El Chorrillo, 29 de octubre de 2026
Hoy va a ser Santiago Pino quien me motive
a pegar la hebra en lugar de Enrique Muñiz. Agradecido a ambos por la
oportunidad de pasar un rato despertando a la materia gris del coco. Venía a
comentar Santiago en Facebook que lo que
se escribe en las redes o en Internet en general la frontera entre lo auténtico,
tus propias opiniones, y lo que es material ajeno proveniente, por ejemplo, de la IA se vuelve cada vez más
difuso generando en consecuencia problemas de confianza y veracidad. ¿La IA puede destruir Internet?,
terminaba así su comentario Santiago. Interesante cuestión, le decía yo.
Primero de todo: el modo en cómo se usan las herramientas. La utilidad de una
sartén para freírte unos huevos queda en entredicho cuando la usas para meter
la mano en el aceite hirviendo. Algo parecido podría suceder con la IA. Los contenidos que él
decía automatizados no dejaban por ello de ser contenidos válidos por efecto
del automatismo, un automatismo que puede recoger información casi instantánea
de múltiples fuentes. En el aspecto subjetivo de la persona que usas la IA el problema aparece, si
consideramos a ese usuario cuando éste pretende hacernos pasar gato por libre
trasladando las opiniones de la IA
a su propia persona. Cuando el autor de un libro cita a otro autor, lo lógico
es que aquél ponga entre comillas lo que no es de cosecha propia. Ahora, si
usas la IA para
hacer creer que es tuyo algo que has sacado del ChatGpt, por ejemplo, pues
bueno... allá tú si que quieres pasarte por quien no eres. De ahí deriva en
nuestros días, como decía Santiago, la desconfianza en lo que vemos en escritos
que aparecen en Internet o en las redes sociales. ¿Quién será el autor de
esto?, te tienes que preguntar con frecuencia, advertido ya de que los que nos
quieren dar gato por liebre pueden ir en aumento. Días atrás aparecía en la
prensa la posibilidad de que el autor a quien se le había concedido un premio
literario hubiera fabricado su libro con la
IA. Chungo asunto que puede estar ya
presente en mucha parte de lo que circula en Internet en donde tantos pueden
estar pasándose por quienes no son.
La sustitución del yo por la máquina. ¿Qué
piensas de esto o de lo más allá?, te podrá preguntar alguien. Para responder puedes
dar tu opinión o simplemente dejar
que hable la app de la IA
de tu teléfono por ti. No serás tú, será la IA la que hable, pero si eso no te importa, pues
adelante. Hay gente que le gusta vivir esa farsa… que les aproveche. Su ego,
que gusta de los aplausos, lo mismo se lo agradece, pero no dejará de ser una farsa.
En cualquier caso no será algo raro ni punible, lo estamos viendo a cada
momento; lo real, lo fundamental de la realidad parece ser un asunto no fácil
de interpretar o aprehender, razón por lo cual –todo lo difícil requiere
esfuerzo– muchos prefieren vivir en la mentira y en eso, en dar gato por
liebre. Es una opción. Cuando alguien se sube al podium para largarnos un
discurso político cuyo cometido es conseguir votos, no se anda con pamplinas,
en absoluto nos pondrá al día de los objetivos “reales” que pretenden
conseguir, lo cual sería/podría ser, improcedente desde el punto de vista de
quien pretende obtener los votos de sus oyentes. Los partidos conservadores, lo
dice la palabra, por mucho que quieran hacer florituras lo que pretenden es conservar
sus privilegios y harán por consiguiente todo lo posible para alcanzar su
objetivo. Por tanto, estos conservadores cuando se dirigen a aquellos que no
tienen nada que conservar, por ejemplo ese veinte por ciento de la población
española que malvive, lo que hacen es contarles un cuento chino, un cuento
chino que cuaja precisamente en ese veinte por ciento que además de carecer de
medios de vida acaso no está preparados para distinguir un gato de una liebre, que
cuaja en otros muchos que tienen restringida la capacidad de pensar en función
de una pereza congénita. Sólo un inciso, no querría salirme del tema. Gato por
liebre.
Habrá que volverlo a considerar. Si
prefieres parecer otro, ser el vecino, la
IA, aparentar ser más bonito, más sabio o san Pedro Bendito,
allá tú. Lo mismo te mueres siendo el Capitán Trueno, Einstein o un premio
Nóbel. Ya se sabe que para gustos no hay nada escrito. Mira, Alberto, aquí es donde hacen los botijos sin culo, decía mi padre cuando yo era niño y pasábamos frente a Alcorcón
en el trenecillo que nos llevaba al río Alberche. Botijos sin culo, chicha sin
limoná.
Ayer le contaba por teléfono a Antonio
Cabrero de mis problemas de memoria porque se admiraba de los tantos nombres de
escritores o pensadores que aparecen citados en mi blog. Y me lo decía él que
tiene una memoria de elefante que es capaz de recordar pormenores, historias,
escaladas o sucesos de hace más de medio siglo como si fuera ayer. Y lo más curioso
era que en muchos de sus relatos aparecía yo, escalando aquí, allá,
participando en tal o cual rescate, conversando en el entorno del fallecido
Macario (de grata memoria) en Guisando. Admirado estaba yo de que otro que no fuera
yo conservara mi propia perdida memoria de un modo tan claro. Tantos amigos,
tantos con los que escalé o compartí aventuras o con quienes coincidí en
nuestras habituales salidas a Galayos o Gredos me los había robado la excelente
memoria de Antonio. Y es que aquí se me aparece una excelente paradoja, la de
quien pensando ser él mismo no se recuerda a sí mismo mientras que otro que no
eres tú sabe, recuerda y conoce tu propia historia. Total, que yo, que quiero
ser yo a toda costa y no quiero ser sustituido por otro, ni siquiera por la IA :–), aquí estoy con la
incertidumbre de que otros, poseyendo trazos de mi vida lejana tengan en sus
manos una parte de mi yo que me pertenece. Sí, pura diversión si se quiere.
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