domingo, 18 de octubre de 2026

Escribo, luego existo

 


El Chorrillo, 18 de octubre de 2026  

Cuando me descuido un pelín pierdo la idea que tengo en la punta de las yemas de los dedos. Y es que es tan importante esa primera idea, unas pocas palabras, no más de cinco. Tenía que ver con algo que escribió Enrique… ¿Qué sería? No, imposible recordar, me distraje con la bolsa de frío que estaba retirando de mi pie y se acabó. La perdí. Ahora me tocará esperar.  Vuelvo a mi lectura, Anne Carson, La belleza del marido. Pero al poco rato levanto la vista y, mirado la desteñida tarde que tengo delante, me pregunto por qué no hago el esfuerzo por escribir algo más largo, una novela, por ejemplo. Ya sucedió hace años cuando la rotura de un brazo y la consiguiente baja dieron para que escribiera mi primera novela. Un viejo amigo al que no veo desde hace más de medio siglo decía que la vida es hacer cosas.  

Escribir sinónimo de respirar. Escribo, luego existo. Enrique decía esta mañana en su comentario de mi post de ayer que cuando me leía le inquietaba mi intención de despertarme con despertador cuando no tenía programado ningún tipo de actividad. ¿Será, me pregunto, que las ganas de vivir, de experimentar, acaso, me predisponen a ponerme de puntillas para alcanzar un algo que, por cierto, probablemente no sé bien en qué consiste? Me atrae, cómo no, sentarme frente a la tarde con la mente vacía, pero, me digo, y se lo digo también a él, me da miedo la indolencia, y entonces le comento de Viaje al fondo de la noche en que Celine hace decir a su protagonista que la pereza es más fuerte que la vida. Y ello me asusta y me pone en guardia. Y me acuerdo ahora de una conversación que tuve esta mañana con el amigo Fernando, de jovencitos Pibiu entre los treparriscos de entonces, que me alertaba contra la calma chicha de los días y sus posibles correlatos con la depresión cuando tu ánimo no está muy allá.  

Encerrado en mi torre de cristal recuerdo ahora a Fabrizio, el personaje de Stendhal en La cartuja de Parma, que retirado en una torre descubre que su encierro no le resulta tan terrible como él había pensado; temía el encierro antes de conocerlo, pero, una vez dentro, su vida adquiere para él una intensidad que no esperaba. ¿Será así por aquí?

Estando de acuerdo con Enrique cuando dice que después de estar tantos años sometido a horarios y obligaciones laborales ahora disfruta de la libertad de organizar su vida sin atenerse a un programa determinado, encuentro sin embargo que sigue no obstante vigente aquella afirmación de Séneca de que vivir es guerrear, algo así como para que para mantener nuestra inteligencia y nuestro cuerpo en condiciones necesitemos un esfuerzo constante que en caso contrario podría adormecernos, por ejemplo, si yo me dejara llevar cada mañana por mis ganas de seguir durmiendo.  

Y ya tarde leyendo a Anne Carson antes de la película de la noche, me sorprendo pasando páginas y páginas del libro sin apenas sentir la necesidad de comprender lo que allí está sucediendo. Y entiendo que no siempre es necesario comprender. Me siento cómodo leyendo; incluso encuentro que en algún momento aflora dentro de mí el placer de la lectura. ¿Será verdad que todo debe tener sentido en los libros, en la vida? ¿No será esto una deformación de nuestro modo de pensar? ¿Será la lectura también un ejercicio de conversación con uno mismo, esos pensamientos que surgen en nuestro pensar inestructurados y a los que pretendemos dar orden porque no soportamos la incertidumbre, porque nuestros deseos de verdad pujan dentro de nosotros a la búsqueda de una luz que los ilumine?  

El poder de lo inexplicado actúa sobre mí como un acicate. Quizás por ello esta noche sigo leyendo a Carson.  Hoy tengo dos opciones, una película que me ha recomendado Santiago Pino, Amal, la historia de una profesora que anima a sus alumnos a cultivar la pasión por la lectura y defender la libertad de expresión, o volver a Monstruo, una noche más con Kore-eda. Siguiendo la línea de mi razonamiento de este escrito, la búsqueda de una dificultad, esa o parecida que nos impone ascender una montaña, creo que ne voy a decantar por Monstruo. Que Santiago me disculpe; acaso mañana.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 


2 comentarios:

  1. "Si me descuido un pelín, pierdo la idea que tengo en la punta de las yemas de los dedos".
    No se trata de dejarse llevar cada mañana por las ganas de seguir durmiendo. Esa es una circunstancia anómala, y yo no hablaba de eso, sino de acostarse cuando tengamos sueño y levantarse cuando nos despertemos. Ese es un proceso delimitado en el tiempo: de cinco horas y media a seis de sueño nocturno, ya que no puedo estar en la cama si estoy despierto (en otros tiempos, sí). Esto se complementa con una hora u hora y media de siesta, en ausencia de pereza.
    En referencia a que todo tiene que tener sentido en la vida, no es una propuesta real. A los libros les da sentido el escritor, y el lector lo acepta o lo desestima. De igual manera, a la vida le da sentido el sistema y, dentro de ella, estás más atrapado por la multitud de condicionantes que conlleva: el trabajo, la familia, los hijos, las amistades, etcétera. Todos ellos le dan sentido a la vida o se lo restan.
    En este punto, recupero tu comentario en el post de ayer, en el que tu amigo Álvaro hace referencia a las masturbaciones mentales y tú aseveras que el onanismo es un excelente modo de relacionarnos con nosotros mismos.
    Existe una relación importante con el inicio de tu post de ayer, en el que dices que, por un pelín, pierdes la idea que tenías en las puntas de las yemas de los dedos. En este caso, no es por un pelín, sino por el paso inexorable de los años: también hemos perdido la idea que teníamos en la otra punta, aquella que, como dijo el neoyorquino, fue nuestro órgano número uno y que, después de tantos años, ha vuelto a ser la cabeza.
    Bien es cierto que el onanismo cumple perfectamente su función biológica, pues, cuando tienes un golpe de suerte y se produce una inflación en estos tiempos tan alejados de la juventud, siempre tienes la opción de una manualidad antes de que se te escape, como las ideas por la punta de las yemas de los dedos.
    Y en ese mismo post, preñado de buenas ideas, tienes otra curiosa referencia al final del mismo, donde dices: "Allá donde hemos dejado lo mejor de nuestras vidas, donde yace nuestro corazón".

    Nunca podré morirme, mi corazón no lo tengo aquí; allí me está esperando, me está aguardando que vuelva allí.

    Cuando salí de Cuba, dejé mi vida, dejé mi amor; cuando salí de Cuba, dejé enterrado mi corazón.

    Como nos cantó el insigne porteño.

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    1. Si consideras que se vierten en el post opiniones tuyas que no deseas que aparezcan, me dices y te sustituyo por X.
      https://deunjubilado.blogspot.com/2026/10/de-pajas-y-otras-delicatessens.html

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