El Chorrillo, 29 de octubre de 2026
Las cifras, esas que desmontan tantos
argumentos cuando se abre la caja de los truenos de los datos y empezamos a
descubrir que acaso la verdad está en otra parte. Cerca de las cuatro de la
madrugada. Acabo de finalizar de ver La tumba de las mariposas (Isao
Takahata, 1968). El argumento en breve: Durante los últimos meses de
Días atrás cuando en un post anterior para
intentar revertir algún comentario a dicho post me dirigí a esa caja de Pandora
que puede ser Internet, previendo que tras mis argumentos se encontrarían datos
que lo confirmaran, el esfuerzo de China desde los años cincuenta para sacar de
la miseria a su numerosa población, sus logros para alfabetizar a una población
en donde los analfabetos eran el 85% en aquellos años, como ejemplos
representativos que poner frente a los otros logros de Estados Unidos, la
verdad es que las cifras como elemento argumental me parecieron sorprendentes.
Hoy hice algo parecido cuando terminé de ver La tumba de las
luciérnagas. En la película, de principio los horrores de la guerra, los
muertos entre la población civil, escenas que sobrecogen el ánimo enseguida, te
inducen a pensar que los responsables de aquella masacre merecerían el peor
castigo del mundo. Días atrás veía Oppenheimer con el ánimo encogido
pensando en los horrores que los descubrimientos de este científico habían
producido en Hiroshima y Nagasaki, indignado por el uso que dieron Truman y los
responsables políticos y militares a las investigaciones de aquél,
inevitablemente mi ánimo se pone de parte de los habitantes de estas dos islas
apuntando a compadecer al pueblo japonés.
Ahora, acudes a Internet para poner en
contexto datos sobre
Se trata de una cifra, que para quien viene
consternado de los datos de fallecidos por la explosión de las bombas atómicas,
descubriendo a su lado la de las víctimas provocadas por los japoneses, esos
veinte millones, nos ponen en un estado de complejidad que de algún modo nos
remite a exonerar parcialmente a los estadounidenses de los crímenes que
provocaron al poner fin a la guerra, una interpretación de que el fin justifica
los medios en una relación de uno a cien.
A un absurdo descomunal, cuyas cifras de
muertos no consideradas hasta ahora, es decir los fallecidos por causa de la
intervención japonesa, se superpone otro absurdo, el de los fallecidos en Hiroshima
y Nagasaki, que aunque cien veces menor cuantitativamente se nos aparece
emocionalmente, olvidando el terror de los propios japoneses, como mucho más
terrible por los efectos devastadores que produjeron allí. La apreciación
subjetiva y emocional nos traiciona en este caso, o por lo menos así me sucedía
a mí antes de interesarme por estas cifras. Ahora, después de consultar estos
datos mi opinión se matiza, y no es que apruebe tal cual la intervención
norteamericana, que bien podría haberse ejercido en otro lugar que hiciera
visible su poder de destrucción sin causar tantas víctimas; se matiza en el
sentido de la enorme desproporcionalidad, de uno a cien, 20 mil sobre 20
millones, que supuso la masacre por ambas partes.
Yo quería hablar de La tumba de las
luciérnagas pero se ve que las yemas de mis dedos y mi cerebro no se ponen
de acuerdo. Sin embargo cuando la devastación llega, entre aquello que subyace
a la historia y a víctimas de la guerra en general, Isao Takahata lleva el
objetivo de sus cámaras al apartado rincón de la vida se dos hermanos que apenas
llegados al mundo tienen que cargar con ese sueño de la razón que produce
monstruos (Goya); valga decir cuando la razón se adormece, la realidad
engendra monstruos, la sinrazón de la injusticia, de la carencia de respeto y
el desprecio por la armonía y la convivencia.

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