El Chorrillo, 28 de octubre de 2026
Paseo tras el desayuno por un largo pasillo del hospital. A cada vuelta me cruzo con una mujer que habla por teléfono. A cada vuelta las emociones o la intranquilidad asoman por su rostro. En mi último recorrido, último porque me da reparo volver a cruzarme con ella, las lágrimas resbalan sobre su rostro. Cazo al aire alguna de sus palabras: “yo no sé en qué va acabar esto”. Me conmueve, me conmueve quizás porque bien sé en carne propia qué significa ese estado de ánimo. Siento una especial solidaridad con esa mujer, “yo no sé en qué va a acabar esto”.
Anoche me acosté tarde viendo Los domingos y esta mañana permanecí en la cama hasta que me trajeron el desayuno. Me esperaba una esperanzadora noticia, mis pulsaciones estaban en 52 en lugar de las 108 que me condenan/condenaban a una arritmia que es una incógnita. Buena noticia, aunque sea para coger con pinzas, hasta la visita del cardiólogo. Lo que se decantó más tarde como una falsa alarma, el dinosaurio seguía ahí, inmutable, ajeno a cualquier buena nueva expectativa.
Esta mañana me tintinea en el ánimo una especial pregunta sugerida por la película. Su argumento: Ainara, una joven de 17 años, sorprende a su familia al anunciar que quiere ingresar en un convento de clausura. Su decisión provoca un conflicto familiar en torno a la fe, la libertad individual y la capacidad de una adolescente para decidir su propio destino. La película la sentí en mi propia carne recordando mi historia personal de niño que creció durante ocho años al amparo de los Salesianos. En aquellos años desarrollé una piedad y una devoción tan emotivas que ahora desde la experiencia de adulto podría llegar a considerar como enfermizas. Comunión diaria, lágrimas ante el altar de una virgen y la propuesta ante el confesor de emprender la carrera sacerdotal, asuntos que me llevan a la película y que me hacen pensar, entre otras cosas, hasta qué punto en ocasiones, y en especial durante la infancia y la adolescencia, somos eso que nombramos como yo. “Yo no soy yo…” canta García Lorca en el Cancionero gitano… “. Ainara, una adolescente, la protagonista de la película, no mi nieta :-), siente un arrobamiento religioso tal de terminar convenciendo a sus padres para ingresar en un convento de clausura. Magnífica la actuación de Blanca Soroa en el papel de Ainara y que encarna con tanto realismo los sentimientos contradictorios de su natural atracción por un chico de su edad con su sobrevenida vocación religiosa.
En el caso de Ainara el ambiente, el entorno de un colegio de monjas, aprovecha la situación de la fragilidad de la poca edad para instilar mediante una mezcla de sentimentalismo, de disposición al enamoramiento propio de la edad (Teresa de Jesús también estaba enamorada, aunque fuera a su manera siguiendo las inclinaciones corrientes de cierta enajenación que produce el amor); para instilar en ese clima, decía, en este caso una religiosidad que tiene una cierta raíz biológica. Los dioses, que aglutinaron siempre alrededor de los hombres la necesidad de éstos de pervivencia y sometimiento a un ser superior que encarna al padre o la madre, se reproduce mediante la religión de nuestros entorno, en Dios, Jesús o cualquiera otro santo o profeta. Isis en el antiguo Egipcio, la Pachamama en Latinoamérica… and so on. La fuerza subliminal más o menos intensa que actúa, que puede actuar, sobre individuos emocionalmente expuestos a influencias religiosas o sentimentales podría explicar la repentina vocación de Ainara para ingresar en un convento de clausura, algo que el director deja al capricho del magín del espectador. Algo que para un adulto como la madre termina por soliviantarla al punto de tachar a gritos a la superiora y a todo su séquito de perversos manipuladores de sus discípulos.
Es una experiencia que me toca de cerca. Yo también estuve en esa tesitura en un momento de la infancia en que quise ser sacerdote. Conozco el paño con el que se tejía en la mente temprana de un niño, vía el sentimentalismo religioso, una vocación que, impostada por mentes maduras que hoy no dudaría en denominar manipuladoras, hacían de nuestra temprana apertura al mundo, de nuestra maleable consistencia de arcilla un producto altamente moldeable. Tenía en los Salesianos un profesor al que estimaba especialmente, se llamaba Melquíades, un nombre de raíz bíblica que por aquellos tiempos ya hacía suponer provenía de unos padres altamente relacionados con la religión. Bien, a este hombre, que fue uno de los que influyeron bastante en mi coco, me lo encontré muchos años después saliendo del metro en la estación de Sol. Había dejado el sacerdocio y la religión, y poco le faltó para disculparse por su implicación en mi posible educación religiosa. El tinglado de la Iglesia en donde el fundador de los Salesianos, don Bosco, era una parte más del engranaje, podría compararse a una reacción atómica en cadena en la que cada elemento contribuye a mantener en funcionamiento el conjunto. Desde el fundador hasta el último de los profesores, desde las oraciones rutinarias hasta las ceremonias más solemnes, allí todo estaba dispuesto para reproducir una determinada visión del mundo y de la vida, de manera que hasta las personas que actuaban de buena fe terminaban siendo instrumentos de una maquinaria cuya dimensión y cuyos efectos difícilmente podían percibir.
Cada cual puede interpretar lo que sucede en la película desde su punto de vista y formación. Santa Teresa levitaba pensando en Jesús, Vivo sin vivir en mí / y tan larga vida espero / que muero porque no muero. En el caso de Ainara, que sentimentalmente estaba en un proceso de fermentación religiosa, igualmente la levadura que le hervía en su interior podría haber dado como resultado un enamoramiento adolescente que podría ser comparado con el de Santa Teresa, sólo que el hervor desencadenado, teniendo una base biológica similar, se bifurca y se formaliza en una situación que hace imposible la convivencia del amor profano con el amor religioso. Teniendo en ambos la misma raíz motivacional, ese enamoramiento, en el caso de la Ainara de Los domingos, ésta termina decantándose por el amor religioso dejando al espectador amante del happy end con un palmo en las narices.
La pregunta: ¿estaba preparada Ainara para discernir esos dos posibles amores cuando pasa la noche con su amigo, cuando su guía espiritual la induce a ingresar en el convento de clausura? Y alguna cuestión más: ¿qué diferencia hay entre la concepción de la realidad de la madre y aquella de la hija? ¿Es coherente la actitud del padre que defendiendo una libertad a ultranza al final acepta la decisión de la hija?
Hoy ha sido un dilatado día y a lo largo de la escritura de este texto he tenido un encuentro con el cardiólogo, que reafirmó mi condición de arritmia y la necesidad de una operación posterior del corazón, una ablación, otro encuentro con la anestesista, un alta médica y un posterior encuentro con mi casa que ha producido en mí una cierta conmoción. ¡Estaba tan bonita la tarde, el césped, intensamente brillante al atardecer se extendía como una bella alfombra frente a la ventana de mi cabaña… me encontraba tan bien en casa…! Seguro que recordaréis aquel entusiasta «¡Mi casa!» que le salía del pecho a E. T., el protagonista de la película de Spielberg, cuando expresaba su desesperado deseo de regresar a su hogar.


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