su finitud, nada que ver con aspectos biológicos o la lógica de un final de ciclo. La incomprensión de la muerte, que no es reducible al raciocinio, irrumpe en muchos de sus personajes en medio de una profunda necesidad de comprender. Esa necesidad, hablaba días atrás en El lector, de Bernhard Schlink, en donde esa necesidad de comprender, la implicación en crímenes nazis de una antigua amante, se convierte en el tema central del libro; esa necesidad, decía, que permea nuestra conciencia ante lo ineluctable es el motivo de una amplísima bibliografía que demuestra hasta donde el hombre, guiado en su más íntimo ser por el deseo de pervivencia inoculado por la Especie en nuestro organismo, se da bruces con la fisicidad de eso que llamas fatiga de materiales que precede a nuestra extinción como seres vivos.
Se entiende que cuando uno está en esa fase de deterioro físico e incluso en su final, los razonamientos en torno a la lógica de la extinción no creo que sean de su interés, entre otras cosas por su calidad de obvios. De donde la interpretación de la muerte queda a un lado para ser sustituida por la vivencia, la angustia en ocasiones, o el deseo de la necesidad de ser abrazados, como sucede en Gritos y susurros, de Bergman, en que la protagonista que va a morir en absoluto necesita una teoría sobre el sentido de la existencia ni una explicación sobre la logicidad de que ha llegado para ella el momento final. Sus sentimientos desnudos se bastan a sí mismos. Por eso explicar la muerte desde el observador que la ve allá lejos como objeto de mirada y análisis, creo que no tiene nada que ver con los mecanismos materiales que llevan a la muerte. Ningún consuelo puede ofrecer en este caso los porqués porque son dos procesos totalmente diferentes que no se interfieren en su desarrollo.
Creo que es en una viejísima lectura de Unamuno, allá cuando estaba en la veintena, en El sentimiento trágico de la vida, en donde éste se preguntaba si podemos aceptar que nuestra conciencia desaparezca para siempre. Recurrimos a la razón, pero ésta en sus esfuerzos inútiles no logra abrirse en la oscuridad de lo incomprensible, de pasar de ser a no ser, a convertirte en nada. El deseo íntimo de seguir existiendo es para Unamuno el conflicto más significativo del ser humano; no se trata simplemente de dejar de existir sino de algo mucho más radical: no concebir que uno pueda dejar de ser él mismo.
La muerte, es cierto, puede acabar, como dice Enrique, funcionando como un asalto, como un despojo de aquello que todavía podríamos haber vivido. Y recuerdo ahora al alpinista italiano Casarotto que ha abandonado una primera ascensión a K2 en solitario y camino del campo base cae en una grieta desde donde logra comunicarse con su esposa Goretta antes de morir. Un asalto a su malogrado objetivo, la cumbre del K2, al cariño de su esposa, a tantas montañas y paredes que le esperaban poder escalar. Evidentemente la conjetura de no pasar por ese “asalto” y vivir tan largo como los personajes de Los viajes de Gúlliver lo que hace es descubrirnos una situación abocada al absurdo, además de indeseable.
Nuestro cerebro no está hecho, como pensaba Unamuno, para aceptar que dejemos de ser lo que somos. Y si tenemos que llegar a una solución de compromiso ésta deberá pasar inevitablemente por unos canales que no son la razón, caso del tantrismo en que sus seguidores se acercan al “conocimiento” de la muerte permaneciendo algún día en silencio junto al cadáver de una persona con la que en vida tuvieron una relación afectiva.

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